Dolores Morales

Columnas - 15.01.2018

Cuando presenté en el Instituto Cervantes de Madrid mi nueva novela Ya nadie llora por mí, alguien de entre el público preguntó por qué mi personaje, que está también en El cielo llora por mí, siendo hombre llevaba nombre de mujer.

Expliqué que en Nicaragua hay casos en que a los niños varones se les encomienda a la protección de la Virgen María al bautizarlos, bajo sus diferentes nombres: Virgen de Dolores, de Concepción, del Carmen, del Pilar, de Mercedes, de Guadalupe; en este último caso, en México abundan los Guadalupes, o Lupes.

Un tío abuelo mío, de apetito pantagruélico, se llamaba Mercedes Gutiérrez, y en las comarcas de Masatepe conocí algún don Pilar, o don Concepción, o Chon. De modo que el nombre de mi personaje no responde a una invención mía, y ya me gustaría que lo fuera, sino a que conozco a más de un Dolores, o Lolo, Morales.

Semejante conjunción de nombre propio y apellido le ofrece al novelista la singular oportunidad de tener como protagonista principal nada menos que a un Dolores Morales; pero siempre he repetido que no tuve intención de ir más allá del atractivo de una coincidencia tan graciosa: como mi inspector es bastante mujeriego, su compañero de aventuras, el circunspecto pero cáustico Lord Dixon, le dice que más bien debería llamarse Placeres Físicos.

Es lo que pasa con el nombre de la guerrillera panameña con quien se casa en el Frente Sur, Eterna Viciosa. Tampoco es invención mía. El nombre Eterna, y el apellido Viciosa, existen de verdad en el Caribe. Eso me lleva a recordar que en Masatepe había una Zoila Clara, de apellido Luna, quien se casó con un Monterrey, de lo que resultó un nombre más que poético: Zoila Clara Luna de Monterrey.

Mi lector y amigo Porfirio Gómez se ha referido al nombre de mi personaje en un escrito, y dice que aunque yo afirme todo lo contrario, Dolores Morales encarna un dolor moral. “A mi juicio este es un nombre que carga una intención y, por lo tanto, no fue escogido al azar ni por ser usual”, afirma.

Y yo creo que los dos tenemos razón: en una novela, los nombres de los personajes, y también la trama, llegan a tener consecuencias en la lectura más allá del ardid literario, aunque no hayan sido pensadas por el escritor deliberadamente; o es que a lo mejor están en su subconsciente, y es el lector quien las saca a flote.

Y cuando se trata no de uno, sino de varios o muchos lectores, entonces la novela llega a tener consecuencias sociales. Por eso es que una obra de ficción se escribe siempre entre dos, el escritor y el lector, o, en todo caso, entre el escritor y los lectores.

Tampoco es que el inspector Dolores Morales, más allá de su nombre, sea un personaje concebido de manera inocente. Es un viejo guerrillero que perdió una pierna en combate, tiene que soportar una prótesis, y más allá de ese dolor físico soporta, y aquí mi amigo Porfirio tiene razón, el dolor moral de su propia historia.

Como joven idealista quiso cambiar el mundo en que vivía, sus crueldades e injusticias, la opresión, la corrupción, y la ignominia de que una misma familia permaneciera en el poder década tras década. Por eso se rebela, arriesga la vida, pierde una pierna, y al triunfo de la revolución entra en la Policía Sandinista, donde se convierte en agente antidrogas, dueño de esos mismos ideales a los que no renuncia por mucho que cambien los tiempos después.
Y los mantiene hoy en día, cuando tiene que ganarse la vida como investigador privado que se ocupa de casos de poca monta, sobre todo infidelidades conyugales que investiga con el auxilio de su vieja colaboradora doña Sofía, fotografiando a parejas sorprendidas in fraganti.

Hoy en día, cuando la lucha se libra dentro de su propia conciencia donde pugnan su vieja entereza, sostenida por esos ideales para muchos ya caducos, frente a las tentaciones de acomodarse al sistema, aceptar la corrupción como norma, y despojarse de sus principios como si se tratara de una vestidura ya fuera de moda.

Masatepe, julio 2017
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