Los nueve

Columnas, Del editor - 12.05.2013

Al 19 de julio de 1979, no había un líder definido de la revolución que tomaba el poder en el país, después de derrocar a Somoza. Al contrario, los heterogéneos grupos guerrilleros que participaron en la lucha apenas se habían puesto de acuerdo en un propósito común a través de un artificio que, se dice, sugirió Fidel Castro: una Dirección Nacional Conjunta.

La idea era que, para evitar los celos y las mediciones de fuerza, se organizara un grupo que integrara tres miembros de cada una de la s tres tendencias que se habían derivado del Frente Sandinista.

Y así fue.

La Dirección Nacional se convirtió en el poder supremo de la Nicaragua revolucionaria. Los Nueve, le decían.

Nadie estaba sobre su poder. Decidían vida y muerte. Se repartieron el gobierno y no había decisión importante que se tomara en el país sin su aprobación.

Claro, con el tiempo unos comandantes empezaron a pesar más que otros. También hubo quienes se aliaron e hicieron mayoría para imponerse o arrinconar a otros.

Y hubo celos. Se discutía quién aparecía más en los periódicos, o se le llamaba la atención a aquel comandante que buscaba protagonismo personal.

Cuando en 1984 se escogió a Daniel Ortega como candidato del Frente Sandinista para las elecciones presidenciales de ese año, la Dirección Nacional comenzó a morir. Ya había un comandante que, primero como candidato y luego como presidente, empezó a aparecer más en las fotos. La derrota electoral de 1990 fue la estocada mortal para ese organismo todopoderoso. Los comandantes comenzaron a desgranarse y el Frente Sandinista a convertirse en un partido político más familiar que revolucionario.

Magazine trae en esta ocasión un reportaje sobre la famosa Dirección Nacional de los años 80, y la suerte que corrió cada uno de sus comandantes.

San Fabián