El excéntrico profesor Cornelio Hopmann

Reportaje - 21.06.2018
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Cornelio Hopmann tiene un cráter en la luna con el apellido de su familia; un cabello alborotado que no puede con el buen look de hoy, y una abultada hoja de vida profesional que lo hacen ver como un extraterrestre en un país donde más del 30 por ciento es analfabeta. Su mayor proeza es ser uno de los precursores del Internet en Nicaragua

Octavio Enríquez

El quijote del Internet en Nicaragua es Cornelio Hopmann, un alemán con una trayectoria profesional tan grande que nadie lo criticaría si un día se decide a poner su nombre en letras doradas en la puerta de su oficina, en la que una secretaria limándose las uñas recibiría al visitante para decir que su jefe —intachablemente vestido— no tiene tiempo para atender a nadie. Pero la pinta del profesor Hopmann y su centro de trabajo son otra cosa. En la Asociación de Internet, en Villa Fontana, sólo se toca la puerta y una muchacha muestra la esquina donde está Cornelio Hopmann como siempre: cabello alborotado (tanto o más que Einstein en aquella foto sacando la lengua) y con un bigote enemigo de las navajas; desarreglos que pueden explicarse con una reminiscencia que hace en esta entrevista y que parece se convirtió en una filosofía de vida de su familia: “En mi casa cuando niños podía faltar comida o ropa, pero no un libro”.

Gracias a esa apariencia Hopmann nunca pasó inadvertido en la Universidad Ave María College, en San Marcos, Carazo. Sus estudiantes decían que vestía demasiado sencillo y verlo así se convirtió en cosa de todos los días durante el periodo 1999-2002 cuando impartió clases en tercero y cuarto año de la carrera de Sistemas Informativos de Computación. Un estudiante de esa época, que prefiere el anonimato para contar esta historia, lo recuerda como serio, firme, y hasta frío en las relaciones personales con su grupo de clase, al que invitaba a mandarle correos electrónicos que respondía en unos minutos y en los cuales aclaraba dudas académicas, a diferencia de otros profesores que lo hacían al final de la clase en una platicadita. Los chistes, recuerda este estudiante, no eran el fuerte del excéntrico profesor Hopmann.

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Un día, en el aula de clases, se soltó el siguiente: “Estaba un egipcio con una piedra, cuando se le acercó otro egipcio para preguntarle qué estaba haciendo con la roca. Una pirámide, le contestó aquél”. Hopmann celebró con una carcajada su chiste ante un auditorio que permaneció completamente serio.

Sin embargo, sus alumnos reconocen que si bien no es gracioso, es muy inteligente, una fama que lleva consigo en otras alma máter donde imparte clases. En la Universidad Centroamericana su página web exhibe un foro virtual en el área de sistemas, administrado por Jorge Cerda. Un estudiante celebra la oportunidad de aprenderle algo al profesor alemán, identificado según sus alumnos de San Marcos con el método de enseñanza de Sócrates, el filósofo ateniense que hizo escuela planteando que el principio del conocimiento era que la gente aceptara con humildad que no sabía nada.

De la matemática pura saltó a la programación de computadoras, unos aparatos que había conocido en el taller de su padre en 1955, cuando éste formaba parte de un equipo de científicos que empezó a construir ordenadores

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Cornelio siendo un niño, sus padres y los abuelo paternos durante 1953 en Viena . 

El profesor Cornelio Hopmann nació el 13 de marzo de 1950 en Góttingen, junto al canal del río Leine, en el estado de Sajonia, la misma ciudad donde cursó parte de sus estudios universitarios el filósofo alemán Jürgen Habermas.

Cornelio Hopmann se formó en el seno de una familia que le gusta llamar de burguesía ilustrada. Sus padres Sabine Beermann y Wilhelm Hopmann se conocieron en Góttingen durante 1949, cuando ella estudiaba medicina y él física; cuando ambos ni siquiera sospechaban que las historias de sus familias quedarían unidas aunque fuesen diametralmente distintas.

Los Hopmann eran alemanes estudiados, de mucho respeto intelectual, que tuvieron a la cabeza al abuelo de Cornelio, Josef, un astrónomo conocido tanto en Viena que en 1928 la sociedad de astrónomos llamó Hopmann a un asteroide y en 1977, dos años después de su muerte, a un cráter de 86 kilómetros en el lado oscuro de la Luna, una herencia en las estrellas que le saca una sonrisa al parco profesor de cabellos alborotados.

El patrimonio de los Beermann, por lo que cuenta Hopmann, fue un poco más terrenal: el coraje. Provenientes de una familia de campesinos de Estonia dieron un salto a la universidad, por la que ahora han pasado varias generaciones, incluyendo a sus abuelos maternos: el Obispo Luterano Johannes Beermann y Charlotte Scheel.

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El cuento de los Beermann tiene también elementos históricos adicionales. En Estonia hace 121 años el bisabuelo del profesor Hopmann inventó nada menos que la bandera nacional, todo un privilegio histórico que recién descubrió en un viaje hace poco más de un mes y cuyos hallazgos los tiene documentados en diapositivas llenas de imágenes, donde está plasmada la historia de sus antecesores.

El pasado de estas dos familias pesó mucho en la formación de los hijos de Sabine y Wilhelm, quienes vieron en su educación una oportunidad para Cornelio. La mamá de Hopmann siempre odió cocinar, pero optó por quedarse en casa para criar al hijo en el entendido de cultivarlo intelectualmente. La limpieza de la casa no era su oficio. Lo que siempre dijo es que sus hijos podían comprar los libros que apetecieran y la verdad era que los Hopmann tenían créditos en las librerías de la ciudad, porque la familia pagaba cumplidamente los caprichos intelectuales de sus hijos en una casa en la que “podía faltar ropa, pero libros nunca”.

En ese ambiente intelectual, Cornelio se inclinó por estudiar matemáticas, pero no cualquiera, sino matemática pura, una ciencia que si bien puede provocarle dolor de cabeza a otros, a él le gusta tanto que todavía suele solazarse haciendo algunos ejercicios en sus tiempos libres.

De la matemática pura saltó a la programación de computadoras, unos aparatos que había conocido en el taller de su padre en 1955 cuando su progenitor formaba parte de un equipo de científicos que, pasada la Segunda Guerra Mundial, empezó a construir ordenadores.

Cornelio era entonces un niño rubio, que usaba pantalones chingos con calcetines blancos a rayas; que había salido del preescolar para dirigirse adonde su padre con tan mala suerte que se hirió con una caja grande, que hoy en su versión moderna ya no es más una máquina desconocida, porque pasa ocho horas detrás de ella. La computadora es la herramienta principal de su vida laboral, iniciada el 15 de marzo de 1972 en Alemania.

 

 

Cornelio chineado por los abuelos maternos, su madre y una tía, en Göttingen durante 1952.

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Gracias a las computadoras Cornelio Hopmann viajó a Nicaragua. Vino en 1983, invitado por Enrique Schmidt, el Ministro de Comunicaciones de la época, y se asentó en este país, donde los alemanes ya no eran unos extraños. En 1852, un grupo de solteros se asentó en el norte nicaragüense con el propósito de cultivar 200 manzanas de tierra cedidas por el Gobierno, que había puesto como única condición un capital inicial para cultivarlas de 2 mil 500 dólares por persona y así empezó la historia de los alemanes en el país.

Andados esos caminos, Hopmann se vino a Nicaragua. Para comienzos de los ochenta él se desempeñaba en la jefatura de la división de planificación del Centro Nacional de Investigación en Computación en Alemania, donde tenía su plaza “congelada” porque en el cambio de gobierno se vencieron los contratos y el nuevo partido en el poder colocó a un nuevo jefe en el puesto.

Hopmann recibió entonces una llamada a su oficina. Le dijeron el nombre del nuevo jefe de planificación, y le comunicaron que por su conocimiento debía mantenerse en la empresa, devengando su mismo salario, con una asistente, pero sin participar en las decisiones de la empresa, porque para eso habían nombrado a su sustituto.

La oferta de Nicaragua le pareció digna. Unió su interés de hacer algo nuevo con la propuesta del ministro Schmidt, que quería un proyecto exploratorio en el área de telecomunicaciones o computación en una época en que la situación económica de Nicaragua no había sufrido tanto como ocurrió después con el bloqueo económico.

Hopmann también superó algunos prejuicios. El 10 de enero de 1978 se llevó la peor impresión que un extranjero podía tener de Nicaragua. Entonces no hablaba ni una pizca de español y se encontraba en Guatemala en una gira de trabajo. En el hotel miró las imágenes crudas del asesinato del doctor Pedro Joaquín Chamorro y eso lo obligó a regresarse a Alemania motivado por la inseguridad que le planteaba el crimen del entonces director de La Prensa.

Superada esa imagen, el 3 de julio de 1985 empezó a trabajar en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), donde descubrió el atraso en las comunicaciones del país. Ese año, un correo de Nicaragua a Alemania duraba en llegar entre seis y ocho semanas. Para Cornelio aquello era como mandar algo a la Luna, una dificultad que superó un poco en 1988 cuando se creó el primer nodo de Nicaragua por el CRIES, un organismo no gubernamental cuya sede estaba cerca del estadio Denis Martínez de Managua. Con ese adelanto los correos electrónicos podían llegar a sus destinatarios en un día. ¡Toda una revolución!

Esos progresos tecnológicos fueron sumando ladrillos en el proyecto del Internet en Nicaragua. En 1989, el país obtuvo su dominio nacional —la palabra “ni” al final de todas las direcciones electrónicas nicaragüenses—; en 1994 la conexión con el mundo ya era el pan diario de los nicaragüenses.

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La historia sin embargo no siempre fue feliz para Cornelio. El año de la conexión definitiva abandonó su puesto en la UNI, después de una carta pública dirigida a la comunidad universitaria, a sus hijos y al país, escrita en términos muy duros contra la directiva de la universidad que, según él, habían incumplido con la ética elemental de cualquier persona dedicada a la enseñanza. Para él quienes dominan la universidad son una mafia que recaló en el estudiantado, a quienes ha visto garrotearse por inconformidades con la elección de la dirigencia universitaria: “¿Qué es eso? ¿Ahora las elecciones estudiantiles se hacen al garrote? Mi problema es que las universidades no se pueden componer desde afuera, eso lo tienen que hacer dentro de la UNI”.

Con Hopmann se fueron 12 profesionales, incluyendo un muchacho que ahora se desempeña como director de un instituto de investigación de la Universidad de Estocolmo. ¿Por qué se fueron? Comelio suelta todo el hígado que puede desde lejos: “Es por lo mismo, ¿en manos de quién está la universidad? Yo con la mafia no hago trato”. Esos sentimientos le fueron rebatidos durante 1994 cuando aparecieron panfletos que lo acusaban de nazi, mientras en otras universidades le cerraban las puertas porque contratarlo no era conveniente.

El ayuno de la docencia universitaria terminó años después. Impartió clases en el Ave María College y hoy se dedica a una asociación de Internet que recientemente se reunió con 240 estudiantes para hablar sobre la situación tecnológica del país, porque las computadoras continúan siendo un eje importante en su vida, aunque cuando lo diga asegure que sólo son un medio para llegar al conocimiento. Así que quienes lo vean como un ciberadicto están equivocados.

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Los Hopmann en Nicaragua

Cornelio Hopmann conoció a su esposa en un restaurante de Managua, adonde iba a cenar después de sus jornadas de trabajo en la UNI. Rosa Argentina López, una nicaragüense nacida en Jinotepe, se convirtió de ese modo en la familia que ahora ha crecido con sus hijos: Nolan Enoc, Cornelio Juan, Sabine y Carlos.

Todos ellos —dirán que no podía ser de otra manera— han convertido el uso de los ordenadores en una regla no escrita para el aprendizaje. Los chicos desde muy pequeños se acercaban a estos aparatos sin que nadie les explicara cómo funcionaban. Ese contacto les ha hecho la vida más feliz. Hace meses, mientras una parte de la familia de Cornelio estaba fuera del país, decidieron comunicarse entre sí a través de una videoconferencia en computadora que, según el profesor, nunca les ha quitado cercanía.

Hopmann se ha declarado siempre como seducido por la tecnología, pero no acepta que le digan que se ha convertido en alguien que rehúye las conversaciones rostro a rostro. Asegura que lo hace siempre, aunque la mayoría del tiempo está conectado a la computadora, conversando con muchos amigos en el extranjero. A quien lo critica le responde mirando fijamente, se aguza el bigote y luego pregunta:” ¿No es contacto directo acaso que la gente vaya a un ciber café para hacer un vídeo chat con sus parientes de Estados Unidos? ¿Se pierde contacto con la realidad al leer un libro? ¿Me pueden explicar eso?”

El excéntrico profesor Hopmann.
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