Arma letal seducción

Reportaje - 20.04.2008
Katherine Toruño Forbes.

Desde los tiempos bíblicos, la belleza de la mujer ha sido usada en operaciones de inteligencia militar. Altos “señores de la guerra” o personajes políticos claves han sucumbido ante una mujer hermosa que los lleva a la trampa y a veces… hasta la muerte

Octavio Enríquez y Luis E. Duarte

Judith era, según el Antiguo Testamento, una viuda israelita “muy bella y muy bien parecida” que usó sus encantos para salvar a su asediada ciudad, Betulia. Esta ciudad estaba sitiada por el general Holofernes, enviado por el rey asirio Nabucodonosor a castigar a los pobladores de esas tierras rebeldes. Cuando Betulia estaba a punto de sucumbir, la hermosa viuda se puso sus mejores ropas, se bañó de las más olorosas fragancias y se presentó ante el jefe militar enemigo, a quien después de conquistar, le cortó la cabeza con una cimitarra mientras aquél dormía.

No sería ésta la primera ni la última vez que un alto jefe militar se enredara entre los brazos de una mujer bella. Ha sucedido en el mundo. Ha sucedido en Nicaragua.

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Ella tenía 33 años, medía casi 1.80 metros de estatura, era delgada y poseía un rostro dulce decorado por unos enormes ojos negros, expresivos y encantadores. Nora Astorga era en esos días Viceministra de Asuntos Exteriores de Nicaragua, “un caso claro de una preciosa piel de cordero que esconde un joven y feroz lobo revolucionario”, según describió el periodista del diario El País, Antonio Caño, el 9 de febrero de 1985 cuando la entrevistó.

Un día antes de este encuentro —marcado por lo asombroso que le pareció a Caño que ella vistiera con collar de perlas y sin uniforme verde olivo— “Norita”, como le decían sus amigos, había estado en el despacho número 10 de Downing Street frente a la líder política más conservadora que alguien pudiera imaginarse en esa época, la británica Margaret Thatcher.

Astorga había sido la fiscal que se encargó de juzgar a los somocistas que fueron capturados en la época del triunfo. Le tocó la mano dura de la revolución por medio de los tristemente recordados Tribunales Populares Antisomocistas.

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