Papel pautado

Columnas, Prosa Profana - 01.06.2016

Hace poco, revolviendo cosas y papeles, me hallé un casete de esos que ya cuesta reproducir, donde está grabada la función del jueves santo de 1952 en la iglesia parroquial de Masatepe. La hizo Remigio Sánchez, casado con mi prima María Josefa Ramírez. Tenía una grabadora Philips de carretes, toda una novedad entonces, y es su voz la que se escucha por lo bajo, anunciando que la iglesia está llena a reventar, y que la orquesta Ramírez, cuya celebridad lamenta que no sea tanta como debería, va a comenzar a tocar.
La orquesta Ramírez estaba encabezada por mi abuelo Lisandro, violinista y compositor, parte de una dinastía de músicos fundada en Masaya por mi bisabuelo Alejandro, y que se prolongó en mis tíos, músicos todos e integrantes de la orquesta, en la que solo faltaba mi padre a quien había sido asignado el contrabajo, y que rechazó para dedicarse al comercio. De esa dinastía formaban parte también mis tíos abuelos Carlos Ramírez, compositor igual que mi abuelo, y Serapio Ramírez.
En esa función de Jueves Santo, al pie del altar mayor, está entonces mi abuelo Lisandro, vestido de dril blanco como siempre, la batuta en la mano, y están frente a sus atriles, mencionados por orden de edad, Francisco Luz, violinista; Alejandro, flautista; Alberto chelista, y Carlos José, el más versátil de todos ellos, que tocaba el armonio, el clarinete y el saxofón; ese día toca el clarinete, y también, en algunos pasajes de la grabación, se escucha su voz de tenor que entona los laudes mientras a los músicos los envuelve una nube de incienso.
He logrado recuperar algunos de sus instrumentos: el violín de mi abuelo Lisandro, el chelo de mi tío Alberto, el clarinete de mi tío Carlos José. Son parte esencial de mi museo doméstico, instrumentos que viven dentro de mí, y dan vida a mi escritura. Lo mismo que la imagen de mi abuelo que vuelve cada tanto a mi memoria, inclinado sobre el papel pautado, componiendo, mientras tarareaba, o musitaba, la melodía que crecía en su cabeza. Él componía con signos musicales, yo compongo con otros signos, que son las letras.
A los diez años mi padre me puso a estudiar solfeo con mi tío Alberto, a mí y a mi hermana Luisa, y no tardó en declararnos sordos a los dos, una sentencia lapidaria que me alivió del tormento de recibir aquellas clases a las dos de la tarde, pugnando en contra del sueño, una tarea heroica. Por la misma causa nunca aprendí mecanografía, porque pudo más en mí el sopor, y me quedé escribiendo con dos dedos.
El otro día contaba a Carlos y a Luis Enrique Mejía Godoy esta anécdota del decreto de sordera, en un encuentro en la Embajada de México en el marco de Centroamérica Cuenta, y les decía que creo que hay dos clases de oído musical: el que reproduce, y allí sí que soy sordo sin remedio a la hora de entonarme; y el oído que graba y permite reconocer las melodías, y a distinguir los instrumentos. Ese sí lo tengo.
Porque sin ese oído no podría escribir. La prosa necesita de un ritmo y de una música. Y no escribo en mis mañanas de encierro sagrado, si no escucho música; ahora mismo está sonando a mis espaldas la Novena Sinfonía en Mi Menor de Dvorak.
Como escritor siento que vengo de aquella orquesta Ramírez que se oye en la vieja grabación de Remigio; vengo del acorde de esos instrumentos que se concertaban tanto para tocar la Misa de Gloria de Eslava, como para interpretar con brío valses en fiestas galantes, y aún serenatas si se daba el caso. Para mi abuelo y para mis tíos eran sus “toques”.
Cuando tengo que hacer una comparecencia, presentar un libro, dar una charla literaria, le digo a mi mujer que voy a un toque. Gracias a aquellos artistas soy artista también.

Masatepe, junio 2016
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