Mata Hari

Columnas, Del editor - 20.04.2008

Sobre Margaretha Geertruida Zelle (1876-1917), conocida como Mata Hari, se ha escrito y filmado mucho. Se hizo leyenda. Es el arquetipo de la seducción hecha arma. De ella se dice fue una bailarina exótica que actuaba como doble agente: espiaba a alemanes y franceses simultáneamente, y se le atribuye la muerte de muchísimos soldados debido a la información que arrancaba a sus amantes y que entregaba a los ejércitos enemigos. Fue fusilada el 15 de sep-tiembre de 1917, a los 41 años de edad.

Sin embargo, al buscar en su historia, resulta poco creíble el mito que se ha tejido sobre ella. En primer lugar, no era tan agraciada como la representó Greta Garbo en 1932, ni tenía “escuela” alguna sobre espionaje que le permitiera acceso a información fiable y de alguna importancia. Es posible, dicen los que la han estudiado, que haya sido más cortesana que espía. Y que cuando se le juzgó, se le condenó más por su moral que por la información que pudo haber pasado al enemigo.

Sin embargo, Mata Hari quedó para la historia como el icono de la mujer bella usada como arma de guerra. En Nicaragua encontramos varias historias parecidas. Tenemos el caso de Nora Astorga, la joven sandinista que lleva con sus artes de mujer a un general somocista hasta la cama, donde otros compañeros de guerrilla lo acuchillan hasta matarlo.

Años más tarde, otra joven hermosa llevó al ex Guardia Nacional, Pablo Emilio Salazar, conocido como el “Comandante Bravo”, a su trampa mortal cuando éste organizaba lo que seria la Contrarrevolución. También está la operación que la seguridad sandinista montó contra el padre Bismarck Carballo y en la que participó una mujer hermosa como señuelo. Todas ellas merecen una película.