Vida vegana en Nicaragua

Reportaje - 10.03.2018
Assorted colored burgers

Un día decidieron sacar de su dieta todo producto de origen animal, la miel de abejas incluida. No lo hacen por salud,
sino por conciencia, dicen. Así viven los veganos en Nicaragua.

Por Amalia del Cid

¿Alguna vez ha considerado la idea de no volver a comer carne? ¿Y huevos? ¿Podría parar de consumir queso y miel de abejas? ¿Estaría dispuesto a dejar de comprar objetos hechos con cuero, lana o seda? Para los veganos esa es la realidad de todos los días. Una vida sin productos de origen animal que a sus ojos se traduce en una conciencia más tranquila.

Esta forma de vida que a muchos podría parecerles extrema, o por lo menos extraña, se basa en una doctrina filosófica y ética relativamente nueva que tiene sus raíces en la milenaria práctica del vegetarianismo. Nació en 1944, hace menos de un siglo, cuando un grupo de vegetarianos decidió llevar las cosas a otro nivel para establecer una verdadera y radical tregua en la que los “animales humanos” aprenden a subsistir sin explotar a sus compañeros de planeta, los “animales no humanos”. Es decir, el veganismo tomó distancia del vegetarianismo porque deseaba salirse de la cocina. Ya no quería ser solo una dieta, sino un decálogo para respetar en todo sentido la igualdad de los seres vivos, desde las personas hasta las hormigas.

Desde entonces el movimiento vegano ha ido cobrando fuerza de la mano de personajes tan célebres como Paul McCartney, Leonardo DiCaprio y Natalie Portman, grandes activistas de los derechos animales. Y ya sea por moda, salud, estética o conciencia, ha ganado adeptos a lo largo y ancho del mundo, Nicaragua incluida.

¿Dónde están los veganos en nuestro país? ¿Son seres míticos que se alimentan de la luz? Se encuentran en todas partes y como ya ha de sospecharse, no, no viven de fotosíntesis, sino de vegetales, granos, semillas, frutas, cereales y suplementos. Cada día los veganos nicas forman parte de ese debate mundial que enfrenta a las proteínas y vitaminas vegetales contra las de origen de animal. Y las opiniones no podrían estar más divididas.

En la actualidad el mundo también discute si el ser humano es por naturaleza omnívoro o herbívoro. Los activistas veganos podrían jurar que no nos diferenciamos en mucho de los conejos, pero la ciencia ha salido al paso para demostrar que nuestros antepasados prehistóricos no empezaron a comer carne por capricho. La incorporación de la proteína animal fue una “necesidad evolutiva” que propició la expansión del cerebro humano.

Sin embargo, afirman los veganos, su doctrina va más allá de nuestra herencia evolutiva y, de hecho, la consideran el futuro de la humanidad, pues ayuda a mitigar la contaminación causada por la industria de la ganadería, que consume enormes cantidades de tierra y agua y que con sus emisiones de metano (proveniente de las flatulencias y los eructos de las vacas) aporta en gran manera al calentamiento global.

Al margen de la controversia, hay quienes abandonan el régimen de cero carne por encontrarlo insostenible, mientras que otros veganos aseguran que, si su vida dependiera de volver a consumir cadáveres de animales inocentes, preferirían morirse. Es el caso de Eduardo Sánchez, activista nicaragüense. “Mi salud no puede estar primero que la vida de otro ser”, se dijo hace año y medio, el día que decidió ser otra persona.

Cada día los veganos enfrentan mil pequeñas situaciones que el resto de nosotros ni siquiera ha imaginado. Como no poder comprarse esos zapatos “tan lindos” que vieron hace un mes porque resulta que llevan cuero o tener que leer todas las etiquetas para verificar que los productos que desean adquirir no fueron probados en animales. Esto sin contar sus jornadas de activismo, que van desde promover la buena cocina vegana hasta hacer vigilias frente a los mataderos, para dar agua a los cerdos que serán sacrificados y acariciar sus cabezas a través de las rejas de los camiones que los trasladan.

Llevamos miles de años escuchando de la dieta omnívora. Que esta vez hablen los veganos.

 

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