El Amado Felipe

Reportaje - 31.12.2006
Valentin Castillo, (Amado Felipe)

El actor Valentín Castillo baila y canta sobre las tarimas desde hace 30 años, unas veces como mujer, otras como abuelo, o como el hombre testosterona por excelencia, el machista que no lo deja olvidarse de sí mismo

Octavio Enríquez
Fotos de Diana Nivia

La grandeza de Amado Felipe son las mujeres y el guaro. Pero no cualquier hembra, porque a su mujer, la Cholita, solo le receta palo y, no bastando, el pendenciero le quita reales para irse a beber guaro con su amante, una morena con rizos que invita al pecado de solo verla.

Esta muchacha es vecina de esta familia, los Pellas Díaz, palmados como la mayoría de nicaragüenses.
Así que la amargada de la historia es la Chola, quien vive quejándose de la cercanía de la otra, de esta mala vida y de que a su hijo Amadito le va gustando el camino del padre y por ahí se le hace fiestero, amante de prostitutas y vividor nato.

El chavalo tiene como parámetro a este hombre que baila bajo el sol radiante, enseñando la enorme
panza, crecida a punta de cerveza, rodeado de un montón de mujeres de dudosa reputación.

El viejo panzón es el hombre testosterona por excelencia y Valentín Castillo, el actor que le da vida,
parece más bien un funcionario de banco, con el pelo bien arreglado, lentes y una laptop.

En palabras del imitador de voces más conocido de Nicaragua, Luis Enrique Calderón, se trata del
mejor actor varón de la actualidad, una carrera que suma 30 años sobre las tarimas, en tiempos de guerra algunas veces, haciendo películas otras, o allá en Estelí cuando empezó todo.

Foto Diana Nivia
La Chola regañando a su Amado Felipe por sus desmanes.

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Cuando era niño, Valentín Castillo tenía una cara de risa que parece que nació contando chistes aquel 11 de noviembre de 1961 cuando su mamá lo trajo al mundo en el barrio Altagracia, de Managua.

Despues, la familia de Lucas Castillo y Manuela López se fue a vivir a Estelí, porque el terremoto
destruyó su casa y se convirtieron en terremoteados. Allá conoció la vida dura. Según su hermana, la
periodista Azucena Castillo, vendió helados y periódicos para sobrevivir, porque su papá viajaba con frecuencia a Costa Rica, Honduras o a la Costa Caribe, a buscar trabajo y la mayoría de veces los dejaba solos.

Allá también le presentaron al teatro. Tenía 14 años y ya hacia de Poncio Pilatos en la sala de teatro
improvisada en la casa de su familia, ubicada detrás de la Colonia Meneses, adonde había una venta
a la que confluían un montón de chavalos chintanos atraídos por la curiosidad.

La pobre Azucena era Jesús. Valentín, envuelto en las sábanas de mamá, hacía de Pilatos en esta
Judea de más risotadas que seriedad. “El jodido se comía las uvas y se bebía la gaseosa como vino.
Él siempre fue un gran creador, yo lo recuerdo como un gran cuentero”, dice su hermana después del
programa vespertino de noticias De Primera, de Radio La Primerísima.

En esas noches de cuentos, los ojos de la niña se iban cerrando vencidos por el cansancio, pese a
las narraciones de horror que intentaban mantenerla despierta.

 

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