Ana Ilce Gómez: ¿Quién es esta mujer que pasa?

Columnas - 13.11.2017
Ana Ilse Gomez

Ana Ilce Gómez fue una voz en singular de nuestra poesía, honda e íntima, una verdadera escritora de culto para los jóvenes. Huraña y discreta, aunque de risa fácil, se asustaba al oír mencionar su nombre en público, como si asomarse al mundo fuera un pecado capital.
Toda su obra consta de dos libros, Las Ceremonias del silencio (1975), que reúne sus poesías de juventud, publicadas en revistas y suplementos; y Poemas de lo humano cotidiano (2004), además de algunos últimos que no pertenecen a ningún libro. Su poesía completa será publicada muy pronto en España por la prestigiosa editorial Pre-Textos, un tributo pensado para ofrecérselo en vida, pero que la muerte ha vuelto póstumo.

En la poesía de Ana Ilce difícilmente encontramos eso que podríamos llamar paisaje exterior. Coronel Urtecho dijo de ella “que extrae, con excruciante necesidad, de la médula de sus huesos, la deliciosa concreción poética de su más íntima experiencia femenina”.
Hay en Ana Ilce una exigente precisión en la escogencia de las palabras que contienen imágenes de doble o triple fondo y que siempre están descendiendo hacia adentro, hacia lo profundo, desdeñando toda retórica, toda exaltación verbal.

La suya es una indagación constante de las claves secretas de la intimidad, a través de una apasionada búsqueda de la expresión precisa que siempre está huyendo de nosotros: hallar la palabra exacta para componer esa intimidad y hacerla aflorar se convierte en su tarea apasionada.

Rigor e introspección es lo que hace estéticamente perdurable la poesía de Ana Ilce y le da un acento propio, irrepetible. En su escritura no hay nada gratuito ni palabra que sobre, cada una colocada en su sitio con precisión de relojería.

La lectura de cada uno de sus poemas nos lleva a un acto de meditación, y ninguna de sus líneas nos pasa desapercibida; una maestría que la acompañó desde los primeros poemas en los que no encontramos vacilaciones, escritos desde entonces con mano juvenil, pero maestra. Un esplendor como pocos en nuestra literatura.

Ana Ilce nació en Monimbó. Su padre, Sofonías Gómez, era un artesano de oficios múltiples, pero sobre todo pintor de imágenes religiosas. “Yo me crié en el mundo mágico que para mí tejió mi padre”, dice ella, “él me fue llevando de revelación en revelación. Con mis ojos de niña vi con asombro cómo tomaba una hoja de papel y la convertía en mariposa, de un trozo de tela sacaba una muñeca, de un tronco de madera emergía un pájaro”. Es lo que después ella haría con las palabras.

“¿Y por qué vos que sos de un barrio indígena, de Monimbó, nunca has escrito nada sobre tu gente?” cuenta que una vez le preguntaron. “Y yo respondía que porque no se me viene… pero un día de tantos se me ocurrió y escribí un poema, y después escribí otro y otro sobre mis raíces indígenas, negras, sobre mis ancestros, nada que ver con mi otra poesía, nada que ver…”

Uno de esos poemas, Canto y llanto de los abuelos, nos muestra cómo en su textura desolada regresa a sus ancestros sin abandonar ese territorio tan suyo de la intimidad. Son sus abuelos precolombinos, vistos en el espejo interior de su escritura, como figuras que vuelven del pasado alzándose en el polvo, sin grandilocuencia, más bien en la sustancia de un rito funeral en murmullos. Son quienes hoy la reciben en su mundo propio, cuando retorna a juntarse con ellos, a ser parte de la sustancia de su tribu milenaria.

Ana Ilce no alzó nunca la voz, no perturbó nuestros oídos con estridencias, no llegó nunca a romper esa delicada membrana tejida de palabras que la cubrió toda su vida. Y al despedirla, nos quedamos preguntando con la voz de uno de sus versos: “¿Quién es esta mujer que pasa, esta sombra, esta noche?”

Masatepe, noviembre 2017.
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