En la memoria del capi Prío

Perfil, Reportaje - 27.08.2006
Agustín-Prío "Capitán Prío"

En la confitería más famosa de León, en diferentes épocas, se han sentado Rubén Darío, Sergio Ramírez, José Santos Zelaya, Anastasio Somoza y, mucho antes de este último, el famoso envenenador Oliverio Castañeda. El anfitrión de casi todos ha sido un hombre pequeño, bailarín, a quien los leoneses llaman “Capitán” Prío

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela

A las cuatro de esta tarde hay un aroma que a uno lo devuelve a la infancia en la casa de Agustín Prío. Huele a leche burra, un dulce nicaragüense hecho a base de la leche de este animal que ha hecho felices a muchos niños y continúa haciéndolos después de tantos años.

Dos mujeres están cortando el dulce negro. ¡Qué olor el de la vainilla, si parece que uno flota con el aroma! El manjar lleva tres horas de fuego. Las cocineras Teresa Cortés y Ángela Cantillano, sudadas hasta remojarse a esa hora, tienen mucho cuidado para que la mezcla no se endurezca demasiado hasta convertirse en un castigo para la dentadura. Las mujeres están calladas. No hay música en la sala, donde en otros tiempos el ritmo lo era todo. Una voz menuda se expande en el pasillo.

Es Agustín Prío, cuatro horas de levantado, 92 años de vida. Los grandes anteojos sobresalen en su rostro arrugado, papadas al aire, en la mesa en la que estamos sentados me dicen luego, es la llamada “mesa maldita” desde hace años. La llaman así porque allí se sentaban poetas e intelectuales a criticar a todo el que pasaba enfrente. “Las mujeres eran unas de sus víctimas”, dice Prío.

Cerca de esta mesa hubo un tiempo en que se sentó Sergio Ramírez Mercado, el gran novelista nicaragüense. Era un desgarbado estudiante de Derecho, disciplinado, modelo. Prefería, según Prío, un vaso de leche al licor que como manantial sus amigos tragaban en esas típicas noches de juerga estudiantil, cuando la única rienda para apaciguar los ánimos es la que no existe.

Pasos más allá hay una caja registradora. Ya no tiene color si alguna vez lo tuvo, y la apariencia del sarro le da su nuevo porte. Tiene 60 años. Hay una pequeña silla amarilla de hojalata donde un día se sentó Rubén Darío, el más grande poeta que tuvo el mundo a finales del siglo XVIII y comienzo del XIX. En la Casa Prío el panida se echaba sus tragos. “El trago gomero viera que importante es”, dice el abuelo de 92 años.

 

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