La vida fácil

Columnas, Del editor - 10.04.2017

Cuando me iniciaba en el periodismo, el semanario para el que trabajaba me encargó un reportaje sobre la prostitución. De prostitutas lo único que sabía era de unos burdeles de ripios que se levantaron a la salida de mi pueblo, Quilalí, sobre la carretera que bordeaba el río Jícaro, en un sector que llamaban “Ceiba Mocha” y que yo observaba desde afuera con la curiosidad del niño que era. Mujeres maquilladas en exceso, que bailaban con finqueros borrachos, en un piso cubierto de aserrín y con música de roconola. Mujeres de la vida alegre, o de la vida fácil, les decían.

Así que, gracias a esa asignación, estaba ahí cara a cara por primera vez con “una mujer de la vida fácil”. Ella era una muchacha joven, no pasaba de 24 años, vestida con unas botas hasta las rodillas y un vestidito como de balletista que anunciaba su oficio.

Su vida se resumía así: era recepcionista en una oficina estatal y en un momento comenzó a salir con compañeros de trabajo que la invitaban. Luego alguien le propuso si podía acompañar a unos amigos al mar y le iban a pagar y así fue encontrando una forma de tener otros ingresos. Llegó la “compactación” de los noventa, la despidieron, y ella siguió saliendo como acompañante con quienes la buscaban y le pagaban, generalmente excompañeros de trabajo.

Sin embargo, cada vez las llamadas era menos frecuentes, hasta que el teléfono dejó de repicar por completo. Ya para ese tiempo había salido embarazada, tenía una niña, y la querían echar de la cuartería en que vivía por falta de pago. No tuvo más remedio que ir a ponerse a la calle para cazar transeúntes.

Me contó de la vez que un grupo la violó y la golpeó, la otra ocasión en que la tiraron de un carro en marcha, y también habló de las frecuentes llegadas por las madrugadas a casa sin haber conseguido un peso para dar de comer a su hija. Esa no era, para nada, la vida alegre que se suponía. ¿La vida fácil? ¡Qué estupidez!

Esta edición habla sobre mujeres que no han tenido vidas fáciles ni alegres. Al contrario, han vivido estigmatizadas, acosadas por los policías, negados sus derechos por una sociedad que las trata como subciudadanos y que ahora levantan su voz, se organizan y defienden sus derechos. No quieren ser llamadas “ni putas ni prostitutas”. Son trabajadoras. No quieren que las rescaten, solo piden respeto.