El rap del pandillero

Reportaje - 31.05.2009
El rap del pandillero

No es fácil la vida en algunos de los barrios capitalinos. Hay dos caminos para sobrevivir: el más fácil son las pandillas y el difícil, comienza al intentar salir de ellas

Luis Duarte
Fotos de Orlando Valenzuela

La habitación de J.C. es una caja de hojalata. Paredes de zinc hacen del espacioso cuarto un horno al calor vespertino. No hay ventanas en el cuarto, ni mayor posesión que una cama de tablas con un colchón barato, una mesita con patas de hierro y un pichel de plástico.

Sobre la cama hay sábanas ralas, un par de prendas sucias y en el piso de tierra, un par de calcetines nones. No hay bujías. A pleno día, una sombra cubre por completo al muchacho que empieza a sudar la pesadez del aire que aquí se respira.

Antes había un cuadro colgado con el equipo FC Barcelona, pero lo prestó a un amigo que nunca más volvió. JC tiene 19 años, es delgado y moreno, su pelo llega a mitad de la espalda, lleva un piercing en la nariz y tiene las cejas depiladas.

Su cuerpo está marcado por la calle, recibió un machetazo en la pierna, luego como integrante de “Los Bambanes” le pegaron un tiro y lo hirieron con un mortero. Desde los siete años está en las pandillas.

Su español de gueto lo delata. Apenas llegó al cuarto grado, pero desde hace dos años se graduó como padre adolescente y en pocos meses —por segunda vez- podrá cargar de nuevo un hijo.

Su novia está con sus padres. Sus suegros lo odian porque conocen su fama: robo, drogas, lesiones, cárcel, pero J.C. quiere cambiar. “He estado calmándome, pero me llaman mis bróderes”, se disculpa como un niño bueno.

 

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