Recuerdo de los Húngaros

Columnas, Prosa Profana - 11.03.2012

Para las fiestas patronales del Cristo Negro de la Santísima Trinidad en Masatepe, cuando la procesión del domingo por la mañana que seguía a la misa mayor salía a la calle, ya estaban al pie del atrio de la iglesia parroquial las cuadrillas de bailantes, que para los tiempos de mi infancia eran numerosas. La mayor parte eran de inditas con sus galanes y llevaba cada una su marimba de arco. Pero la que más se seducía, como si me evocara un misterio, era la comparsa de húngaras. El baile de las húngaras.

Los hombres llevaban sombreros negros de fieltro y chalecos de fantasía, con botas de media caña, y las mujeres pañuelos vistosos en la cabeza, adornados a la altura de la frente con monedas, blusas floreadas y enaguas de lunares; de los lóbulos de sus orejas pendían aretes de fantasía, y lucían collares de muchas vueltas y pulseras de varios aros, y mucho colorete en las mejillas; pero lo más singular de su atuendo era que todas llevaban anteojos oscuros de esos de patas triangulares que ya poco se ven.

¿De dónde venía aquella tradición? Sin duda, del recuerdo de los gitanos errantes que llegados de Europa huyendo de persecuciones recorrían las tierras de América y acampaban junto a los pueblos con sus carromatos, dedicados a ejercer los más diversos oficios, desde afilar cuchillos y soldar cacharros de cocina los hombres, a la quiromancia las mujeres, leyendo la suerte en las manos y en las barajas. Tenían también fama de ladrones, bien o mal ganada, y arrastraban la leyenda negra de ser raptores de niños.

Los gitanos españoles de Andalucía siguen aún allí, agrupados en clanes y celosos de su tradición, y como en toda Europa, son víctimas de la discriminación racial. A América los primeros gitanos calés llegaron junto con Colón en el tercer viaje, y luego, en distintas épocas, se impuso contra ellos prohibiciones de inmigración a estas tierras.

Se quedaron llamando húngaros porque seguramente los grupos que llegaron a Nicaragua, o al menos los que pasaron por Masatepe y los pueblos de la meseta, provenían de Hungría. La última gran oleada de gitanos arribó a México a fines del siglo XIX, y se las llamaba romaníes, y también húngaros. Eso serán los mismos que se desplazaron a Centroamérica y a Colombia; ya vemos cómo aparecen en Cien años de soledad.

Su origen sigue siendo misterioso. También se les llamó egipcíacos, de donde en inglés son llamados gypsies, y se les llama también bohemios, porque algunos clanes provenían de la Bohemia, en lo que es hoy la República Checa; por alguna extraña asociación, bohemio pasó a ser el libertino de vida despreocupada, que amanece en las cantinas, como aquellos del famoso poema, delicia de los declamadores, El brindis del bohemio.

Digo que de este recuerdo del paso de los gitanos por Masatepe quedó en herencia el baile de las húngaras, porque los trajes de las cuadrillas de baile recuerdan los de los gitanos de las estampas antiguas, y porque mi madre contaba haberlos visto de niña en Masatepe. Acampaban en las afueras e iban por las casas ofreciendo sus habilidades en lengua enrevesada, y muchos, atemorizados, les cerraban las puertas.

Hacían artes de magia para ganarse la vida, allí está el espléndido cuento de Fernando Silva Los Húngaros; cantaban y bailaban, y las panderetas que las mujeres de las cuadrillas de baile hacían sonar, eran también otro recuerdo de las gitanas originales que un día entretuvieron con sus danzas a los asustados habitantes de los pueblos nicaragüenses.

También en otra procesión, la de San Jerónimo, recuerdo a un oso que bailaba con una cadena pendiente del cuello, llevado por otro bailarín armado de un palo o de un látigo. Los osos están ligados a la vida de los gitanos, lo mismo que los monos.

He vuelto a ver el baile de las gitanas, solo que ahora reducidos a unas pocas parejas, como si se esfumaran en el tiempo y solo quedara ya una pequeña muestra. Y el oso amaestrado, con su baile torpe, ese sí que nunca volvió.

Masatepe, marzo 2012

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