Escape de cuba

Crónica, Reportaje - 18.01.2017
Escapa de Cuba. Magazine

Un camarógrafo nicaragüense acompañó a una familia cubana en una peligrosa travesía en balsa de Cuba hacia Estados Unidos

Por Ulises Huete

Frente a la playa se extiende la sólida oscuridad sin contornos, el insistente oleaje se revuelca una y otra vez contra las piedras, el frío energizante de la madrugada gira suavemente con el aire. Un grupo de personas carga una maltrecha balsa mientras otra les alumbra el paso. Llegan hasta la playa, depositan la embarcación entre las rocas y la empujan con cuidado en el agua. Todos se suben a la nave destartalada. Uno de ellos lleva una niña en brazos, embozada, dormida, sin darse cuenta que pronto despertará en el mar abierto, entre las pérfidas corrientes caribeñas. El mar los recibe con un dócil vaivén. Una tripulación en harapos zarpa entre la densa oscuridad a las cuatro de la madrugada.

De los 11 balseros que parten del pequeño pueblo de Cojimar rumbo a Miami, uno es el cineasta nicaragüense Frank Pineda. Él va filmando la travesía para un canal de televisión inglés que está produciendo un documental sobre los balseros. Es el año de 1994 y el gobierno de Fidel Castro anunció que quienes deseen abandonar la isla por sus medios pueden hacerlo hasta el día de hoy 13 de septiembre a las 6:00 a.m., después se restringirá de nuevo la salida sin permiso gubernamental.

La balsa mide dos por dos metros, su nombre Bárbara va escrito a estribor, en la proa lleva incrustada la imagen de una divinidad yoruba para conjurar los peligros del viaje y conducir a los navegantes a su destino, a como antaño se les ponía a los barcos un mascarón de proa para resguardar las travesías. La mayoría de los tripulantes son familiares entre sí. Antes de salir al mar, Frank recuerda: “Algo caliente me cayó en la cara y la espalda, era sangre de un pollo que una señora que practicaba la santería nos echó a todos los balseros para protegernos en el viaje”.

El cielo se tiñe de un azul pálido mientras el sol nace detrás del mar. Un débil resplandor amarillo se pinta sobre el remoto borde del horizonte. Los cubanos iban contentos, cantaban Querida de Juan Gabriel. “Cuando nos agarró el amanecer, estábamos como a 10 kilómetros de la costa. En ese punto ya se sentían libres porque estaban en alta mar”, recuerda Frank. Después empezó a soplar el viento, el mar se agitó y se formó un oleaje. “Todos se marearon, comenzaron a vomitar, la niña se despertó: ¿Dónde estoy, por qué estoy aquí en esta balsa? Yo no me quiero ir, me quiero quedar en Cuba, regresémonos”, cuenta Frank que exclamó la niña con temor. Su papá y su mamá que va embarazada, la calman. Cuando la mayoría deja de vomitar, continúan remando durante el resto del día.