El cerebro del poeta Rubén Darío

Reportaje - 08.09.2013
Reportaje, el cerebro de Rubén Darío

Que rodó por la calle, que estuvo en la estación policial, que fue intercambiado por el de una somoteña… El cerebro de Rubén Darío se convirtió en una novela de terror y a su alrededor se tejieron versiones del paradero

Por Dora Luz Romero

No. No era una simple pesadilla como todos habían creído. Tampoco era el efecto de sus delirios por las altas fiebres. Aquella imagen que cruzó su cabeza fue un mal presagio que se cumplió más tarde.

—Que he visto como descuartizaban mi cuerpo y que se disputaban mis vísceras. Sí, sí, así como lo oyen, se disputaban mis vísceras —dijo alterado el poeta.

Quienes lo rodeaban hicieron un intento por tranquilizarlo. Él, estaba acostado en su cama, a la par tenía una mesa donde guardaba libros y pañuelos. Para entonces leía los dramas de Henrik Ibsen. No eran días fáciles para el poeta. Casi no dormía, y si lo hacía era gracias a los calmantes. Su piel lucía pálida y el abdomen inflamado. Y aunque no llegaba a los 50 años, quienes pudieron verlo así lo comparaban con un señor de más de 60 años.

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Días después de aquel sobresalto, Rubén Darío murió. Fue el domingo 6 de febrero de 1916 a las 10:18 de la noche. Esa misma madrugada, la frase dicha por el poeta comenzaba a tener sentido.

Horas después de muerto, lo abrieron. Para que el cuerpo perdurara tuvieron que sacarle las vísceras y después lo rellenaron de algodón. Lo embalsamaron. Las partes de su cuerpo comenzaron a ser repartidas como naipes en partida de póquer. El cerebro y el corazón serían para su médico y amigo Luis H. Debayle. Rosario Murillo, la viuda, le había prometido dárselos para ser estudiados. Uno de sus riñones se conservaría en el Museo de la Universidad Nacional. El resto sería enterrado. Eran los comentarios entre los familiares y lo que algunos medios de la época registraron.

Pero comenzó la disputa. Entró en escena Andrés Murillo, el cuñado de Darío, quien reclamaba el cerebro. Un pleito entre la viuda, su hermano y el médico que desencadenó una serie de eventos macabros.

La muerte de Darío y lo que vino después da para escribir una novela. Que el cerebro rodó por la calle, que permaneció en una estación policial, que fue llevado a Managua en una maleta, que lo intercambiaron por el de una somoteña, que se le hizo un estudio falso. ¿Cuánta verdad y cuánta mentira?

Han pasado 97 años y hay más dudas que certezas, hay más versiones que verdades.

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