Pandillas

Columnas, Del editor - 31.05.2009

Un un seminario en España se analizó la existencia de las pandillas nicaragüenses como un “caso extraño”. ¿Cómo es posible que en Nicaragua no se hayan desarrollado las maras que asolan a nuestros vecinos, Guatemala, Honduras y El Salvador? Allá masacran a los pasajeros de autobuses, ponen bombas, cortan cabezas, matan por encargo.“ Y de hecho su mayor peligrosidad deriva de la vinculación que han logrado con el crimen internacional. Los especialistas se preguntaban ¿que tiene Nicaragua de especial que las maras no han invadido con esos niveles de ferocidad el país? ¿La guerra que vivió? ¿Su pobreza? ¿Su Policía?

Sin embargo, el asunto tampoco está para presumir. La violencia de las pandillas nicaragüenses viene creciendo. Hace apenas unos años eran chavalos enchinelados los que se agarraban a pedradas. Ahora, como vemos en el reportaje que ha preparado Luis Enrique Duarte, las pandillas usan armas de fuego, muchas veces hechizas, pero mortales, y cada vez más su accionar tiene que ver con ingresos económicos. De las raterías del barrio han pasado a la distribución de droga, la venta de servicios criminales y hasta las “contrataciones partidarias”.

Es un hecho, lo dicen ellos mismos, las organizaciones que trabajan con ellos y la Policía Nacional, extraoficialmente, que el nivel de criminalidad de las pandillas aumentó después que un partido se dedicó a contratarlas y avituallarlas con machetes y morteros. Les dio una legitimidad que hasta entonces no tenían, y las consecuencias de eso las están pagando los barrios más pobres de Managua. La madre queda con el corazón en la boca pensando que en cualquier momento le matan a su hijo, o la familia que aterrorizada escucha cómo su vecindad se ha convertido en un campo de guerra. Así
no se puede vivir.