Érase una vez… una semilla de café

Reportaje - 14.08.2017
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De cómo el café llegó a Nicaragua para quedarse. Esta es la historia del “grano de oro” que mueve al mundo

Por Amalia del Cid

Cuenta la leyenda que un pastor llamado Kaldi fue quien descubrió el café, por casualidad, como tantos otros grandes hallazgos en la historia. Se dice que Kaldi vio a sus cabras saltando llenas de alegría después de que comieran las hojas y las frutas —rojas, parecidas a las cerezas— de cierto arbusto. Ni corto ni perezoso, siguió el ejemplo de su rebaño y también se sintió llenó de energía, así que tomó algunas muestras de la planta y las llevó a un monasterio, donde le contó al abad el prodigio que había presenciado. El abad decidió cocinar las ramas y las cerezas, pero el resultado fue un brebaje muy amargo que arrojó de inmediato al fuego. Al caer en las brasas los frutos empezaron a hervir y de su interior surgió un aroma tan delicioso que el monje pensó en tostarlos y de esa manera —dice la leyenda— surgió el café como lo conocemos. La bebida que mueve al mundo.

Al sol de hoy el café es uno de los productos primarios más comercializados en el planeta y el segundo más exportado por países en vías de desarrollo, solo superado por el oro. Se estima que su industria mueve alrededor de 70 billones de dólares cada año y de él viven al menos 125 millones de personas, sin contar a las que no pueden comenzar el día sin tomarse una tacita de café. No en balde le llaman “el grano de oro”.

En Nicaragua garantiza empleos directos e indirectos a unas 300 mil personas, como el pequeño productor jinotegano Santos Pastor Valdivia, de 44 años, quien conoció entre cafetos a la mujer que sería su esposa. Y como José Alejandro Ortiz, también pequeño productor, quien le sigue apostando al café por amor y por “deporte”, aunque lo que obtiene de ganancia no compensa mucho todo el trabajo invertido.

Si a la leyenda nos atenemos, todo esto comenzó con unas cabras curiosas y un pastor temerario, entusiasta de los experimentos. Sin embargo, es bastante improbable que el abad haya descubierto y disfrutado de la primera taza de café tostado.

 

 

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