¡Firuliche, Firuliche!

Reportaje - 19.04.2009
Eugenio Salvador Chávez "Firuliche"

Se apagan las luces de la memoria en la gran carpa de Firuliche, el más grande payaso de Centroamérica recordado por nuestros padres y abuelos, con su sonrisa en los labios y confite en el corazón

Luis E. Duarte
Fotos Archivo de La Prensa

Décadas atrás el mundo cabia en una carpa. Managua era sólo una aldea que comenzaba en El Malecón y terminaba en Tiscapa, y en lo profundo de la montaña sólo llegaban caballos, burros o camiones que iban o venían de la frontera, cafetales o haciendas.

Las noches se alumbraban con velas o ruidosos motores de gasolina en las avenidas de Nicaragua y la vida de los niños terminaba en una esquina, sobre un palo de mango o a la altura de un cometa volando sobre los tejados de barro de un pueblo nublado de esos tantos que existían y cuyos míticos nombres suenan ahora comunes como una hoja seca que se ha llevado el viento.

Por eso palpitaba el corazón de un niño que hoy es abuelo, cuando el bombo rompía el sonido de los pájaros, el murmullo del río, el trote de los caballos y aquellos héroes de la infancia aparecían de improvisto. Era el Circo de Firuliche con sus leones amaestrados y contorsionistas, sus malabaristas y trapecistas, con los magos y sobre todo sus payasos, el único que rompía el encanto monótono de un país apenas concibiéndose, primitivo y rural.

Quince centavos eran suficientes para conocer el otro mundo dentro de la carpa. El mundo de las risas con pies descalzos en las butacas de madera o zapatos de cuero los de silla plegadiza. Toda la alegría podía valer apenas real y medio.

Nuestros padres, los mismos que conocimos con el lomo partido, llorando las guerras sucesivas, las navidades racionadas y los abuelos, mucho antes que partieran hacia el silencio o tuvieran la piel elástica y reseca, son generaciones inocentes que sonreían con aquellos payasos de un circo que durante décadas como una brisa refrescaba sus vidas y como el flautista de Hamelín los encantaría para llevarlos a soñar un mundo inexistente.

 

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