Cuando la ley asesina

Reportaje - 08.09.2013
Pena de muerte en nicaragua

La pena de muerte no existe en Nicaragua, pero existió. Hasta 1979 los gobiernos permitieron que se matara en nombre de la ley. Aquí algunas historias de quienes murieron en manos de la justicia

Por Tammy Zoad Mendoza.

“¡Fuego!” El pelotón realiza la descarga. Un quejido hace estallar sollozos y gritos de espanto en la muchedumbre. Cuando el humo de la pólvora se disipa, se logra ver al hombre que hace unos minutos estaba erguido y apoyado de espaldas a un tronco: ahora cuelga hacia adelante, atado de sus brazos.

1916. Fernando Mena es fusilado en el cementerio de Diriamba por asesinar al doctor Fernando Montiel. 1920. En el cementerio de Granada fusilan a Hilario Silva, “Cachimbón”, por matar a don Francisco Gutiérrez. 1930. Francisco Caballero, Julio Cuadra Montenegro y Ramón Mayorga Figueroa enfrentan a un pelotón de fusilamiento por el asesinato del señor Gustavo Pasos Bermúdez.

A hierro mataron y a hierro murieron. En la historia de Nicaragua las leyes también se escribieron con sangre. La sangre de quienes pagaron con la vida sus delitos. Desde 1837 hasta 1979 el Estado tenía derecho de matar a quien infringiera la ley. En esos más de cien años hubo tanto “treguas” como capítulos negros en los que se castigó con muerte torciendo un poco la vara de la justicia. Magazine ha recopilado algunos de los casos más emblemáticos o escandalosos de las condenas a muerte y fusilamientos en Nicaragua.

El 12 de enero de 1920 la Capilla de las Ánimas en el cementerio de Granada
El 12 de enero de 1920 la Capilla de las Ánimas en el cementerio de Granada fue el escenario del fusilamiento público de Hilario Silva, “Cachimbón”, acusado de asesinato.

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Quizá fue por su ubicación estratégica en las diferentes ciudades o por el riguroso protocolo que exigía el evento, incluso pudo influir el ambiente sepulcral de su naturaleza; lo cierto es que los cementerios se convirtieron en los principales y perfectos escenarios para las ejecuciones en el siglo pasado.

Los muros del cementerio de Diriamba, por ejemplo, sirvieron como contención a las balas que no alcanzó a recibir Fernando Mena el 30 de junio de 1916.

Mena era un malandrín granadino que azotaba la zona de Diriamba robando en poblados y caminos. Las autoridades lo persiguieron mucho tiempo hasta que él mismo se delató al presentarse a la vela de su víctima con el reloj que le había quitado luego de asesinarlo, y que además llevaba grabadas las iniciales que coincidían con ambos: F.M. Fernando Montiel, su víctima, era un reconocido juez diriambino.

El día de su fusilamiento le llevaron a la celda un litro de aguardiente, cuando había entrado en calor lo condujeron caminando al cementerio. “Un clarín tocando en cada esquina un lúgubre pregón y los tambores tocando la marcha, las campanas de la parroquia con su doble continuo ponían un ambiente tétrico en la ciudad”, relata el doctor Edmundo Mendieta, en su artículo publicado el 20 de junio de 2001 en un diario nacional. No se supo quién dictó la sentencia, pero el médico forense fue el doctor Jacinto Alfaro y José Gregorio Cuadra, el jefe del pelotón del fusilamiento.

Al disparo de los fusiles, cuatro balas lo impactaron. Fernando Mena sucumbió. Con el estruendo de los disparos hubo gritos y desmayados, entre ellos niños de varios colegios que habían sido obligados a asistir al ajusticiamiento. Era común entonces, ya sea por una cruel convocatoria o por la cosquilla de la curiosidad, hacer de estos episodios un evento público que terminaba sobrecogiendo a los presentes. La lógica del castigo ejemplar y público permanecía vigente, la pena de muerte era su mayor expresión desde que la Constitución de 1905, vigente en este caso, reanudó la pena para delitos militares graves y delitos atroces de asesinato o robo con víctimas mortales, como don Fernando Montiel.

 

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