La palabra chunche

Columnas - 10.03.2018

Chunche pertenece en la lengua nicaragüense a una familia de palabras ubicuas, indefinidas y multiuso, es decir que sirve para nombrar cualquier cosa, un objeto, un artefacto, un cuerpo o parte de él, una persona. Una palabra cómoda que es a la vez comodín. Huidiza, si se la quiere atrapar, se esfuma. La ambigüedad es su esencia. Hay otras como ella: virote, cuestión, chochada, calache, chereque, chechereque.

Hace poco circulaba en las redes la fotografía de un aviso colocado en una ferretería que más o menos decía: “Aquí no tenemos el chunchito que va dentro del hueco del chunche. Traiga un diagrama o una foto de la pieza que necesita”. El aviso, que causa risa, es una súplica exasperada contra la persistente abstracción que arrastra la palabra chunche y contra su eterno don de ubicuidad.

Pero en nuestra realidad oral, existe sin duda el chunchito que va dentro del hueco del chunche. Es un espectro de palabra que anda por todas partes, se mete por todos los resquicios, y nos auxilia en el olvido de un término concreto, listo a reponerlo. Y hasta sustituye el nombre de una persona de la que ignoramos el nombre o lo hemos olvidado: don Chunchito aquel, el que te hizo el mandado…

Ninguna de las otras palabras comodines similares a chunche tienen la virtud suprema de convertirse en verbo: chunchame eso, chunchalo bien: que según el caso puede ser arreglame eso, componelo bien. Cuestión, por ejemplo, no resiste el paso a verbo. No sería lo mismo chunchar que cuestionar. Chunchar es manipular un chunche, cuestionar es interrogar, poner en duda; son caminos que se apartan sin remedio.

Podemos hablar de un solo chunche o de muchos, y entonces tenemos un chunchero. A quien se pasa de casa se le multiplican los chunches y debe enfrentarse con un chunchero o un chunchalal, o sea también un calachero, un cachivachero. Chunche multiplica sus significados cuando pasa al diminutivo o al aumentativo: chunchón puede representar la idea de un cuerpo grande y desgarbado, y conocí a alguien así a quien apodaban de ese modo.

O chunchón puede ser también una forma de piropo, de esos que son ahora socialmente incorrectos, para señalar a un monumento de mujer, alta y de buen talle, y de físico espléndido y carnoso. Y chunchito, en su humildad de vocablo disminuido, no deja de ser cariñosa: qué lindo ese chunchito, por ejemplo.

Pero dentro de sus incontables virtudes, chunche también puede servir para formar palabras híbridas, como chunchereque, al combinarse con chereque. Y admite la forma verbal: chuncherequear.

Como toda palabra que persiste en el idioma por su uso reiterado, chunche ha ganado carta de legitimidad, y el Diccionario de la Lengua Castellana la reconoce como propia de Centroamérica: “Objeto cuyo nombre se desconoce o no se quiere mencionar”.

No parecer ser tan completa, o exacta, la definición. Claro que chunche incluye lo desconocido: “¿Qué chunche es ese? ¿Qué cosa es ese chunche?” Pero también llamamos chunche a lo cotidianamente conocido, un plato, un vaso, o cuchillo, una herramienta, y entonces chunche pasa a ser sinónimo, un sinónimo perezoso.

Y en cuanto a lo de “objeto que no se quiere mencionar”, chunche va más allá. No es solo la negativa pertinaz a llamar una cosa por su verdadero nombre. Es el gusto o vicio por lo genérico, o, por qué no, la ambición de que el todo quepa en una sola palabra: desde un sombrero a una taza, desde un teléfono celular a un espejo, desde una aguja a un pajar, desde un carro que corre por la carretera a un avión que vuela por los aires. Desde lo que no funciona a lo que se halla en perfecto estado. Un chunche viejo, un chunche de medio uso, un chunche nuevo.

Y de allí, en esa constelación infinita, a la propia persona, como acto supremo de conmiseración, cuando alguien se queja de sus dolencias: soy un chunche viejo que ya no sirve para nada.

Bogotá, marzo 2018

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