El “Robin Hood” de León

Reportaje - 10.04.2017
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Francisco Juárez Mendoza fue el delincuente más buscado por la Guardia Nacional en los años 40. Cuentan que robaba para darle a los pobres. Esta es una historia de balaceras, embrujos y fusilamientos

Por Julián Navarrete

A las dos de la tarde en Malpaisillo el calor asfixia. Todas las casas se encuentran con las puertas cerradas en los callejones desolados que por ahora no muestran a ningún perro callejero. En los alrededores hay una escuela, una cancha de futbol, un ciber café. Ya no es el pueblo que hace 70 años lucía abandonado, como cementerio, donde se abrían paso en medio de las tolvaneras varias carretas jaladas por bueyes construyendo un paisaje de miseria y polvo.

En un paraje como este nació Francisco Juárez Mendoza, mejor conocido como “Pancho Ñato”, llamado así por obvias razones de su rostro. Es una verdadera leyenda en León. Conocido entre los jóvenes que han escuchado la historia que se ha transmitido a través de generaciones, y los ancianos que recitan su versión como que si fuera un cuento popular, donde la realidad se mezcla con la fantasía.

“Todo el mundo le tenía miedo a ‘Pancho Ñato’. De repente le decía a un hombre póngase en cuclillas y ¡pa! ponía un huevo. ¡Yo me muero! Cómo lo hizo poner un huevo. Él sabía de brujería, sí… ¿No me cree?”, dice Fulvia Juárez, de 78 años de edad y sobrina de Francisco Juárez Mendoza.

Lo cierto es que fue bajo el gobierno de Anastasio Somoza García que la Guardia Nacional emprendió la cacería contra Juárez Mendoza, a quien señalaban de robar ganado y granos básicos a los finqueros pudientes de la época.

Huyó durante cuatro años, desde 1948 hasta 1952, bajo el asedio de los soldados que le tiraban balas cada vez que lo tenían cerca. Según varios testimonios de ese tiempo, durante sus escapes mató a varios guardias, cuando ellos lo tenían a tiro. Fue por esa razón que el rencor de los militares creció en todo el tiempo que anduvo prófugo.

Algunos dicen que nació en Malpaisillo, otros afirman que en El Monal o Lechecuagos. El dato es impreciso, pero las realidades de estas tierras son las mismas: casas derruidas por el tiempo, un sol que calcina todo el día y nubes de polvo.

 

 

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