Pasión y muerte en las calles

Columnas, Prosa Profana - 10.04.2017

Judea es la expresión de teatro callejero que subsiste con mayor vigor en Nicaragua, cuando no pocas manifestaciones del arte popular se encuentran en estado de extinción; la primera El Güegüense, que salvo en Diriamba ha ido quedando para eruditos, y las Pastorelas y autos sacramentales que solían representarse en los atrios de las iglesias.

Yo recuerdo la Judea en Masatepe como unos de los magnos acontecimientos de la Semana Santa, llevado por mi abuela Petrona a las representaciones al aire libre que podían durar varios días, porque la ambición del libreto era que cada episodio de la pasión y muerte de Cristo durara lo que debía durar. Nada de síntesis ni recortes.

Dado lo prolongado de aquellas sesiones, el público se ausentaba si tocaba la hora del almuerzo, y luego volvía, salvo mi abuela que permanecía expectante sentada en la silla que me hacía llevarle desde su casa. Pero el lleno total se producía en las escenas finales, el prendimiento, la sentencia de Pilatos, la calle de la amargura, la crucifixión.

El libreto había sido compuesto con base en la novela El Mártir del Gólgota del escritor español del siglo XIX Enrique Pérez Escrich, y debe tener tantas variantes según los muchos lugares donde aún se representa. La de Masatepe era interminable. La estructura dramática se componía de una sucesión de cuadros, y el más soporífero de todos era el de la tentación que el Diablo hace a Jesús cuando este se retira por cuarenta días al desierto.

El Diablo le ofrece al Maestro todas las riquezas posibles, poder, gloria, señorío, y le va describiendo con agotadora precisión geográfica los territorios del mundo que serían suyos si aceptaba cambiar su prometido reino celestial por otro terrenal.

Lo asombroso era que el actor que representaba al diablo, pintarrajeado de rojo, con cachos, alas de murciélago y cola de bestia feroz, era un carretero analfabeto, que pasaba cada día frente a la tienda de mi padre, chuzo en mano, llevando su carreta de bueyes. Por tanto, su memoria no era sino prodigiosa, porque debía aprenderse aquel largo parlamento enrevesado, lleno de nombres extraños, oyéndolo leer a alguien.

Y lo mismo ocurría con los demás actores del elenco, carpinteros, albañiles, lavanderas, cocineras, que tampoco sabían leer ni escribir, y aprendían de maravilla sus partes, sin tropiezos ni vacilaciones a la hora de declamarlas, vestidos todos con trajes de telas brillantes de colores encendidos.

Los centuriones y soldados romanos se hacían cargo de su papel con extremo realismo, al grado de que pegaban latigazos verdaderos al pobre actor que representaba a Jesucristo mientras desfilaba con la cruz a cuestas por la calle de la amargura, hasta sacarle la sangre.

Algunos de los que debían lucir barbas preferían dejárselas todo el año, en lugar de usarlas postizas. Y no dejaba de asombrarme que la Virgen María, o Caifás, o Pilatos, fueran clientes de la tienda de mi padre, y que el mismo Jesucristo llegara a comprar cigarrillos Valencia. O que, de pronto, corriera la noticia de que María Magdalena había huido con Samuel de Belibeth, el judío errante, abandonando a Simón Cirineo, su marido legítimo.

Mi abuela fabricaba puros chilcagre, en una tabla apoyada en sus piernas. Entonces, pasada la Semana Santa, mientras cortaba el tabaco con una navaja de filo resplandeciente, enrollaba la hoja de capa y la pegaba con almidón, solía entonar quedamente la habanera que en la Judea, Boanerges, el hijo del trueno, le cantaba a María Magdalena, la pecadora: “Nací en la cumbre de una montaña/ vibrando el rayo deslumbrador/ crecí en el seno de una cabaña/ y hoy que soy hombre/ y hoy que soy hombre/muero de amor…”

Masatepe, abril 2017
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