El gurú de Rosario Murillo

Reportaje - 10.05.2015
Gurú Sai Baba

Un hindú de cabello afro y túnicas anaranjadas, que hablaba sobre el amor y se consideraba a sí mismo la encarnación de Dios, ha sido guía espiritual de Rosario Murillo

Por Amalia del Cid

Vestido de amarillo Sathya Sai Baba tiene el aire de una gallina que descansa en el nido. Sentado en su silla-trono está listo para poner un huevo. Literalmente. Lo pondrá por la boca ante la multitud expectante del templo. Se soba el pecho con una mano como preparando el terreno para el alumbramiento y ¡voilà! aparece el huevo. No es un huevo cualquiera. Se trata de un Lingam de oro, que entre muchas otras cosas representa “la semilla cósmica de la creación”. Sathya Sai Baba tampoco es una persona corriente. Sus devotos dicen que es “Dios encarnado”, autor de grandes milagros como materializar cadenitas y relojes de la nada, convertir el agua en gasolina y hasta resucitar a los muertos.

Es el año 2004 y su fama mundial de hombre-dios atraviesa una turbulencia que nada tiene de divina. Se acusa al gurú indio de abusos sexuales cometidos contra jovencitos, de corrupción y de ser un ilusionista barato que se aprovecha de la ignorancia, la superstición y la credulidad de sus seguidores. En esta crisis que le hace parecer cada vez menos dios y más humano, ha perdido muchos devotos. No obstante, miles se mantienen firmes, entre ellos un fiel venezolano llamado Nicolás Maduro y una discípula nicaragüense: Rosario Murillo.

Sathya Sai Baba se consideraba un “avatar de Dios” y, en resumen, predicaba que todas las religiones eran una sola: la del amor. Podía decir la palabra “amor” más de 115 veces en un discurso de apenas cuatro páginas. Después de todo, la suya era “la revolución del amor”. Medía poco más de metro y medio de altura y tenía una pelambrera estilo afro más propia de un ídolo del rock que de un gurú espiritual. Salvo raras excepciones siempre usaba túnicas anaranjadas, y en sus paseos por el templo sus fieles intentaban agarrarlas por el borde, cuando no alcanzaban a besar los pies descalzos del “santo”.

No existen términos medios cuando se habla de Sai Baba. La mayor parte de los incontables textos que se le han dedicado va del embeleso al odio visceral, de la imagen divinizada a la figura del peor estafador de la historia moderna.

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