Caupolicanes de hoy

Reportaje - 13.12.2015
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Indígenas de todo el mundo se reunieron para competir en los primeros Juegos Mundiales. Nicaragua estuvo representada por miskitus, mayangnas, creoles, ramas y ulwas

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Para salir de Ariswalpa, comunidad en el curso superior del río Prinzapolka, Caribe Norte, José Luis Rodríguez Andrew navegó casi seis horas en río y mar hasta llegar a Bilwi. Ahí subió a un bus y en él recorrió los 560 kilómetros de Bilwi a Managua en veinte horas. “Por suerte” el camino no estaba tan malo, porque este invierno no fue tan bueno como para borrar los caminos tras el paso de las lluvias.

Ya conocía la capital, pero nunca se había quedado por más de una semana. Esta vez sabía a lo que venía, debía estar un mes completo antes de seguir su travesía. Más de 15 horas en avión de Managua a Palmas, Brasil.

José Luis es uno de los veinte indígenas nicaragüenses que representaron al país en los primeros Juegos Mundiales de los Pueblos Indígenas, del 20 de octubre al 1 de noviembre. “Fue muy bonito participar en esos Juegos, conocer otros indígenas, sus costumbres, hablar de cómo vivimos nosotros”, dice José Luis, en su español accidentado, con el mismo que se comunicó con más de sesenta etnias que participaron en los Juegos. Aquello era una Babel criolla.

Participó como miskitu y también viajaron ramas, creoles, ulwas y mayangnas, como Ana Dixon y Félix Bucardo López. Iban en nombre de sus etnias a competir en actividades tradicionales que sus ancestros realizaban como forma de vida. Arco y flecha, tiro de lanza, carrera rústica, natación o tira de soga. Sobrevivieron a las pruebas y dicen prepararse para un nuevo encuentro con sus raíces.

José Luis Rodríguez Andrew
Tira de soga, canotaje tradicional, natación, atletismo, arco y flecha y lanza fueron las disciplinas en las que participó Nicaragua. José Luis Rodríguez Andrew, miskitu, llegó a semifinales con un lanzamiento de 45 metros, pero en la final no alcanzó los 40, ganó el que tiró a 42 metros. “Me estoy preparando en atletismo y en jabalina porque quiero volver a competir como indígena”, dice Rodríguez.

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Una pareja en taparrabo, coronados con plumajes y el cuerpo pintado, encendió la llama frotando dos ramas en un cuenco con hierbas secas, pasaron el fuego a una antorcha y desfilaron en medio del gentío. Prendieron una hoguera y siguió el ritual de inauguración con cantos y danzas alrededor del fuego. Durante 13 días, tribus de 23 países midieron sus fuerzas en competencias ancestrales y algunos deportes modernos.

La intención de los organizadores era poner en contacto, unir y visibilizar a los pueblos indígenas de todo el mundo. Hubo críticas al gobierno de Dilma Rousseff por la millonaria inversión en el montaje del evento en lugar de destinar los fondos para las necesidades primarias de las tribus brasileñas, 23 de ellas participando en los Juegos. Llegaron desde los tarahumaras de México, etnias de Argentina, Estados Unidos, Mongolia, Etiopía y Nicaragua hasta los maoríes de Nueva Zelanda.

Las fotografías y videos dan la sensación de trasladarse miles de años atrás y ver a los mayas disputarse en el Uarhukua chanakua o pelota purépecha. Un juego tradicional que sería la versión arcaica del hockey moderno: una pelota que se disputan los equipos con un bastón para meterla en un arco. En el juego original la pelota estaba en llamas.

Nicaragua no participó en esta competencia, tampoco en el Tlachtli o juego de pelota mesoamericano, donde a punta de correteos y golpes de cadera los equipos debían mantener la bola de cuero en el aire. En su versión “moderna”, el ulama, quien tocara o atravesara el aro con la pelota ganaba, ganaba lo que fuera que estuviera en juego. También era un evento recreativo, como los partidos de ulama que a pesar de premiar al campeón en la ceremonia final, todos los pueblos al final celebraron en paz.

 

 

 

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