La miliciana

Columnas, Del editor - 02.05.2010

Cierta vez, mientras caminaba por una de las calles de Barcelona, cuando estudiaba en España, vi un gigantesco mural con una imagen que me resultó familiar. Se trataba de una mujer campesina, sonriente, a un lado dándole el pecho a su bebé y al otro, colgado un fusil soviético AK47. “Eso es de Nicaragua”, le dije alegre a un amigo español. Efectivamente, el mural había sido hecho por alguno de los muchos comités de solidaridad con Nicaragua, que apoyaron la revolución sandinista en la década de los 80.

El mensaje era simple y claro: la lactancia provoca ternura y el fusil estaba en manos de una madre, para defenderla. La historia, sin embargo, era otra.

Tras la imagen de la miliciana de Waswalito, como se le conoció, estaba el fotógrafo Orlando Valenzuela, quien luego sería uno de los fundadores de esta revista. La mujer, que ahora sabemos se llama Blanca López Hernández, era miembro de una cooperativa agrícola y ese día les estaban entregando los fusiles recién llegados de la Unión Soviética para que defendieran la revolución en esos lugares asolados por la guerra.

En esta edición les traemos un reportaje sobre la miliciana de Waswalito. Quisimos saber qué había pasado con esa mujer y ese niño 26 años después que Valenzuela tomara la fotografía. El encuentro con esa parte de la historia fue emotivo y triste.

Emotivo, porque ahí estaba la sonrisa de Blanca, intacta a pesar de los años sobre su cuerpo y los golpes que le ha dado la vida. Y triste, porque nadie más se interesó por esta mujer que fue en su momento el rostro amable de una revolución y sirvió para recoger millones de dólares para su causa.

Guatusa