Sexualidad

Columnas, Del editor - 08.02.2015

Mi primer acercamiento con la Biblia no fue religioso. De niño fui un lector compulsivo, y cuando ya no quedaba más que leer me acerqué a aquel gran libro de tapas rojas que descansaba en una esquina del librero de mi casa.

Primero me llamaron la atención las pinturas, pues era una edición con abundantes reproducciones de las obras religiosas de los mejores pintores de todos los tiempos. Velázquez, Da Vinci, Rembrandt… Aquel sangriento fresco de Caravaggio, donde Judit le corta la cabeza a Holofernes, y por supuesto, los abundantes desnudos renacentistas. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que mis primeros acercamientos a la sexualidad y al mundo de los desnudos fueron a través de la Biblia.

Ahí encontré incesto, las hijas de Lot emborrachándolo para acostarse con su padre; homosexualidad, Sodoma y Gomorra; coitus interruptus, con Onán, descargando su semen fuera de la vagina de la viuda de su hermano con la que le tocó casarse; adulterio, como el de David y Betsabé o promiscuidad como la de rey Salomón.

¿Cómo ignorar al sexo en el gran libro de la humanidad si ha tenido tanto que ver con su historia?

La virginidad misma tiene que ver directamente con el sexo, en tanto es la decisión de no practicarlo, a pesar de aquella orden divina expresada en el Génesis: “Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla”.

En Nicaragua existe un grupo de mujeres que han decidido mantenerse vírgenes por amor a Dios.

La virginidad ha tenido una fuerte presencia en todas las religiones y todas las culturas. La religión católica la celebra y la considera “un estado de vida superior al matrimonio”. El Pontifical Romano contiene un solemne rito para consagrar vírgenes. Magazine buscó a estas mujeres que nos recuerdan en el Siglo XXI que sexualidad y religión van de la mano, y que a veces se expresa en sus prohibiciones o, como en este caso, abstenciones.