Femicidio: mía o de nadie

Columnas - 14.08.2017

Cuando uno hojea los periódicos no faltan noticias como esta: “Me salí del bar con mi marido, pero este se regresó al baño y en eso el señor salió y sin conocerlo ni mediar palabras me agarró a golpes, me botó al suelo y me dio patadas. Ahora no puedo ni leer, y me hicieron cirugía en la mandíbula”. El agresor ¡sorpresa! fue eximido de toda culpa por el juez, bajo el razonamiento de que “en la audiencia preliminar se violentaron los principios acusatorios”. El oscuro enredo judicial de las palabras para esconder la arbitrariedad.

Pero esta mujer, si pierde un ojo, salió con suerte, porque muchas otras pierden la vida en una carnicería continuada, a palos, a cuchilladas, a martillazos, a balazos, descuartizadas. En Quilalí, una fue decapitada y metida en un saco junto con su hijo de siete años, asfixiado por la misma mano criminal.

Estos asesinatos entran hoy en día bajo el denominador común de femicidio, y los contabiliza rigurosamente el Observatorio para la Violencia de la organización Católicas por el Derecho a Decidir. En lo que va del año se han cometido 29, y 41 han quedado en grado de frustración. Solo en el mes de julio ocurrieron seis casos, el último de ellos el de una mujer que fue encontrada con el rostro desfigurado a golpes en las cercanías de la Pista Suburbana de Managua.

Es una pandemia criminal que tiene sus raíces en una cultura arcaica, en la que la mujer es posesión exclusiva del macho, quien puede disponer de su alma y de su cuerpo, y de su vida y de su muerte. El femicidio es así un crimen específico. El asesinato de una mujer por razón de su sexo. El machismo llevado a su extremo más delirante.
En Nicaragua, la política oficial busca esconder los femicidios, o rebajarlos a homicidios simples. El Observatorio para la Violencia registró en 2015, por ejemplo, 53 femicidios, mientras la Policía Nacional, en su anuario estadístico, solo dio esa categoría a 16 casos.

Una extraña manera de reducir la violencia, falseando los números. O un ardid para demostrar que en Nicaragua, “el país más seguro de América Latina”, las agresiones contra las mujeres, por el hecho de ser mujeres, más bien escasean. Lo que sobra en la resta, aunque se trate de todas maneras de mujeres muertas, se mete debajo de la alfombra, y santas paces.

La diferencia entre femicidio y simple homicidio no es tan inocente, porque en el primer caso las penas son mayores, y al aplicarse la ley como se debería, las oportunidades del criminal de librarse del castigo son menores. Y semejante distorsión alienta la impunidad.

Al empuñar el cuchillo, el garrote o la pistola, el macho celoso proclama su divisa de “mía o de nadie” y algunas veces termina suicidándose en la misma escena del crimen. Que la mujer cambie de pareja se vuelve imperdonable, o la sola sospecha de que mira hacia otros hombres, violentado su condición obligada de propiedad exclusiva.
Pero antes ha debido pasar por acosos constantes, amenazas, golpizas, que reciben poca o nula atención cuando son denunciadas. Y una de las secuelas más dolorosas del femicidio es la de los huérfanos. Solo este año 30 niños han perdido a sus madres por esa causa.

Hay quienes se consuelan pobremente diciendo que no somos el único país del mundo donde las mujeres son agredidas por el hecho de ser mujeres. En Rusia, Putin acaba de firmar una ley en la que se establece que las agresiones físicas contra las mujeres por parte de sus maridos, no serán consideradas delito, salvo si dejan marcas visibles, y el agresor reincide en el período de un año. Todo por la paz dentro del hogar.
Ahora, en lugar de ir a la cárcel, si el macho ruso sabe golpear de manera que no queden huellas, solo recibirá una multa. Y una palmadita en el hombro.

Masatepe, julio 2017
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