Mujeres

Columnas, Del editor - 11.09.2016

Mi hija, Ximena, siempre que hablamos de algún personaje histórico me pregunta: “¿Fue bueno o malo?” Y yo invariablemente le contesto que la historia no se puede dividir así, como si fuese una telenovela mexicana, donde el bueno es bueno impoluto, y el malo es malo hasta en la cara, la risita sardónica y los gestos.

Ser bueno o malo en la historia no depende solo de las acciones que alguien realice en vida, sino de quién lo cuente, de qué y cómo lo cuente y del cuándo lo cuente. A Pancho Villa, por ejemplo, se le miraba con admiración como un protomacho, semental, desvirgando niñas, impúberes, que le llevaban hasta su campamento. En estos tiempos pocos aplaudirían una acción así. Y aún obviando el cómo, cuándo y quién cuente la historia, todavía resulta imposible catalogar a una persona como buena o mala, porque todos tenemos comportamientos duales según los criterios morales con que se nos juzgue.

Dicho esto, los invito a leer en esta edición de Magazine un reportaje sobre mujeres que han ejercido el poder de una forma despiadada y fueron tan crueles o poderosas como el dictador a cuya sombra llegaron al poder. Porque en este mundo misógino, más antes que ahora, la mayoría de mujeres que pudieron acumular algún poder lo hicieron a través del poder mismo que consiguieron sus maridos.
Entonces, ha habido quienes dicen que las mujeres, por su naturaleza, son mejores gobernantes que los hombres. No lo creo así.

Decir que una mujer, por su género, es mejor gobernante que un hombre, es caer en la misma trampa con que a las mujeres se les excluyó durante siglos del poder político. Ni las mujeres son buenas y los hombres malos, ni al revés. El mundo no funciona así. Hay personas que son mejores gobernantes que otros, independientemente de que sean hombres o mujeres.

Esta es la historia de la temible Jiang Qing, de la China comunista de Mao; de la megalómana Elena Ceausesco, de la Rumanía socialista; de la insaciable Imelda Marcos, de Filipinas, y de Isabel Perón, de Argentina. Todas primeras damas en su primer momento. Todas con un comportamiento y un fin que tiende a repetirse en una y otra.