Juan Rulfo y las voces de los muertos

Columnas - 12.02.2017

Este año se cumple el centenario del nacimiento de Juan Rulfo, el escritor mexicano tímido y huraño, refugiado no pocas veces en el alcoholismo, quien solo escribió en su vida una novela bastante breve en páginas, Pedro Páramo, y un libro de pocos cuentos, El llano en llamas, pero que fueron suficientes para cambiar abruptamente el paisaje de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX y convertirlo en un clásico.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno nació en Sayula, un pueblo rural del estado de Jalisco, y como se acostumbraba entonces igual en México que en Nicaragua, su nombre obedece al santoral del calendario. Nunca dejó de tener Rulfo esa fascinación por los nombres del pasado, y los de los personajes que figuran en Pedro Páramo los buscó en las lápidas de los viejos cementerios: Susana San Juan, Fulgor Sedano, Juan Preciado.

Pueblos abandonados, como cementerios, barridos por las tolvaneras del páramo bajo el sol de fulgores calcinantes, miseria y abandono, casas derruidas, puertas clausuradas. Estos paisajes que están en su escritura podemos verlos también en sus fotografías, porque fue también un espléndido fotógrafo que conoció la geografía de su país de la mejor manera que puede imaginarse, como agente ambulante de las llantas Good Year.

A veces cuesta imaginar a los escritores ejerciendo oficios ajenos a la literatura, pero Rulfo fue empleado de las dependencias de Migración y Extranjería, y por muchos años del Instituto Nacional Indigenista. Pero los mundos imaginarios nacen en cualquier parte, como los de Kafka en la oficina de una compañía de seguros de vida en Praga, o los del poeta T.S. Elliot funcionario de un banco en Londres.

Si Rulfo buscaba los nombres de sus personajes en las lápidas de los cementerios, la magia de Pedro Páramo es que todos los personajes de la novela cuentan sus vidas desde sus tumbas, hablándose unos a otros, recordando sus amores, sus desgracias, y sus rencores. Pedro Páramo, el gamonal de la hacienda La Media Luna, no fue más que “un rencor viviente”.

Cuando un libro penetra de manera profunda en la mente de un lector que busca las claves de la escritura, y vuelve a ese libro en busca de más claves, aprende a repetir de memoria párrafos enteros, sobre todo el párrafo inicial. Es lo que me ha ocurrido con novelas como Pedro Páramo o Moby Dick de Herman Melville, o Historia de dos ciudades de Dickens.

Para mí será siempre inolvidable la entrada de Juan Preciado al pueblo olvidado y abandonado de Comala, acompañado de un arriero que es su hermano y ninguno de los dos lo sabe, porque Pedro Páramo fue en vida pródigo en hijos, como todo hacendado patriarcal. Y también ambos están muertos y no lo saben. Todo está muerto en Comala. Solo quedan vivos los recuerdos que arrastra el viento ardiente. “Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de la saponarias”, dice Rulfo.

Y este es el párrafo de entrada que tampoco olvido: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo”.

Después de Pedro Páramo la literatura vernácula que se escribió en la primera mitad del siglo XX, tímida y esquiva con las palabras que nacían del lenguaje popular, quedó clausurada para siempre. Rulfo inventó un nuevo lenguaje que venía del universo popular. Escribió desde abajo, metido entre sus personajes, no desde arriba, desde la cátedra o desde la tiesura académica.

Llevó adelante una revolución literaria con dos breves libros que nacieron del silencio. Porque reservado, tímido y de pocas palabras, rompió su silencio para darnos su visión de su mundo imperecedero.
Masatepe, enero 2017
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