Caudillo

Columnas, Del editor - 27.06.2010

Si hay un nombre que signifique caudillo en Nicaragua, ése es Emiliano Chamorro. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define caudillo como: “Hombre que, como cabeza, guía y manda la gente de guerra”. Pero en Nicaragua significa mucho más que eso.

Chamorro combinó su origen campesino con la sangre de una de las familias más tradicionales de Nicaragua –a la que tardíamente se dio cuenta que pertenecía– para ser lo que fue: un “caudillo rural”, como lo llama el doctor Emilio Álvarez Montalván. Es el “coronel Aureliano Buendía” de Nicaragua. Organizó 17 revoluciones, fue dos veces Presidente de la República, dio golpes de estado, quitó y puso presidentes, vendió parte de Nicaragua, pactó con su archienemigo para repartirse el poder, y como estas cosas de guerrear y mandar están asociadas a la figura de protomacho, se casó dos veces, la última de ellas a los 93 con una joven a quien sobrepasaba por más de 60 años. A diferencia del coronel Buendía, sin embargo, no tuvo descendencia.

Eso sí, tuvo seguidores fanatizados. En los ranchos lo veneraban como santo, con velas, estampitas y flores, y se cuenta la historia de un hombre que se descerrajó la cabeza con un balazo frente a una mesa electoral sólo porque no lo dejaban votar por el caudillo verde.

Después de Chamorro, otros caudillos vinieron. José María Moncada, Augusto C. Sandino, Anastasio Somoza García, Arnoldo Alemán y Daniel Ortega, para venirnos hasta nuestros días. Desde diversos tiempos e ideologías, todos ellos tienen un “algo” en común.

Es como si Nicaragua, por alguna maldición, no pudiera pasar de su prehistoria. Del tiempo que la gobernaban desde la silla de una mula y donde un hombre sentía que estaba predestinado a mandar, aunque tuviera que reventar el país en ese intento.