“El Brujo” Dubois

Reportaje - 10.04.2016
A Salvador Dubois le pusieron el apodo de “Brujo”

Portero de grandes atajadas y rituales misteriosos,Salvador Dubois fue futbolista, entrenador y esposo por más de 50 años. Dicen que murió de amor

Por Julián Navarrete

En medio del arco, Salvador Dubois camina a ras del césped y prepara su ritual. Con sus botines raya el centro y de su pantaloncillo saca una bolsita de cal que ubica 60 centímetros más atrás. Coloca sobre la red una toalla blanca que abraza su cuello desde que salió del vestuario. Se arrodilla para rezar. Primero hincado con la cabeza abajo, después apunta al cielo con los dedos forrados de esparadrapos. Todo ocurre antes de que el árbitro suene el silbato. Los hondureños no despegan la vista del flaco, el arquero nicaragüense. Vuela, sale, despeja, tapa. Y otra salvada. El estadio de Motagua ruge. “El Brujo” lo volvió a hacer.

El flaco que se lanza como una pantera por el balón, fue el arquero menos goleado en la época dorada del equipo hondureño. Fue el primer nicaragüense en jugar contra clubes europeos y sudamericanos de primer nivel. Fue el hombre bajo los tres palos en la victoria más recordada de la historia. Fue el último hombre de la cancha en la derrota más vergonzosa de todos los tiempos. Fue entrenador de decenas de equipos. Fue técnico de políticos, periodistas y religiosos. Fue fundador del club Walter Ferretti. Fue reconocido por el presidente. Fue padre de cinco hijos. Fue esposo por más de 50 años. Lo fue hasta que la muerte los separó. Hasta que tres años después, según testimonios de familiares, amigos y conocidos, la muerte los volvió a juntar.

Ocurrió a finales de los cincuenta. La jovencita Dora Mojica se paseaba por el campo del barrio Costa Rica de Managua. Dubois, entonces, jugaba beisbol en la liga del barrio. Él la enamoraba, la seguía, no la perdía de vista. Pero ella era esquiva, recta, seria, con su estilo magisterial.

Mojica cayó ante los galanteos de Dubois en una vela. Alguien murió en el barrio y los jóvenes se fueron a asomar. Desde que la miró, le sonrió, dejó la mesa de naipes donde jugaba y le habló a una amiga de ella. Así logró acompañarla toda la noche. Hasta que ella se cansó de estar de pie y él se ofreció subirla a un muro. Mojica lo rechazó de un tajo pero se quedó platicando. Platicó un poco más y unos meses después se juntó con él. Se casó. Tuvieron cuatro hijos. Estuvo con él hasta su muerte.

En la relación, la impetuosa y fogosa era Mojica. Por eso, Dubois era sumiso y buscaba la mejor manera para calmarla. Darry Dubois, hijo menor de la pareja, no recuerda haber visto un pleito fuerte entre ellos, aunque no niega que los tuvieron. De madrugada, cuando se levantaba, los escuchaba platicar o discutir, “pero esas pláticas nunca trascendieron”.

Desde que murió su esposa, Dubois comenzó a dormirse tarde y levantarse temprano. Dormía de lado, como en posición fetal. Siempre ocupaba el fondo de la cama, porque la parte de afuera era de ella. Fue un trato que hicieron desde que se juntaron, uno de esos que hacen las parejas sin firmar papeles, pero que se respetan, incluso cuando alguno de los dos falla, se atrasa, o inevitablemente nunca vuelve a llegar.

Dubois no volvió a tomar. Se miraba decaído y no salía de su cuarto. A veces salía, se sentaba en los sillones de la sala y le decía a Darry que había soñado con su “Dorita”. No hablaba más. “Entró en una depresión grande, pero nosotros nunca lo vimos llorar. Él quiso dar el ejemplo de fortaleza”, cuenta Darry.

No podía permanecer en su casa. La ausencia de su esposa lo lastimaba: los cuadros, sus fotos, la ropa, el olor a estar juntos por más de medio siglo. A sus casi 80 años edad, caminaba dos kilómetros de ida y regreso para entrenar a un equipo de futbol. El deporte, que siempre lo acompañó, lo utilizaba como terapia para mitigar el dolor.

“Lo miraba todos los domingos en misa y realmente se miraba abatido, después de la muerte de su esposa”, dice Miguel “Chocorrón” Buitrago, compañero y amigo de Dubois.

A Darry le gusta leer los recortes de periódicos que su mamá guardaba en un álbum improvisado. Mira las fotos de sus viejos juntos, abrazados. Tiene videos de su papá horas antes de que falleciera, celebra la Purísima que sus padres organizaban y ahora entrena al último equipo que dirigió Salvador.

Salvador Dubois Leiva
En la foto, Dubois realizando una atajada, mientras militaba en el club Motagua de Honduras.

 

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