Asesino

Columnas, Del editor - 09.01.2017

Anastasio Hernández es el asesino en serie menos conocido de Nicaragua. Y tal vez uno de los más crueles y sanguinarios. Y es poco conocido a pesar de que fue capturado vivo y sus asesinatos son de los mejor documentados.
Hernández comenzó sus perrerías allá por mayo de 1927, cuando su pandilla de matones asolaba la zona de Ocotal, Nueva Segovia. Si se fija bien, para ese mismo año, por esa misma zona, andaba un general rebelde muy conocido: Augusto C. Sandino.

Pero Hernández no era sandinista. Era conservador. O más bien, estaba al servicio de los gamonales conservadores de la época, que acostumbraban resolver sus diferencias echando a los campesinos a matarse unos con otros.
Hernández asesinaba bajo la bandera verde, conservadora.

Eran también los tiempos de Pedrón Altamirano. Este sí, asesino famoso. Este sí, sandinista. A Pedrón Altamirano se le atribuyen tres métodos sanguinarios de ejecutar: el corte chaleco, que suponía el corte de cabeza y extremidades; el corte cumbo, que era el corte de la parte superior del cráneo del infortunado, y el corte corbata, que consistía en sacar la legua de la víctima por un corte en el cuello.

Hernández no patentó ningún “corte” en especial, que sepamos. Su método era saña pura, despiadada y sangrienta. Disfrutaba las decapitaciones, a tal punto que las amenizaba con música de acordeón y con frecuencia cargaba con las cabezas de sus víctimas.

Tan poca alma tenía, que asesinó a su hermano y sentenció a sus propios padres. “Él decía que no se retiraría del lugar hasta que no se llevara la cabeza de su padre y la lengua de su madre en una alforja”, relató el padre del matón en su testimonio ante la justicia.

Magazine trae en esta edición la historia de este asesino, al que se le atribuyen, con nombres y apellidos, al menos 47 asesinatos atroces. Finalmente fue capturado, juzgado y condenado. De él se dice que murió cuando la penitenciaria donde purgaba condena se cayó con el terremoto de 1931 en Managua. Ahí se perdió su rastro y solo quedó su nombre susurrándose muy quedo entre los más antiguos de Ocotal y Mozonte. Con miedo.