Los otros del asalto

Crónica - 20.06.2004
Los otros del asalto

Nunca tuvieron gloria ni poder. Veintiséis años después del asalto al Palacio, estos hombres sueñan con una pensión de héroes, aunque según las leyes del país no tienen derecho a nada. Ni siquiera a esperar.

Eduardo Marenco Tercero

Al despertar aquella madrugada, Ignacia Antonia Balmaceda Herrera, de 53 años, confirmó que su marido no había llegado a dormir. Contrario a su costumbre de no seguirlo cuando se perdía en borracheras, se vistió y calzó, tomó una lámpara y fue a buscarle por los callejones oscuros del barrio Monimbó. Lo encontró con varios borrachos en una esquina y le rogó que volviera a casa. No lo convenció pero le quitó la chaqueta que ya estaba en manos de uno de los borrachines.

Cuando estuvo de vuelta en su cuarto, un poco antes de las dos de la madrugada, se dijo que era hora de empezar la rutina de todos los días: tomar el canasto, ir a la panadería, comprar el pan y viajar a Managua a venderlo, como lo había hecho en los últimos veinticinco años.

Atribulada por el frío madrugador, tomó el canasto. Pero al rato lo soltó. No tenía fuerzas para ir sola. “No voy, aquí me quedo”, se dijo. Se sentó al borde de su cama. Y luego se recostó.

Poco después tocaron a la puerta. Al abrirla alguien le dijo:

—Vaya a ver a su marido que está caído y ensangrentado.

Tomó la lámpara y salió desbocada, hasta que vio un bulto en la oscuridad. Lo iluminó con el foco: estaba con la misma camisola, el pantalón sin faja y las chinelas de la víspera, degollado y ahogado en su propia sangre. Tenía diez estocadas de bayoneta, una de ellas en la garganta y dos fulminantes que le perforaron el corazón.

Era el fin para Salvador Monge López, uno de los 25 del Comando Rigoberto López Pérez, que tomó por asalto el Palacio Nacional, sede del Congreso de Somoza, el 22 de agosto de 1978.

 

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Crónica