El aluvión de 1876

Reportaje - 09.11.2014
Gigantesca y única, esta piedra podría ser un vestigio del aluvión de 1876, Juan José Lagos (en la foto).

La mañana del 4 de octubre de 1876 un aluvión bajó con estruendo de horror y muerte de Las Sierras de Managua y destruyó la ciudad. La posibilidad de que ocurra algo igual o peor es una amenaza real, dicen los expertos

Por Amalia del Cid

Era un personaje extraordinario y absolutamente anacrónico. Tenía ojos oscuros y preguntones y el pelo le caía en rizos castaños sobre la espalda. Vestía túnica morada y sobre el hombro izquierdo cargaba una cruz de madera pintada de verde. Con la cabeza coronada de espinas, espinas reales, entró a Managua la mañana del 14 de agosto de 1876 y se presentó con el nombre de Zacarías Esquilach. Entre mil parábolas sobre la moral, aquel visitante llevaba una profecía que para desgracia de los managuas estaba destinada a cumplirse.

Managua era entonces una ciudad de unas diez mil almas, con casas de tejas, adobe y taquezal sobre calles sin empedrar. Recién se superaba el odio a muerte que durante muchos años y por razones desconocidas existió entre los barrios Santo Domingo y San Antonio. Y la ciudad, que apenas llevaba 24 años como capital, en medio de una fiebre cafetalera daba pequeños saltos hacia la modernidad. A esa Managua llegó Esquilach. Predicó en cada esquina, seguido por niños curiosos y reverentes viejos, y por la tarde continuó su viaje hacia León, no sin antes agitar su dedo de profeta sobre el destino de los capitalinos.

Anunció que “en poco tiempo” los managuas presenciarían una “catástrofe”, cuenta el periodista e historiador Heliodoro Cuadra en su libro Historia de la Leal Villa de Santiago de Managua, publicado en 1939. La predicción no incluía detalles sobre cuándo y cómo ocurriría el desastre. De todos modos, los capitalinos no tuvieron que esperar mucho para averiguarlo.

Menos de dos meses más tarde, la mañana del 4 de octubre, después de una noche de lluvia torrencial, un aluvión bajó de Las Sierras, por el suroeste de Managua y arrasó con todo en un recorrido de unos 10 kilómetros hasta el lago Xolotlán. Las corrientes arrancaron árboles y arrastraron casas y cadáveres. Socavaron la tierra e inundaron calles, avenidas, iglesias y el camposanto. “Espantoso”, dijo el historiador Gratus Halftermeyer. “Un horror indescriptible”, escribió Heliodoro Cuadra. “La naturaleza cansada de darnos la alerta, nos fustigó despiadadamente”, se analizó en el Diario de la Capital quince años más tarde, en mayo de 1891.

Los cronistas de la época no dejaron mucha información sobre el desastre. Se sabe que centenares de personas murieron, pero no existe un recuento exacto de las víctimas. A pesar de ello, este es el más recordado de los aluviones que han descendido hasta Managua desde Las Sierras, ese macizo montañoso que tiene su punto más alto en la ciudad de El Crucero, 950 metros sobre el nivel del mar, a solo 22 kilómetros de la capital.

En la embrollada madeja de nuestra historia, el aluvión de 1876 está relacionado con una voraz plaga de chapulines, el boom cafetalero, la llegada del telégrafo y la aplicación de medidas que ahora podrían parecer descabelladas. También tiene que ver con fenómenos que todavía pueden observarse en Managua cada vez que llueve. Son circunstancias que coincidieron en un episodio lleno de tragedia e ingratas casualidades.

Los daños causados por el “turbión” fueron tantos y tan graves que la capital fue declarada “en estado de ruina”, la famosa Calle Honda empezó a ser conocida como “Calle del Aluvión” y 1876 se convirtió para quienes lo vivieron en el “Año del Aluvión”. Han pasado 138 años desde entonces, pero la posibilidad de que el fenómeno se repita, y con creces, es tan real como Las Sierras de Managua.

 

 

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