Aguas peligrosas en las playas de Nicaragua

Reportaje - 04.04.2007
Aguas-peligrosas

Los ahogamientos son sólo algunos de los daños que pueden provocar las aguas. Más allá de esas cifras que cada verano engordan los noticieros y periódicos, hay una serie de peligros y amenazas de horror que usted no ve en esas aparentemente apacibles y divertidas aguas

José Adán Silva

A lo lejos, detrás del promontorio de rocas deformes, donde las olas forman paredes de espuma, se ve a los pelícanos y otras aves marinas planear y lanzarse en picada contra la superficie del mar, para luego emerger airosas con los picos llenos.

Alrededor del lugar del festín, desde cuatro lanchas que se mueven al vaivén de las olas, un grupo de pescadores destripa pescados y lanza las vísceras al agua, provocando el alegre zambullido de los pájaros.

El socorrista voluntario Byron Calderón, entonces de 20 años, vigila las costas desde una torre de observación y ve con satisfacción que a esa hora, nueve de la mañana, a pesar de ser Miércoles Santo, hay mucha tranquilidad y orden en estas costas un tanto vacías de la playa de El Tránsito.

Su interés se centra momentáneamente en un solitario nadador de camisa roja que va y vuelve de la orilla a las lanchas, da su vuelta por ahí, flota y se hunde ante algunas olas y luego regresa a la costa.

“Le hace güevo”, piensa Byron y gira los binoculares hacia otro lado en busca de algo que ver. Una muchacha simpática por aquí, una madre que vigila a la orilla de la costa a los niños por allá y poca gente esparcida en la zona.

Los pescadores ya regresan a la orilla en tres lanchas, dejando fondeada una de ellas a unos metros de la costa, unos 50 metros en línea recta frente a las peñas espumosas. Un pequeño grupo se arremolina frente a las lanchas de los pescadores y se ve la algarabía de la compra de pescado fresco.

Calderón se siente tentado a bajar de la torre a comprar algún pargo hermoso para freír, pero calcula que el costo puede ser superior al escaso viático que la Cruz Roja le ha previsto para hoy, así que sigue vigilando las aguas y de nuevo nota al incansable nadador de camisa roja que se dirige hacia la única lancha que los marinos dejaron fondeada frente a las peñas.

Al socorrista le preocupa que después de tantas idas y venidas, el nadador se canse y sufra un calambre o que una ola lo arrastre hasta las rocas y que ahi se quiebre algún hueso. Ya las aves no sobrevuelan el sitio de las lanchas y no queda un solo pescador en el lugar.

De pronto la muerte: poco antes de llegar a la lancha, el nadador de camisa roja desaparece de la vista de Calderón. Este se pone de pie, regula los lentes y busca al bañista. Unos segundos después lo ve emerger más allá de la lancha, rumbo al mar abierto, envuelto en una efervescencia de espuma blanca y roja
y agitando las manos. Y luego de un violento jalón ya no lo ve, pero nota la estela roja que va saliendo de abajo.

Aguas peligrosas, magazine abril 2007
Aguas y rocas: mala combinación. Expertos socorristas advierten que no hay que bañarse en lugares cercanos a peñas porque las olas pueden arrastrar a alguien hasta ahí y causarle daños mortales.

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Ese dia lo buscaron con los pescadores pero no lo hallaron. A la mañana siguiente estaba entre las rocas, sólo tenía la mitad del cuerpo, de la cintura para arriba, pero sin carne en el tronco.

El resto de la persona fue montado a una lancha y entregado a los familiares. “Los muchachos socorristas que vieron el incidente y rescataron el cuerpo se fueron y no volvieron por el impacto”, relata este veterano salvavidas.

“Nosotros recomendamos a las personas que se alejen de los lugares donde hay pescadores, ya que ellos tiran desperdicios y eso atrae a los animales del mar”, dice Calderón quien conoce de otros animales peligrosos que son comunes en las costas de Nicaragua.

“Son más comunes los ataques de manta rayas y aguas malas”, dice Calderón y explica que las manta rayas son comunes en las playas del Pacífico y cada año Pochomil y Masachapa reportan victimas de estas criaturas.

“Se esconden en la arena y cuando uno las pisa te entierran un puyón que llevan en la cola y eso te causa un dolor terrible. Duele tanto que los rescatistas le ponen cigarros encendidos en la piel a las victimas para que estas recuperen la sensibilidad, ya que el veneno de las mantas causa tanto dolor que insensibiliza la parte afectada”, dice este hombre que tiene 45 años, pero que desde los 16 salva vidas y rescata cadáveres para la Cruz Roja.

Pero no sólo puyazos puede recibir uno bajo el agua. Calderón señala que cada año decenas de bañistas reportan daños en la piel “como quemadas”. Los causantes del doloroso incidente se conocen popularmente como “aguas malas” o medusas.

“La gente sale gritando del mar diciendo que algo las quemó y algunas hasta se revuelcan en la arena para calmar el ardor. La gente no sabe qué es, pero nosotros sabemos que son las aguas malas”, dice el veterano socorrista.

El asegura que las aguas malas o medusas son animalitos gelatinosos con pequeños tentáculos que llegan a medir desde 15 milímetros hasta 4 metros de largo. Estas criaturas se alimentan de animalitos marinos a los que paralizan con su veneno y algunas medusas, como la serpiente cobra que vive en las aguas del Pacífico, son tan peligrosas que el único animal marino que logra salvarse de sus efectos es la ballena.

“Algunas aguas malas llegan a las orillas de las playas, por eso debemos tener mucho cuidado al meternos al mar, porque si te llegan a picar causan un dolor intenso, ardor, la piel se ve como quemada y a veces hay dificultad para respirar, calambres y vómitos”, cuenta Calderón.

La explicación es que estos animales tienen una capa que les cubre el cuerpo y sus tentáculos, con células en forma de púa o aguijón que se clavan en la piel y emiten un veneno para matar a los peces y devorarlos. Ese mismo veneno, según Calderón, le inyectan a la gente.

Las medusas se parecen un poco a los pulpos que, se debe saber también, ya han atacado a los socorristas y bañistas en las costas del Pacifico de Nicaragua.

“A un amigo socorrista en Paso Caballos un pulpo lo abrazó en 1992 y por poco lo ahorca. Se retiró del voluntariado para tratarse la piel ya que el animal le tiró un ácido que le provocó llagas en la espalda”, dice.

Recuerda que en otra ocasión, unos pescadores rescataron a una turista extranjera que fue abrazada por un pulpo que prácticamente se la quería tragar frente a Masachapa.

Cruz roja

Es errado pensar que sólo por olas, ataques de tiburones o clavados temerarios puede uno morir en las aguas. Los informes de Ia Cruz Roja dan cuenta de siniestras formas de morir en el mar

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“No le podemos dar la espalda al mar en ningún momento”. Este es el principal consejo de los socorristas. “Incluso nosotros los socorristas no le podemos dar la espalda al mar, nosotros cuando traemos a una victima rescatada tenemos que cuidarla de las olas”, advierte el ex socorrista Rodolfo Cuadra, de 36 años, quien hace 16 sufrió un incidente violento en las costas de Chinandega.

“Una vez mientras sacaba a un niño una ola gigante se me vino encima. A mi me preocupó mucho por mi y la víctima. Una ola grande te puede revolcar y te quita a la víctima, y si uno no tiene cuidado al enfrentarla te puede dejar en silla de ruedas, te puede matar, te puede fracturar”, dice Cuadra, quien recuerda que si no ha sido porque el niño se colgó de la camisa del socorrista, posiblemente hubiera muerto ahogado.

El profesor de rescate Byron Calderón, jefe de los socorristas voluntarios de la Cruz Roja, lo sabe muy bien.

“A nuestros socorristas les ha pasado que hay olas que le han quitado a las víctimas que estamos rescatando. Lamentablemente en algunos casos no las hemos hallado porque hay olas que te aturden, otras te arrastran y cuando vienen seguidas te escapan de ahogar”, relata.

“Los socorristas tenemos técnicas de cómo salir del agua cuando nos atacan las olas. Cuando nos cae la gran cantidad de agua, nosotros tomamos aire a fondo, le tapamos la nariz y la boca a la víctima y nos hundimos con ella, lo ideal es esperar unos segundos, avanzar por debajo y luego emerger, pero
hay casos cuando las olas vienen seguidas y enormes, y al salir otra nos agarra y nos revuelca. 0 en otro caso, con tanta agua encima, la superficie se nos hace más alta para salir y la víctima empieza a desesperarse y se sofoca y patalea, araña, golpea y se suelta y ahí es donde se ahogan”, dice el voluntario Alfonso
Cabrera, quien ahora no recuerda cómo pudo sobrevivir a una situación como esa hace ocho años en las costas de León, cuando rescataba a dos niños que las corrientes habían arrastrado mar adentro.

“Ocurre en milésimas de segundo, uno busca por todos lados y no puede verlas porque el agua salada te impide ver bien, y uno sale, toma aire, y cuando regresa, ya no ve nada. Se ahoga la gente”, relata Cabrera.

De 32 años de edad y 10 de experiencia, Cabrera sabe lo que es el peso de una ola. Hace cinco años una ola lo estrelló contra el suelo y le quebró una clavicula en Jiquilillo.

“Iba a rescatar a una señora que estaba en problemas para salir del agua y en un descuido una ola me cayó sobre la espalda y me llevó con fuerza al piso y ahí me estrelló. Sentí como que me dejaron caer un quintal de cemento en la espalda. Me sacó el aire y me fracturó”, recuerda este salvavidas y buzo de la Cruz Roja.

En una ocasión se sumergió para buscar un cuerpo que estaba perdido en Casares y cuando lo vio supo cómo habia muerto: tenía la cabeza destrozada y estaba en una zona cuyo fondo era rocoso.

Su hipótesis es que una ola lo zambulló de cabeza contra el suelo y el golpe en las rocas lo mató. Eso le trae a colación una recomendación más: aléjense de los lugares rocosos de las costas.

“En el 2004 conocimos el caso de una joven que murió desbaratada contra unos farallones de El Tránsito. Ella se subió a las piedras cuando el mar estaba retirado. Son unas piedras gigantes que uno se puede subir por medio de otras piedras, pero cuando la marea sube el agua cubre las piedras y se vuelve peligroso caminar por ahí. Ella se quedó haciendo fotos en la piedra y cuando miró el mar ya la tenía aislada sobre la piedra. Una ola la envolvió sobre la peña y la tiró al mar. Las otras olas la estrellaron varias veces contra las peñas y ella se desbarató sin que nadie pudiera rescatarla”, cuenta Cabrera, quien igualmente vio una vez que una muchacha fue arrastrada por una ola en La Boquita y terminó con varias fracturas porque fue revolcada varios metros sobre un terreno rocoso.

Dice que en otra ocasión un joven salió con la cabeza rajada del mar. Una ola que traía una rama se estrelló contra el joven y le partió la frente. También en Poneloya una mareiada arrastró piedras y palos que estaban en el fondo del lecho marino y le partieron la cabeza a una señora que se tiró contra las olas, mientras que en Pochomil un Viernes Santo atendieron a más de 20 personas con heridas en los pies, debido a que un grupo de vagos quebró varias botellas de cerveza y las tiró a las costas, donde la marea las tapó con arena.

Calderón cuenta que esas cosas ocurren sólo en el mar, pero que hay otros peligros en lagunas, ríos y pozas naturales y artificiales.

Por ejemplo, señala que hay ríos donde las raíces de los árboles esconden culebras y alimañas que atacan a quienes se acerquen. “Ya hemos atendido a personas por mordeduras de culebras en los balnearios”, dice y señala que esos ataques se dan principalmente en los ríos y quebradas del centro y
norte de Nicaragua.

“A veces la gente cree que los balnearios son profundos y se suben a las ramas de los árboles y se lanzan clavados, sin saber que está seco o que hay piedras”, dice Calderón, quien ha tenido que sacar cadáveres desnucados, principalmente en El Trapiche y el estero de Pochomil.

“Donde más desnucados o muertos por golpes contra el piso de concreto se sacan cada año es en El Trapiche. Ahí el piso es de concreto y las aguas son oscuras, entonces no se ve que el fondo está ahí nomás y los jóvenes se tiran de los palos y pegan contra el cemento. Ahí nomacito se mueren”, cuenta.

Alfonso Cabrales, el socorrista de la derecha, sabe lo que es el peso de una ola cuando cae sobre una persona. Hasta huesos pueden romper, asegura.

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Es errado pensar que sólo por olas, ataques de tiburones o clavados temerarios puede uno morir en las aguas. Los informes de cada año de la Cruz Roja de Nicaragua así lo indican.

Hace cinco años en la Cruz Roja recibieron un llamado de Los Termales de Tipitapa: un joven habia caído accidentalmente a una pileta de aguas que hierven naturalmente y no había salido después de cinco minutos.

Los socorristas lograron extraer el cuerpo del muchacho virtualmente cocido: las aguas hervían tanto en ese lugar que los vecinos llegaban a pelar cerdos metiéndolos unos minutos en las pilas.

El 13 de febrero de este año un joven de 16 años llegó a las aguas de la poza La Leona, en León, a bautizarse como hermano de una congregación evangélica. Se sumergió en sus aguas, aceptó a Cristo y a los días se murió. El informe médico dictaminó que el adolescente murió de leptospirosis, una enfermedad mortal que se puede transmitir por el consumo de aguas contaminadas.

Las autoridades del Ministerio de Salud investigaron el asunto y se dieron cuenta que las aguas del balneario y sus alrededores estaban infectadas con la enfermedad mortal. Un estudio más amplio y aleatorio por otros balnearios del pais determinó que al menos 11 de 12 balnearios estaban contaminados con restos de heces fecales y otros elementos nocivos para la salud.

Un reporte de la Cruz Roja en Masachapa, en el 2003, dice que un joven de Diriamba murió degollado cuando se tiró desde el muelle y las cuerdas de nylon que los pescadores colocan en la zona le rebanaron el cuello.

En el 2004 una adolescente de 15 años murió en el muelle de San Jorge, Rivas, cuando los tubos que succionan arena para mantener profundas las aguas del muelle, la jalaron y la trituraron. No lejos de ahí, en San Juan del Sur, en 1998 un nadador de 45 años murió cuando las hélices de una lancha le mutilaron varias partes del cuerpo cuando el hombre flotaba en una balsa inflable.

Advertencia número uno de los socorristas: nunca hay que darle la espalda al mar. Aunque las aguas parezcan inofensivas, pueden resultar traicioneras.
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