Ángeles

Columnas, Del editor - 22.02.2009

Yo sí creo en los ángeles. Pero los ángeles en los que yo creo no son seres alados que descansan sobre una nube mientras tocan melodías celestiales con su lira. Ni siquiera son esos seres espirituales, llenos de luz, de los que habla el reportaje en esta edición, y que según las especialistas, gustan de música suave, olores a vainilla, canela y rosas.

Mis ángeles, los ángeles en los que yo creo, porque en este tema cada quien tendrá los propios, se parecen más a mi prima Sheyla, una mujer robusta, siempre alegre, a pesar de haber sido mil veces golpeada por la vida. Cuando yo era un muchacho pueblerino que había recalado en Managua con muchas ilusiones y la bolsa vacía, ella me tendió la mano y me abrió las puertas de su casa para que pudiera estudiar en la universidad, a pesar de que apenas me conocía. Si ésos no son los ángeles… ¿quiénes son?

Muchas veces he sido visitado por los ángeles, pero recuerdo particularmente una noche de septiembre de 1997. Mi madre agonizaba, y entre operaciones, médicos, medicina y hospitales, había gastado cada centavo de mi bolsa y acumulado otra cantidad de deudas. El médico me había dicho que era “cuestión de horas”. Y ahí estaba yo, con la cabeza entre las manos, angustiado porque ni siquiera tenía para el sepelio, cuando se apareció un amigo a dejarme un dinero que yo nunca le había pedido. Mi madre murió a la mañana siguiente.

Podría mencionar otros ejemplos, pero al final todos ellos se resumen en que eso que llaman buena suerte, es precisamente la oportunidad que tenemos de encontrarnos gente buena en el camino. Yo los llamo ángeles.