El místico que ponía serenatas

Columnas, Prosa Profana - 27.06.2010

Estuvimos a enterrar a Napoleón Chow en Sabana Grande, el lugar donde sus padres se fueron a vivir en una finca después del terremoto que destruyó Managua en 1972. Su padre, inmigrante chino, que también se llamaba Napoleón, ejercía como comerciante en la Costa Atlántica, y había vivido con su familia en La Cruz de Río Grande y en Siuna, para establecerse después con una tienda en la capital.

Para nosotros Napoleón era “el chino” a secas. Un chino mestizo, porque su madre era nicaragüense. Pero que un chino se llamara Napoleón era ya bastante llamativo. Llegamos juntos a León para estudiar la carrera de Derecho en la Universidad Nacional en el año de 1959. Napoleón, algunos años mayor que yo, ya venía de estudiar para jesuita en el Seminario de San Salvador, y recuerdo una de sus historias de ese internado, era que tenía por deber acompañar por las noches a un anciano sacerdote al baño y para que pudiera orinar debía abrir el grifo de modo que el sonido del agua chorreando lo animara.

Alquilamos una pieza juntos en la Calle Real y allí nos fuimos a vivir Napoleón, Alberto Peter Arróliga, Julio López Miranda y yo. Era una pieza exigua, con puerta a la calle, que nos alquilaba la niña Chelita Deshon, quien tenía una tienda pared de por medio, donde aún se vendían cuellos removibles de baquelita de los que habían dejado de usarse quién sabe cuántas décadas atrás. Hoy en esa pieza de estudiantes hay una librería de libros viejos.

Napoleón se dedicaba a las lecturas filosóficas y cuando iniciamos la publicación de la revista Ventana contribuía con artículos en los que hablaba de Teilhard de Chardin y de Jacques Maritain, y también de Chesterton como pensador católico, más que como maestro en la escritura de cuentos, que es como yo lo conocí mejor, creador del inolvidable personaje del padre Brown, un detective de sotana. Y solía entrar Napoleón en sus etapas místicas, cuando se amarraba una banda a la cabeza y se sumía en períodos de meditación, y nadie podía dirigirle la palabra.

Pero también era músico y tocaba el acordeón. Cuando el doctor Mariano Fiallos Gil, rector de la Universidad y amigo y cómplice de nuestra generación, dio paso a la creación de la Orquesta Universitaria, mandó a comprar los instrumentos en Estados Unidos y nombró a Napoleón director. Fue una buena orquesta de estudiantes, que tocaba en las veladas y en los radioteatros universitarios. También en la pieza teníamos a otro músico, porque Alberto Peter, ya muerto también, tocaba la guitarra y cantaba, y formó el Trío Universitario con Mauricio Montenegro y Popo Pereira.

Como Mauricio era novio de una sobrina de la niña Chelita, que tenía su dormitorio tras la puerta clausurada colindante con nuestra pieza, las serenatas para la muchacha se daban desde dentro, a veces sólo el trío, a veces toda la orquesta bajo la batuta de Napoleón, con lo que la dueña de casa rabiaba. Y también salían los músicos a poner serenatas a domicilio y como yo no tocaba ningún instrumento, mi tarea era vigilar por si aparecía la patrulla de la Guardia Nacional y entonces darles el aviso para que echaran todos a correr. Una vez me descuidé, llegó la patrulla y se los llevaron presos a todos, Napoleón el primero, montados en un camión. Las serenatas estaban prohibidas, para que así el comandante departamental pudiera embolsarse la multa que cobraba a los serenateros por la trasgresión.

Fue de todo esto que me acordé cuando Luis Rocha me llamó para decirme que Napoleón se había quitado la vida en su casa de San Marcos y es más o menos lo que dije en el cementerio de Sabana Grande antes de que lo enterraran al lado de su padre.