Esclavos

Columnas, Del editor - 10.11.2013

La esclavitud nace, paradójicamente, cuando el hombre pudo obtener de la naturaleza más de lo que necesitaba para subsistir. La relación es simple: una persona puede hacer que otra trabaje por ella, y lo producido se destina, una parte a la subsistencia del que ha trabajado y la otra al que lo explota. Es un hecho que casi en todos los grupos humanos se ha practicado de una u otra forma, la esclavitud.

En Nicaragua, la esclavitud se abolió oficialmente, relata el estudioso nicaragüense Jorge Eduardo Arellano, “por el decreto de la Asamblea Nacional Constituyente del 17 de abril de 1824”. Todavía éramos “Centroamérica” por entonces y fue esta la primera nación de Latinoamérica en abolirla.

En 1856, sin embargo, William Walker se proclamó presidente de Nicaragua y una de sus primeras decisiones fue restablecer la esclavitud en el país, pues consideraba que “el zambo de Nicaragua es una forma humana degenerada, conformada por un tercio de tigre, un tercio de mono, y un tercio de cerdo…” Por suerte no tenía el poder suficiente para reinstalarla, y por el contrario, sus días estaban contados.

La esclavitud en Nicaragua, hay que aclararlo, trasciende los 300 años de la colonia española. Existía antes y existió después.

El trabajo forzado y las leyes “contra la vagancia” fueron formas encubiertas de esclavitud que se practicaron hace apenas un siglo. Incluso, hay quienes consideran esclavitud humana a la “trata de personas”, comercio de mujeres principalmente con fines sexuales, y los llamados “hijos de casa”.

Todavía quedan huellas de la esclavitud en Nicaragua. En Corn Island, por ejemplo, se celebra una fiesta anual por los últimos esclavos negros liberados, y en Nandaime, un barrio debe su nombre y su gente a la traída forzosa de negros a América para su explotación como esclavos. Pero, sobre todo, dejó huellas en la sangre y la historia.