El mar

Columnas, Del editor - 04.04.2007

A los 18 años, iba yo en la banca de un camión militar con un fusil de guerra descansando en las piernas y el sombrero bamboleándose furiosamente por la fuerza del aire que me daba de frente. Cruzaba los
cañaverales de Montelimar y estaba un poco asustado. A esa edad yo me sentía un hombre hecho y derecho. Había estado varias veces a punto de morir y visto caer compañeros abatidos en una guerra que generalmente no entendía. Por eso me resultaba extraño el temor que sentía mientras el IFA se acercaba a Pochomil, donde nos llevaban a descansar como una tregua de la guerra.

Mi problema es que no conocía el mar. Yo nací y crecí en un pueblito del norte donde resultaba impensable hacer un viaje al mar. Para nosotros eran los rios. El río fue el principal juguete de mi niñez.
Diario, o casi diario, al salir por la tarde de clases corríamos, la marabunta de niños, desvistíéndonos en
el camino para lanzamos desde unos barrancos temerarios al recodo que formaba el río Jícaro cuando
cruzaba a la par de mi pueblo natal Quilalí. Luego nos tendíamos como lagartijas a tomar el último sol del día y a fanfarronear con las mil novias que tendríamos y los millones de billetes que un día haríamos.

Todos iban alegres. Menos yo. Uno cantaba “Paseando en Montelimar, tierra de cañaverales…”
cuando otro gritó: “¡Ahí está el mar!” Yo no quise ver. No sé por qué. Tal vez temía impresionarme tanto que se me notara en la cara y se burlaran de mí mis compañeros. O tal vez, y quiero creer eso, sentía que estaba traicionando a ese viejo amigo con el que gocé tanto. Mi río.