Solentiname

Columnas, Del editor - 05.10.2008

Una de las deudas pendientes que tengo con la vida es conocer Solentiname. Y digo conocer en el sentido físico de estar en un lugar, porque de Solentiname he oído y leído tanto, que presiento me sucederá como en otros lugares donde llego para confirmar que ya he estado ahí sin haberlo hecho nunca. Como si viviese un programado déjá vu.

De Solentime oí por primera vez cuando era un niño y apareció la misa campesina de Carlos Mejía Godoy. “Gloria a Dios en Siuna, Jalapa y Cosigüina, en Solentiname, Diriomo y Ticuantepe…” Luego a través de esa extraña pintura naturalista, ingenua y abigarrada que bautizaron como “primitivista”, pero sobre todo por la fascinante historia de un cura de boina y cotona que se asentó en el archipiélago para proclamar el Evangelio como no lo había oído antes.

De esta forma, Solentiname se convirtió en un símbolo nicaragüense de múltiples significados. Digo Soletiname y digo Arte, Política, Religión, Revolución, Ecoturismo y, últimamente, otra vez, lugar de enfrentamiento entre el Poder y quienes lo cuestionan.

Dígase lo que se diga, Solentiname es desde ese tiempo Ernesto Cardenal. Un epónimo. Algo que lo marca. Podrán disputarle la propiedad en un juzgado, podrán prohibirle que llegue, podrá incluso Ernesto Cardenal morirse, pero no podrán sacarlo de Solentiname porque ambos son ya una misma cosa. Y eso lo sabemos los que nunca hemos estado allá y los que llegan y encuentran al poeta omnipresente en el archipiélago, como relata Amalia Morales en el reportaje que en esta edición les presentamos.