Aquel 22 de enero

Reportaje - 11.01.2009
FOTO TOMADA POCO ANTES DE QUE SE INICIARA LA MASACRE DEL 22 DE ENERO DE 1967 en las esquinas de los entonces bancos Central y Nacional. A la derecha, como es en la actualidad, sede de la Asamblea Nacional. Quedan algunos de los árboles de laurel de la india desde donde cayeron muertos muchos manifestantes. El primer muerto fue el teniente Sixto Pineda.

Antes de tlatelolco y tian’anmen, el oportunismo, la improvisación y la brutalidad militar fueron el cóctel perfecto para la masacre de la Roosevelt en 1967

Luis E. Duarte

Esta es la vieja Managua con sus edificios altos, sus calles con comercios de vitrinas, las azoteas alcanzando el cielo en la arteria urbana, la Avenida Roosevelt, repleta de gente, pero no es un día de comercio normal, es más bien un domingo soleado.

Se ha convocado a una marcha de protesta pacífica contra el régimen. Anastasio Somoza Debayle quiere ser presidente. Su familia lleva casi tres décadas en el poder.

La otra marcha, la fúnebre, sólo la escuchan los dioses. Pocos saben que para estas fechas los antepasados aztecas ofrecían ofrendas humanas a Xiuhtecuhtli, el dios viejo, dueño del sol, del año y del fuego.Sacrificios para que el tiempo continuara su rumbo.

Y aquí en esta Managua comercial, los opositores se exponían a la maquinaria bélica de la dictadura con la esperanza de convencer al Estado Mayor de la Guardia Nacional y al presidente Lorenzo Guerrero de no entregarle la banda a Anastasio Somoza Debayle porque habría fraude.

La mayoría no sabía que se preparaba también un ataque y que la respuesta sería despiadada contra todos.“Por la libertad, por la justicia, por la decencia. Partido Conservador de Nicaragua”. “Pinolero, pinolero, votá por Agüero”.

Desde el sábado por la noche, contingentes de campesinos llegaban a la capital. La Plaza de la República estaba repleta y la multitud desbordaba el perímetro permitido por la Guardia Nacional y colmaba las calles hasta el Banco Central, donde hoy es el parlamento.

Fernando Agüero, candidato presidencial por la oposición, sorprendió a todos con un discurso corto esa mañana, era costumbre sus largos mitines en la campaña por todo el país, pero esta vez al terminar dijo: “Nos vamos a quedar aquí en la resistencia pacífica, hasta que venga el Estado Mayor de la Guardia y negocie”.

Entre los manifestantes habían grupos diferentes: los que acudieron a una demostración opositora para apoyar al candidato conservador y formaban la mayoría; los líderes opositores que ante el inminente fraude esperaban presionar con una protesta indefinida al alto mando de la Guardia Nacional y al presidente saliente para provocar un golpe de estado; los opositores más radicales que se armaron esperando el momento detonante para un levantamiento, y los movimientos de izquierda más radicales que consideraban el tiempo oportuno para iniciar la insurrección popular.

Eran más o menos las nueve de la mañana. Los jefes del ejército somocista no llegaron, pero sí las tropas que rodearon a la multitud y la detuvieron en su marcha a la Loma de Tiscapa, donde estaba el Estado Mayor.

Varios grupos de francotiradores opositores se instalaron en la azotea del Instituto Pedagógico, Casa Pellas, el edificio Mil y el Banco de América, mientras las tropas de la GN se desplegaron desde el Banco Central hasta la Loma de Tiscapa, frente al diario Novedades y Lanica, propiedad de la familia gobernante.

Tres cuadras completas de la Roosevelt estaban llenas de efectivos militares, frente a ellos provocaba un grupo de personas envalentonadas: “¡Viva la guardia, sin Somoza!”

Otro grupo de más o menos cincuenta soldados custodiaba el Palacio de Comunicaciones y repartía armas a telegrafistas y telefonistas en caso de un asalto de los manifestantes.

Los dioses pedían sangre, sangre del pueblo.

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