Computadoras

Columnas, Del editor - 18.05.2008

Yo nací y crecí sin computadoras. Aunque le parezca increíble a muchos jóvenes, hubo un tiempo en que el mundo funcionó sin Internet, Word, celulares, chat y fotografía digital. Y no fue hace mucho.

Cuando era niño aparecieron los relojes que daban la hora a través de pantallas electrónicas y no con las clásicas manecillas. Luego, siendo adolescente, vi a un dirigente sandinista, de mediana categoría, hablando por medio de un teléfono inalámbrico y me quedé embobado, preguntándome cómo era posible que ese hombre hablara por ese artefacto que me parecía mágico. Después, la tecnología se vino al mundo como aluvión. Todo cambió.

Para 1989, trabajé con mi primera computadora. Hacía mis primeras armas en periodismo cuando me asignaron una computadora en Revista del Campo, una de las dos publicaciones que en Nicaragua se daban el lujo de hacer su trabajo “computarizado” en aquel tiempo. Estar frente a ese monstruo de letras naranjas, de 20 megas de disco duro, era para mí como trabajar en la NASA.

En ese tiempo yo creía estar en la cúspide de la tecnología porque las computadoras no pasaban del par de centenares en el país, y presentía que quien dominara a esa fiera tendría mayores ventajas en este nuevo mundo por conquistar. Sólo los que lo vivimos sabemos la tortura que significaba trabajar con el millón de claves de MS-DOS o diseñar páginas con aquellas primitivas versiones de Ventura.

Sin embargo, el vértigo de la tecnología nos rebasa y a pesar de mi esfuerzo por mantenerme actualizado, frecuentemente me siento analfabeta en este mundo en el que los jóvenes se mueven como pez en el agua. El instinto tecnológico vale más que la experiencia, y no pocas veces he tenido que pedir resignado: “Hijo, ¿podés ayudarme con este programa que no le entiendo…”