Celebrando a nuestra Rosario Aguilar

Columnas - 12.02.2018

Este enero Rosario Aguilar ha cumplido 80 años, una celebración a la que me uno con júbilo. No había narradoras en nuestro panorama literario cuando ella aparece a mitad del siglo pasado y además su entrada en la literatura es un acto de modernidad y desafío. De una vez dejó de lado los cánones tradicionales vernáculos y entró a explorar nuevas formas de escritura, entonces sorprendentes.

A la muerte, en 1964, de su padre, Mariano Fiallos Gil, humanista, académico, fundador de la autonomía universitaria y escritor él mismo, escribí una breve remembranza suya, Mis días con el rector, en la cual hablé de la primera novela de Rosario, Primavera Sonámbula, publicada aquel mismo año cuando ella tenía 26 años de edad:

“…Fue el libro que más quiso en su vida. Una tarde, me llamó para darme unos originales escritos a máquina, con correcciones al margen. Es un trabajo que me han llevado —explicó— leelo y me das tu opinión; no te quiero todavía decir de quién es, pero a mí me gusta. Esta muchacha que me lo llevó ya antes me había dado otras cosas que no eran buenas, pero ha mejorado mucho. Le he dado también a leer libros, principalmente novelas y yo creo que al fin ha escrito esto que vale la pena.

Cuando volví con los originales, que a quienes los leímos nos parecieron estupendos, una cosa extraordinaria, le expresé mi opinión de que deberían publicarse en las ediciones Ventana que estábamos comenzando.

—Ahora te voy a decir quién es: es mi hija Rosario —dijo con alegría. Su sonrisa era más expresiva y elocuente aquella vez que ninguna otra. Habló luego largo rato sobre el libro con amor y ternura juntos, de nuevo sobre los primero intentos de la autora y sobre lo que seguiría escribiendo. Convenimos en titular la obra Primavera Sonámbula, frase sacada de la última parte del poema Canto de Guerra de las cosas, de Joaquín Pasos, título que se ajustaba perfectamente al contenido.

He dicho que fue el libro que más quiso en su vida, porque las críticas publicadas en periódicos de Suramérica, España y otros lugares todas ellas señalando el nacimiento de una buena y verdadera escritora, le colmaban de júbilo y él mismo escribía las dedicatorias del libro, presentando a la autora, a los intelectuales amigos suyos de todas partes del continente.

Después me presentó un segundo trabajo, más intenso y con mayor carga poética que el primero. Treinta barrotes de izquierda a derecha, una historia magnífica, llena de símbolos e imágenes que aventajaba en mucho a Primavera Sonámbula y que habría de colocar a Rosario entre las primeras escritoras de Centroamérica y aún otra, sin título todavía, de la cual me habló en una carta que poco tiempo antes de morir me escribió a San José y que él consideraba según sus palabras ‘la más extraordinaria de todas’.

Los temas de las novelas de Rosario son duros y tiernos a la vez. Temas extraídos sin limitaciones de ninguna clase de la propia cepa de la vida, relatos que solo la total ausencia de prejuicios y un concepto alto del papel de escritor, obligado a escribir lo que ve y siente sin convenciones, pueden hacer posible el escribirlos.

Y ese caldo de cultivo fue preparado por él, ese desprendimiento de limitaciones no fue sino el resultado de la enseñanza de que impregnó a su escritora, su propio concepto de la vida y de las cosas, hizo posible esas páginas”.

Aquellas eran palabras de un aprendiz de escritor y de crítico literario, juzgando a una muchacha que surgía de la vida hogareña de León, casada con un hombre de cualidades también singulares, Iván Aguilar, quien la estimuló y alentó a escribir. Pero son palabras que, pasados los años, no hago sino ratificar, y alegrarme hoy de mi entusiasmo de entonces.

Alegrarme de haber visto nacer a una gran escritora, que se atrevió a romper el molde provinciano y se puso sus propias alas de invención y libertad.

Cartagena de Indias, febrero 2018.

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