El juego de Nemesio

Perfil, Reportaje - 24.02.2008
Nemesio Porras

Esta es la vida del mejor bateador que ha tenido el beisbol nacional y esas son palabras mayores del que dicen es el deporte más celebrado y sufrido por los nicaragüenses.
Nemesio Porras un día vendió carne, en otro “trabajó” en la Alcaldía y la Policía, pero siempre jugó beisbol y ahora administra al club de sus amores

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela

—Ja, ja ja!… brother llamame a otra hora. Estoy en el gimnasio, estoy en la caminadora.

Nemesio Porras, de 40 años, 205 libras de peso, se escucha agotado tras la línea telefónica. No es difícil imaginarlo de short, sudando a mares. Durante dos horas hace ejercicio en el gimnasio todos los días, después de traer del colegio a su hija de seis años, Marcela, en una jornada maratónica que incluye de todo, aunque la actividad sea la misma: sacar cuentas de negocios tan dispares que en la alforja incluye una plaza comercial, venta de vehículos usados, la parte de servicios de una gasolinera, equipos de beisbol infantil y la gerencia de los Indios del Bóer.

Cuando Nemesio Porras se convirtió en una leyenda del beisbol nacional, ya había conocido a la que sería su amor duradero, a Dulce, una joven chinandegana, la hija de un transportista enamorado del beisbol también, que la llevaba al estadio sin saber que ella, avistando a Nemesio, no dejaría de inventarse cursos para viajar a Managua, para encontrarse con él en la Colonia Centroamérica.

“A una amiga le dije que no había que ver y ella me dijo que me fijara en la primera base. Allí estaba él. Tenía novia. Fue honesto conmigo, después salimos, le tendí unas trampitas, una como mujer lo hace y después fuimos novios y nos casamos”, dijo Dulce.

El se lo toma con humor: “Por eso no me quería mi suegro”, dice riéndose y recuerda que ella aprendió varios idiomas en su visita a Managua.

Porras está en la vieja gasolinera del barrio Altagracia de Managua, antigua, con un galillo en el centro, después de un pequeño mostrador de aceites para carros, una oficina con colores tristes y la parte trasera donde varios hombres reparan un vehículo. Hace calor.

 

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