Patria

Columnas, Del editor - 14.09.2014

Hay héroes y antihéroes. Andrés Castro, por ejemplo, es hoy por hoy el epítome del heroísmo nicaragüense. Pobre, mestizo, sin recursos, y vencedor. William Walker, por el contrario, es el símbolo de lo perverso: extranjero, racialmente diferente, derrotado y, algo que nos enchicha a los nicaragüenses, se las lanzaba de la divina garza. Sí, el tipo no solo se sentía predestinado para gobernarnos sino que estaba convencido que nuestro lugar era ser esclavos.

Desde siempre, la humanidad ha pretendido conectar a los grupos a través de símbolos que los representan y, aquí estamos de nuevo celebrando a la patria a través de una bandera azul y blanco, un escudo, un himno que decimos es el más lindo del mundo, y, por supuesto, unos héroes.

Pero cuando revisamos la historia nos encontramos que, a veces, que esos símbolos han sido construidos muy intencionalmente para que sean lo que queremos que sean, y no lo que realmente son o fueron. Por ejemplo, Andrés Castro no fue reconocido como héroe después de su famosa pedrada. Murió unos 20 años más tarde, supuestamente en un lío de faldas, y permaneció olvidado otros 80 años más hasta que fue incorporado definitivamente al santoral de los héroes patrios.

Y con el máximo héroe costarricense, Juan Santamaría, la historia ha sido al revés. Su hazaña fue sacrificarse para quemar un mesón en Rivas donde se refugiaban los filibusteros de William Walker. Los costarricenses, escasos de batallas y héroes, pronto lo acogieron entre sus símbolos y fue hasta después que se ha empezado a cuestionar, uno, si de verdad existió este soldado y, dos, si realmente hizo la hazaña que se le atribuye.

En esta edición de Magazine hablamos sobre estos temas, a propósito de este mes patrio. Un mes de desfiles, de banderas azul y blanco, de himnos y de héroes.

Recientemente, el cantautor nicaragüense Hernaldo Zúniga dio una definición hermosa de patria. “Patria son los amigos de la infancia, el vigorón de la esquina, el primer beso…” Podríamos agregar: el callejón del barrio, el olor a la comida que prepara mamá, las frutas del árbol del patio, los juegos, las despedidas, los reencuentros… Esa es, en primer lugar, la patria a homenajear. La que extrañamos cuando estamos fuera.