Francisca Ramírez: la hija de la tierra

Reportaje - 14.08.2017
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Esta es la historia de la mujer que ha movilizado a miles de campesinos contra la concesión canalera que el Gobierno entregó a un empresario chino. Su nombre es Francisca Ramírez y todo lo hace por la tierra

Por Amalia del Cid

Cuando escucha el canto de las ranas, Francisca Ramírez se siente triste. En el silencio de su finca, aquel “bru bru” le recuerda que está sola. O mejor dicho que se encuentra lejos de su madre. Incluso ahora, en plena tarde y rodeada de gente, la estremece un poco el escándalo que viene del campo: un “bru bru” sostenido, que llena todo el aire y parece surgir de los cuatro puntos cardinales.

“Uy, qué feo”, se dice a sí misma, aunque esta vez no se halla en su finca El Milagro, sino en la tina de una camioneta, viajando hacia La Fonseca, la colonia donde ha vivido desde que nació, hace 40 años y diez meses, el 10 de octubre de 1976 a las 10:00 de la mañana.

La tierra está húmeda, el aire fresco. Cae esa llovizna típica del Caribe, que a ratos se convierte en chubasco y baja por los rojos caminos alimentando las quebradas y desbordando los ríos.

“Si el río está crecido no vamos a poder pasar”, advierte doña Chica. Acaba de estar cerca de once horas de pie entre los lodazales de un puerto de montaña, a quince kilómetros de La Fonseca, pesando y comprando sacos de quiquisque llevados a lomo de bestia, por campesinos de comunidades lejanas, pero se siente de buen ánimo para esperar, si fuera necesario, que baje el nivel del Punta Gorda.

La última gran crecida del río ocurrió en octubre de 2016 y hubo que “velarlo” hasta el amanecer, recuerda. Esta tarde, sin embargo, no ha llovido suficiente para que el agua sobrepase la altura del puente y el vehículo lo ha atravesado sin problemas.

Cerca de La Fonseca el concierto de las ranas aún es intenso. “Me encanta ir a la finca y el primer día estoy alegre, pero como nunca me he separado de mi mamá lo triste es cuando pasan dos días, tres días y ya oooigo que las ranas comienzan: ‘bru, bru’. Me afliiiige”, cuenta la campesina.

Por el camino vio en el suelo el pálido cuerpo de una serpiente, pero no se inmutó. En estas tierras, las víboras son tan comunes como las ranas y la gente se cura las mordidas con raíces que crecen “hacia donde sale el sol”. En estas tierras el bosque siempre es verde y llueve casi todo el año; los caminos no están pavimentados, a duras penas hay señal de celular, en la televisión por cable solo se sintonizan doce canales y no llegan los periódicos. Estas tierras son “el paraíso”, suspira doña Chica, aspirando el aire cargado de humedad.

Aquí Francisca Ramírez es todo lo feliz que puede ser. Tiene cerca a su gente y posee su propia tierra, arcillosa y fértil, algo que para ella vale más que la vida, por eso ha dicho que está dispuesta a morir para defenderla.

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Doña Chica con su madre, doña Alejandra Gutiérrez. Aprendió a hacer tortillas a los 6 años de edad. Era un escándalo, recuerda. Todo el pueblo se daba cuenta cuando ella se ponía a palmear.

 

La vida en La Fonseca despierta antes de las 5:00 de la mañana, cuando el cielo eternamente nublado comienza a pintarse de azul y en la selva estalla el aullido de los monos congo, aun antes de que canten los primeros gallos. Una a una, como siguiendo una especie de estudiada comparsa, se van encendiendo las luces de las casas del pueblo. Un pueblo de 1,882 habitantes por donde se dice pasará el prometido Gran Canal Interoceánico de Nicaragua.

La vivienda de Francisca Ramírez se halla en lo que se puede considerar el centro de La Fonseca, al costado izquierdo de la única iglesia católica del pueblo, sobre la calle central cubierta de piedritas sueltas que parte en dos al caserío. Es una estructura de techo bajo y concreto sin pintar y por dentro parece más bodega que casa, con sacos de quiquisque apilados en el suelo.

La mujer que ha movilizado a miles de campesinos de La Fonseca y sus comunidades en marchas para la derogación de la Ley 840 y que en los últimos tres años se ha convertido en el rostro más conocido de la lucha anticanal, mide cerca de un metro cincuenta y calza zapatos número cinco. Su casa también es pequeña, y mira de frente a la casa de su madre, donde doña Chica vivió su niñez.

A esa, la casa de su infancia, llega a tomar café casi todas las mañanas, antes de irse a trabajar a los sembradíos de su finca o al puerto de montaña. Pasa directo a la cocina y se detiene un segundo en la puerta para hacer una ligera reverencia, junta las palmas de las manos, pidiendo la bendición de su mamá. “Santito”, saluda, y su voz aguda contrasta con los duros rasgos de su rostro. “Que Dios te bendiga”, responde doña Alejandra, que está palmeando tortillas para el desayuno.

Desde que son madre e hija se han separado muy pocas veces. La que mejor recuerda doña Chica, por ser la más dolorosa, es la de los años ochenta, cuando su mamá estuvo presa cuatro meses, acusada de apoyar a la contrarrevolución. No puede contar el episodio sin derramar algunas lágrimas. “Éramos cinco hermanos. Dejó un niño de ocho días de crianza cuando la llegaron a traer, a medianoche”.

Para entonces Francisca tenía nueve años y como hija mayor no solo trabajaba para llevar comida a la casa, también ayudaba en la crianza de sus hermanos, pues su padre abandonó a la familia en plena guerra. “Pasamos llorando toda la madrugada y a las 5:00 de la mañana me fui a buscar a mi mamá”, recuerda. “La tenían amarrada a un palo de mango, toda la noche había pasado ahí. Yo lloraba, era mi mamá y yo no quería verla ahí. A las 8:00 la soltaron y la montaron en un IFA. Cuatro meses…”

Doña Alejandra no recuerda el detalle del árbol, pero sí que estuvo de pie toda la madrugada, junto con otras treinta personas. Todavía tiene marcas de las esposas en las muñecas, como recordatorio de su paso por la cárcel. Aunque nunca estuvo involucrada ni con los sandinistas ni con la contra, por ambos bandos fue perseguida, asegura.
La Fonseca, colonia del municipio de Nueva Guinea, en el Caribe Sur de Nicaragua, no era un buen sitio para pasar los años de la guerra. Esta zona fue escenario de enfrentamientos entre los “cachorros” del Ejército Popular Sandinista y miembros de la contrarrevolución, de modo que la mayor parte de las memorias de infancia de doña Chica están llenas de sangre y de horror.

“Se escuchaban combates cada una o dos horas”, recuerda. Y en cada ocasión corrían todos a ocultarse debajo de la cama o al refugio que doña Alejandra mandó a excavar bajo las tablas de la casa, entonces de tambo. “Mi mamá dio a hacer un gran huecón como de diez varas cuadradas adentro de la tierra. Apenas oíamos los primeros balazos nos íbamos a esconder al refugio, que como aquí ha sido de lluvias se llenaba de agua y lodo. Ahí dormíamos”. Más tarde veían los cuerpos, cadáveres de muchachos contras y sandinistas, cubriendo el terreno de La Fonseca.

A doña Chica no le gusta ni considerar la idea de otra guerra civil. Ha encabezado a miles de hombres y mujeres en protestas contra el Gobierno y no duda cuando dice que, si fuera necesario, daría la vida a cambio de esa tierra que la Ley 840 está entregando a un cierto empresario chino Wang Jing, en nombre de la promesa de un canal interoceánico. Sin embargo, aclara, ella está luchando para vivir.

“Yo pienso que el pueblo sería cobarde si vuelve a caer en el error de una guerra. Te deja marcada para toda la vida, ni me gusta acordarme. Me afecta mucho recordar y me da coraje cuando la gente piensa que la guerra es la única salida”, dice muy seria. Lo peor de todo, agrega, es que “la gente que piensa eso no está pensando poner los muertos”.

Hace no mucho le respondió mal a un señor que se atrevió a afirmar: “Si nunca hay muertos, esta batalla no la van a ganar”. Entonces, replicó doña Chica, “cuando usted vaya a las marchas, que usted sea el primer muerto. Yo estoy luchando para vivir en mis tierras, lo que quiero es vivir, si quisiera morir hubiera dejado que los chinos pasaran por encima de nosotros”.

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Desde que comenzó su lucha contra la Ley 840, Francisca Ramírez ha ganado tanta popularidad que ya no puede comer en paz cuando viaja a Managua y entra a buscar almuerzo a algún supermercado, pues la gente se acerca para tomarse fotos con ella. Tampoco puede caminar por el mercado Oriental con la tranquilidad de antes, pero aquí en La Fonseca es la misma de toda la vida.

Después de desayunar con su madre, los miércoles y los jueves va a los puertos de montaña, el más cercano a 15 kilómetros de distancia y hora y media de camino. Los preparativos comienzan pasadas las 5:00 de la mañana, cuando su esposo Migdonio López, ocho años mayor que ella, se encarama en la tina de la camionetita de la familia para acomodar los productos de la pulpería móvil: desde alambre de púas hasta toallas sanitarias, desde azúcar y café hasta paletas de caramelo y carne de pollo, que en La Fonseca es tan codiciada como la gallina de patio en las ciudades.

Cargar la camioneta toma cerca de una hora. Al llegar al puerto de montaña doña Chica y don Migdonio descargarán todo y con suprema paciencia lo acomodarán en un tramo, sobre tablas y piedras, después de sacar a rastrillazos el lodo, tarea inútil, pues la llovizna siempre se encarga de producir más. En estas diligencias colaboran Marbelly, de 31 años, hermana de Francisca Ramírez, y el matrimonio López Bravo, pero nada se hace si no lo autoriza doña Chica, que se mueve como una capitana diciendo esto va aquí y aquello allá, libreta y calculadora en mano, anotando cuánto pesan los sacos de quiquisque de los campesinos.

A mediodía el puerto de montaña bulle como un hormiguero. Hay al menos cincuenta bestias en el terreno, a varios kilómetros del caserío más cercano, y los campesinos desmontan su carga. Dos o cuatro sacos por cada macho, orejuda mezcla de burro con yegua que reina en las comunidades de La Fonseca como los burritos en Nueva Segovia.

Jengibre, plátano, queso y, sobre todo, quiquisque. Los sacos se bajan de los machos y su contenido se derrama sobre el suelo, a fin de reorganizar los tubérculos por tamaño, en las categorías de “primera” y “segunda”. El quiquisque más grande se empaca en Nueva Guinea para su exportación; el de segunda viaja a los mercados del país. Los campesinos trabajan hombro con hombro, en silencio, llenándose de lodo hasta el pelo, apretando los labios cuando alzan los sacos para colgarlos del gancho de la pesa.

—¡92 libras de primera! ¡60 de segunda! —grita Migdonio, que ha estado pesando quiquisque toda la mañana y seguirá haciéndolo por el resto de la tarde. Y entre despachar un helado, negociar el precio de un rollo de alambre y sacarse del delantal el vuelto para el muchacho que compró una bolsa de pan, doña Chica se las arregla para llevar el registro de las libras, las categorías y los proveedores.

 

Tres campesinos pesando quiquisque en el puerto de montaña. Cornelio Espinoza, Migdonio López y Jairo López, todos participan en las marchas contra la Ley 840. / Foto: Oscar Navarrete. 

De vez en cuando se acerca a la orilla del puerto, para atisbar el camino. Desde él sube la mayoría de los campesinos, con paso lento, siguiendo de cerca a los machos, que marchan en hilera. Salen de sus comunidades antes del amanecer para estar en el puerto cerca del mediodía y vender la producción de la semana. Son los mismos campesinos que asisten a las marchas contra la Ley 840. La Fonseca es, de hecho, la colonia de Nueva Guinea que “más gente pone” en las protestas. Casi todos tienen algo que perder.

Uno de ellos es Cornelio Espinoza, hombre de mediana edad que representa a la comunidad de Aguas Frías ante el Consejo Nacional para la Defensa de la Tierra, Lago y Soberanía, la organización de campesinos creada para exigir la derogación de la Ley del Canal. Cada comunidad tiene un líder, así como cada colonia del municipio de Nueva Guinea. Doña Chica ha sido la coordinadora general del Consejo y es la líder de La Fonseca, pero aquí en el puerto de montaña es esa comerciante que todos conocen.

Cornelio suele venderle su cosecha y hoy trajo cuatro “carguitas”, es decir cuatro bestias, cada una con dos sacos. Apenas tiene tiempo para hablar, pues está ocupado clasificando quiquisque. “Llevamos cuatro años de lucha y vamos a seguir hasta que haya un cambio. Con esos productos que vendemos nos movemos, vamos a las reuniones y a las marchas”, explica. “Ella es una campesina luchadora. Nos informa todo lo que está pasando, lo que vamos a hacer”, agrega, refiriéndose a doña Chica.

En el caso de Cornelio, posee cincuenta manzanas de tierra en Aguas Frías, a hora y media de camino del puerto de montaña. Jairo López, el líder de la comunidad Nuevo Delirio, tiene 81 manzanas, una parte de ellas heredada de su padre, y su esposa Eneida Bravo, de 32 años, cuenta con 30 manzanas.

En estas tierras, pobladas recién en los años setenta, tener una parcela es lo común. La mayoría de los campesinos tiene 20, 30 o hasta 100 manzanas, y eso no los convierte en grandes productores. Tampoco a los que poseen un poco más, como doña Chica. De niña no tenía ni la mitad de una manzana, pero tras años de trabajo en el campo, en los mercados y en los puertos de montaña logró comprar una finca de 110, El Milagro, donde siembra yuca, quiquisque, maíz y frijoles; y otra de 70, que todavía no ha “puesto a trabajar” porque está gastando mucho dinero y tiempo en las protestas, explica.

Como muchos otros campesinos de La Fonseca, Jairo López la conoce desde que ambos eran niños, pues doña Chica empezó a trabajar a los ocho años de edad —anotando en un cuaderno la carga de camiones que trasladaban frijol— y a los doce ya compraba queso, quiquisque, maíz, jengibre y frijoles para venderlos en Managua. Al inicio manejaba “poquita carga”, veinte o treinta sacos; a los 15 años ya podía con “una camionada” y después “llevaba hasta mil sacos”. “Me encantó el negocio y 20 años duré llevando mercadería al Oriental y al Mayoreo”, cuenta la líder campesina, que esta tarde anda por el puerto comiendo pejibaye con cuajada seca, uno de sus manjares favoritos, aunque lo que prefiere del pejibaye es el “coquito”.

“Hemos combinado bien el trabajo y la lucha. Vamos a las reuniones todos los líderes de La Fonseca. Ella es nuestra voz, pero ella no decide sola, para eso son las reuniones”, sostiene Jairo.

A su juicio, el que Francisca Ramírez haya sido popular entre su gente desde mucho antes de convertirse en el rostro de la lucha anticanal la hace “una persona honesta y confiable” a los ojos del campesinado. Y aquí Jairo debe parar de hablar, porque ha llegado una nueva carga de quiquisque.

Al final del día, don Migdonio y él habrán clasificado y pesado 70 sacos de este tubérculo, pero doña Chica dirá que no fue una buena jornada, que normalmente se compra cuatro veces más. “Mañana es día de comercio, va a ser mejor”, se consolará. “Dios los jueves los hace buen día. Siempre hace sol, ya cuando estás por llegar a la casa se viene la lluvia”.

Trabajar la tierra implica un estilo de vida. Lo normal es despertarse a las 5:00 de la mañana y a las 3:00 es temprano. Lo usual es dormirse a las 8:00 de la noche y a las 10:00 es tarde. Los puertos de montaña son el corazón del comercio y los jueves el pueblo de La Fonseca queda vacío, porque su gente se traslada a los sitios donde venden y compran. “Esto es por lo que estamos luchando, por esta vida”, afirma Jairo, entre un saco de quiquisque y otro.

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A Francisca Ramírez no le gustaba asistir a reuniones y no iba ni a las que se realizaban en el colegio de sus cuatro hijos; pero algo le dijo que debía participar en esa donde se hablaría del famoso canal interoceánico y de la Ley 840, aprobada por la Asamblea Nacional en junio de 2013, en un plazo de apenas 72 horas y sin haberla sometido a consulta nacional.

Llegaron como tres personas, recuerda. Y ella, que hasta entonces había visto con buenos ojos el progreso que podría acarrear la construcción de un canal, no pudo dormir esa noche. El amanecer la encontró leyendo esa ley que entrega una concesión de cien años a un empresario chino: 278 kilómetros que serían expropiados a los campesinos.
Al día siguiente había una boda, se casaba una sobrina de don Migdonio, y en la recepción doña Chica empezó a comentar lo que sabía de la ley. Empezaron a agruparse los campesinos y a comentar: “Fíjese que a mí los chinos me llegaron a medir la finca”. “Y ahí comenzamos a hacer la pelota”, cuenta.

Al inicio “lo de la ley fue risible”, la gente del Consejo del Poder Ciudadano (CPC) de La Fonseca, la llamaba “la ley de la Chica”, asegura Marbelly, hermana de Francisca Ramírez. “Decían que yo la había inventado para hablar mal de Daniel (Ortega Saavedra), que la ley yo la había hecho, cuando comenzamos las primeras marchas”, se ríe doña Chica.

Cómo llegó a convertirse en la voz de miles de campesinos es algo que ni ella entiende. Quizás fue porque su colonia, La Fonseca, ha sido la mejor organizada, sugiere. Tal vez porque ella nunca ha aceptado “ni cien córdobas” de los campesinos que están bajo su liderazgo, señala. A lo mejor porque ella, de puro enojo, puede expresarse bien ante las cámaras y los micrófonos de los medios de comunicación, o acaso porque ha sido la líder anticanal más perseguida por el Gobierno.

El 30 de noviembre de 2016 parecía como si en el pueblo “habían agarrado al narco más buscado”, cuenta su hermana Marbelly. Estaba previsto que al día siguiente Francisca Ramírez se reuniera en Managua con Luis Almagro, secretario de la Organización de Estados Americanos (OEA), para exponerle la represión que sufren los campesinos, y en La Fonseca “no había lugar donde no hubiera policía”. El objetivo era que “ella no pudiera llegar a la reunión”, sostiene la joven.

Doña Chica y su hermana Marbelly/ Foto: Oscar Navarrete. 

El día anterior, 29 de noviembre, una caravana campesina anticanal había intentado avanzar hacia la capital, pero fue reprimida con gases y balas, por lo que el Consejo decidió suspender la marcha del miércoles 30 de noviembre. Esa noche, la del 30, doña Chica escapó por el monte desde el empalme de La Fonseca-Puerto Príncipe hacia Nueva Guinea. La acompañaban su esposo Migdonio y otros dos líderes del movimiento campesino.

“Andaba la Policía en el pueblo. Y me tiré un río hondísimo, casi me ahogo. Nos pasamos el río de La Sardina. Era de noche, una oscuraaaana. Íbamos huyendo por veredas, unos graaaandes ceeerros, y en la noche yo me deslizaba y daba vueltas, me golpié, me caí como cien mil veces”, relata Francisca Ramírez, moviendo los brazos para simular los giros que dio sobre el lodo.

El grupo salió del monte justo en el patio trasero del hospital Jacinto Hernández de Nueva Guinea, pero todo era oscuridad e incluso antes de intuir en qué lugar se encontraba, doña Chica se fue en el sumidero donde a través de un tubo desembocan las aguas residuales del centro. “No me asusté tanto porque pensé que era agua de un cañito, hasta que sentimos el tufo del agua”, cuenta.

Don Migdonio corrió a sacarla de la pila y se apuró a echarle agua limpia, pero el daño ya estaba hecho. Durante la siguiente semana, Francisca Ramírez sufrió vómitos y apenas probó bocado. “Se puso flaca”, dice su hermana. Ya estaba enferma cuando se reunió con Almagro, la noche en que el país la vio regañar en vivo a los medios de comunicación del Gobierno: “Hoy vemos este montón de medios que nunca los viamos visto (…). Están queriendo demostrar que hay democracia”.

Estaba “arrecha”, admite. “Estaba enojada porque querían vender la imagen de que había libertad de expresión, cuando nosotros habíamos sido vapuleados por la Policía no una vez sino 85 veces, las marchas que llevábamos para entonces”.

Además, estaba fresco el recuerdo de su odisea para llegar a Managua. Después de ser rescatada del sumidero del hospital se cambió la ropa en la casa de unos amigos y cerca de las 9:00 de la noche salió a escondidas para tomar un bus hacia la capital, disfrazada con un gorro y una bufanda. Tres veces cambiaron de autobús para evadir los retenes policiales, afirma. A la tercera tuvo la suerte de que el conductor resultara ser un joven que había trabajado cuatro años con ella. La hizo subir por la puerta de atrás y se encargó de ocultarla. “No, ¡aquí nadie se ha montado!”, aseguraba el chofer cada vez que la Policía se asomaba preguntando por la Chica Ramírez.

Y cuando a la noche siguiente se supo que la líder campesina había logrado reunirse con el secretario de la OEA, en La Fonseca hubo quienes dijeron “esa maldita vieja es una gran bruja, cómo habrá pasado”, asegura Marbelly.
Naturalmente, no todo es miel sobre hojuelas en la colonia más activa del movimiento anticanal. Por la casa de doña Chica, la de su madre y la de su hermana, nadie pasa echando abate para los zancudos, ni llegan las brigadas médicas a vacunar a los niños. Esto se debe a que es de sobra conocido que ninguna de ellas aprueba las actividades estatales o privadas que requieren recopilación de datos sobre las familias del pueblo y las comunidades.

La gente de La Fonseca vive alerta, vigilante, desconfiada. En el pueblo no todos apoyan la lucha contra la Ley 840, reconoce doña Alejandra Gutiérrez, mamá de Francisca Ramírez. “Pero son la minoría”, personas que alguna vez tuvieron tierra, la vendieron y ahora “viven posando” o que consiguieron algún “carguito” en instituciones estatales. Por otro lado están las que eligieron mantener en secreto su postura respecto a la concesión canalera, las que apoyan abiertamente el movimiento y las que prefieren hacerlo “con bajo perfil”. Ya se sabe quién es quién, pero cuando llega un forastero y busca información, probablemente vea cómo los lugareños le miran con recelo y le preguntan: “¿Para qué querés saber mi nombre? ¿Vos andás con Wang Jing?” “Chino” es casi una mala palabra en este lugar.

Sin embargo, con todo y este clima de desconfianza, aquí doña Chica se siente segura. Cuando vuelven de El Milagro o de los puertos de montaña, ella y su esposo van haciendo estaciones para dar aventón a los campesinos que encuentran en el camino o para vender azúcar y pollo libreado a los conocidos que los llaman a gritos desde las puertas de sus viviendas en los caseríos.

Doña Chica salta del vehículo, baja la pesa y despacha siete libras de pechuga. En absoluto parece alguien que viene de una jornada de trabajo de 12 horas. No tiene miedo de su gente, afirma. Pero sí teme que algo pueda pasarle cuando viaja a Managua a facturar productos. Podría suceder, por ejemplo, que la maten y se diga que se trató de un asalto, señala.

Desde hace un tiempo ya no es la coordinadora del Consejo de los campesinos. Don Medardo Mairena la relevó en ese cargo, pues los estatutos mandan que solo se puede ser coordinador durante seis meses, con la opción de reelegirse por otros seis meses. No obstante, continúa siendo una autoridad en el movimiento y en la misión de controlar a los miles de hombres que asisten a las protestas le ayuda el hecho de ser mujer porque “hay más respeto”, asegura.

Más de una vez las cosas han estado a punto de convertirse en una masacre. “Feo valorar, pero es como cuando uno tiene un ganadal acorralado, que está desesperado”, admite doña Chica. “Es duro, cuando nos balearon aquí en El Zapote (en noviembre de 2016) yo me arrimaba a muchos hombres que lloraban de arrechos y me decían: ‘Déeeejennos, vamos a meternos, nos van a matar, ¡pero debemos matar nosotros también!’ Y yo les decía: ‘No, muchachos, no es así, no es esa la meta, no es la meta que nos maten a nosotros, seríamos irresponsables. Miren, recuerden que ellos andan con armas, nosotros no andamos armados”.

Pero hubo hombres que se fueron a buscar escopetas, dispuestos a matar y a morir. “Y en una de tantas, ¡se zafó la gente!”. Desesperada, la dirigente vio a un señor que andaba un megáfono y le gritó:
—¡Préeeesteme, Chepiiiito!

A través del megáfono de Chepito, declaró con voz firme: “Hasta aquí llega la responsabilidad de nosotros como Consejo, cualquier decisión que tomen ustedes va en responsabilidad de ustedes, porque nosotros no estamos de acuerdo”.

“Fíjese que la gente como que se paró. Y ya volvimos al redil”, cuenta. En esa misma ocasión, después de que la Policía hiriera con bala de plomo a Pedro José Guzmán (una bala que según Francisca Ramírez iba dirigida a ella, que se encontraba frente al anciano), un grupo de campesinos capturó a un oficial, con claras intenciones de “desbaratarlo”. “Pobrecito ese policía”, dice doña Chica, y sonríe divertida. “Con ese policía se querían pagar todo. Yo les dije: ‘No muchachos, pobrecito ese hombrecito’. Le quitaron la pistola, le sacaron los tiros. Ahí lo tuvimos, hasta que logré que lo dejaran ir. Es barbaridad un hombre arrecho, Dios me libre. Si uno les diera un poquito de amplitud, uuuuuuuh, ya hubiera cualquier cantidad de muertos”.

Pese a todo, agrega, “yo veo que el hombre es más bravo, pero es más miedoso”. Recuerda, por ejemplo, que el 23 y el 24 de diciembre de 2014, cuando la Policía reprimió a campesinos que protestaban en El Tule (Río San Juan) y en Tola (Rivas) y apresó a decenas de ellos, “toditos los hombres se fueron a huir”. “Se perdieeeron. Y yo me vine con mi marido, arreeecha, porque decían que había muertos. Llegué a la casa, llegaba gente y me decía: ‘Vámonos a huir, no se puede quedar aquí usted’. ‘No me voy a ir, irme es como darles el gusto’. El 25 le dije a mi marido: ‘Vámonos a la Guinea, a ver qué va a pasar y vámonos por la calle central y pasemos por la Policía, a ver qué va a pasar, es que no nos vamos a correr”.

Entonces doña Chica, que en esa época todavía no era conocida nacionalmente como líder anticanal, se fue de La Fonseca a Nueva Guinea, acompañada por don Migdonio. Y en un alarde de atrevimiento se paseó frente a la estación de la Policía. Después comenzó a llamar a su gente: “Ando en la Guinea y no nos hicieron nada”. “Y ya comenzaron a salir los hombres —afirma— pero hasta que yo saqué la cara”.

***

Francisca Ramírez casi nunca ríe a carcajadas y si lo hace le termina doliendo la cabeza. Será tal vez porque cuando era niña no tuvo muchos motivos para reír, dice, tratando de explicarse a sí misma por qué para ella es tan difícil algo tan natural en la especie humana. Esa peculiar característica, sumada a sus facciones fuertes, le confiere una expresión severa; pero la verdad es que doña Chica solo se pone realmente seria cuando está muy ocupada trabajando o cuando habla sobre esa concesión que amenaza su tierra, se construya o no el canal interoceánico de Wang Jing.

Llegó hasta tercer grado de primaria, pero se sabe de cabo a rabo la Ley 840 y la recita al dedillo, con una mezcla de rabia y preocupación. Ahora también conoce la Constitución Política, para defender, entre otras cosas, su derecho a la protesta. En los últimos cuatro años ha aprendido todo lo que sabe sobre leyes y, además, empezó a utilizar la aplicación de mensajería WhatsApp a fin de mantenerse en comunicación con los otros líderes del movimiento. Su hija Francis, hoy de once años, fue quien le enseñó cómo usarla.

La casa de Francisca Ramírez a las 5:00 de la mañana, en La Fonseca, Nueva Guinea./ Foto: Oscar Navarrete. 

Muchas veces es la niña quien busca las noticias para comunicárselas a su mamá, que siempre anda apurada con los asuntos de la finca y de la venta. De esa forma la apoya, ya que no puede hacerlo en las marchas, como lo hacen sus hermanos mayores: Kevin Israel y Maynor, de 21 y 19 años. Cuando hay protestas, la pequeña Francis se la pasa monitoreando cómo va todo, a través de llamadas telefónicas, siempre y cuando haya señal. Es más duro para quien se queda en casa. A veces han pasado dos o tres días sin saber cómo está doña Chica, lamenta su madre, doña Alejandra.

Sin embargo, apoya la lucha de su hija porque está convencida de que en La Fonseca no van a volver a dormir en paz mientras exista la concesión del canal. Francisca Ramírez opina lo mismo y afirma que los campesinos no van a ceder si la ley no es derogada: “Si algunos morimos, otros quedarán luchando”, sostiene. Y suele animar a su gente, diciendo: “Ha sido burro amarrado contra tigre suelto, pero ¡no nos hemos dejado! Nos ha rasguñado el tigre, pero no nos ha comido”.

En medio de todo, tiene la convicción de que “en Nicaragua no hay gente dispuesta a luchar, a poner la vida por Daniel Ortega”. “Ni aun los mismos policías, fíjese”. Lo que la hace estar tan segura de ello es el recuerdo de aquella tarde de octubre de 2015, cuando los campesinos lograron llegar a Managua, después de superar retenes cada tres kilómetros, miguelitos y 56 horas de camino.

Francisca Ramírez iba encabezando la caravana, en la misma camioneta roja que usa para trabajar, y llegó a La Garita de Tipitapa antes que todos. Se había quedado dormida hacía algunos kilómetros y cuando abrió los ojos vio “como 20 buses llenitos de antimotines” y también a las personas de la contramarcha organizada por el Gobierno. Se bajó del vehículo para hablar con el jefe de los uniformados.

—Mirá, muchacho —le dijo— fijate que tenemos 56 horas de viaje, ya la gente viene indignada, viene con hambre, viene cansada y viene dispuesta a pasar. Venimos dispuestos a pasar, aunque tengamos que morir vamos a pasar.
Fue entonces que doña Chica volteó hacia atrás y miró “cualquier miiiiiil de campesinos” con los machetes alzados, brillando bajo el sol.

—Ahí vienen —le dijo al policía— y vienen por ustedes.

“Ese día corríiiian los antimotines, me pedían ‘por favooor, señoooora’. Ya éramos nosotros los que mandábamos, la gente no hallaba por dónde meterse a los buses, querían que las ventanas fueran puertas y dejaban chinelas, sombrillas tiradas (…). Regresamos satisfechos, porque logramos pasar y demostramos que Daniel Ortega es un violador de derechos”, relata, sonriendo, la líder campesina.

Pero esos machetes que alzaron los campesinos no eran solamente armas. Para ellos es una herramienta de trabajo y casi una extensión de su cuerpo. Sucede que en La Fonseca muchos hombres solo se quitan la “cutacha” cuando se bañan y cuando duermen. Y si se van a dormir, la “cutacha” duerme con ellos, debajo de la cama, porque esta tierra roja está plagada de alacranes y aquí las serpientes son tan comunes como las ranas.

 

Sobre doña Chica

La familia de la líder campesina. De izquierda a derecha, don Migdonio, Francis, Francisca y Maynor. Abajo el pequeño Migdonito y la hija de Marbelly, hermana de doña Chica./ Foto: Oscar Navarrete. 

 

Tiene cuatro hijos. Tres varones y una mujer. Kevin Israel, de 21 años; Maynor, de 19 años; Francis, de 11 años, y Migdonito, de 7 años.

Ya es abuela. Tiene un nieto y una nieta, ninguno ha cumplido un año.

No le gustan las labores de la casa, prefiere el trabajo de campo y, sobre todo, el negocio. Lo único que le gusta hacer en casa es cocinar. Su comida favorita es el arroz “bien voladito”, con frijoles recién hechos, tortilla palmeada en casa y cuajada y crema de su propia finca. Todo lo come con chile.

Casi nunca se enferma de gripe, pero sus hijos sí, y en esas ocasiones ella se desvela preparando cocimientos con yerba del dolor, hoja de naranja agria, canela, romero y manzanilla.

No escucha música como pasatiempo, pero le gustan las rancheras, sobre todo las de Vicente Fernández y las de Paquita la del Barrio. “Alguien les tenía que decir eso a los hombres”, bromea, refiriéndose a canciones como Rata de dos patas. Si pudiera asistir a un concierto, definitivamente sería uno de Paquita.

Su vicio es el café. Se toma una taza nomás se levanta y en días intensos puede beberse más de cinco. No aprueba otros vicios, como el cigarro, el alcohol y las cartas. “Los naipes son cosa del diablo”, porque llevan a los hombres a apostar.

No mira telenovelas, ni películas. Solo las noticias. Su programa favorito es Esta Noche, de Carlos Fernando Chamorro.

Posee ochenta cabezas de ganado, entre ellas veinte vacas paridas. No le gusta matarlas. Todas sus reses tienen nombre, las han bautizado los ordeñadores: la Cola Blanca, la Mantequilla, la Crema, la Ñuñita, la Cucaracha, la hija de Cucaracha. Una vez en su finca mataron a una vaquilla y después las vacas no dejaban de llorar, asegura. Por eso los 31 de diciembre, cuando su familia por tradición se come una res, prefieren comprarla. “Es una vaca extraña”, ríe. ¿Y sus chanchos se los come? “Los chanchos, pobrecitos”. Le dan pesar, pero se los come rico, bromea. ¿Ha matado gallinas? “Sí. No tengo problema con las pobres gallinas, son la patas de la fiesta”.

La familia de doña Chica gana unos 25,000 córdobas a la semana, entre todos sus miembros, afirma ella. Además, tiene invertido cerca de tres millones de córdobas en su finca El Milagro. Eso les explica a quienes llegan a ofrecerle cargos políticos, para hacerles entender que su tierra vale más que todo.

Don Migdonio

Donde está Francisca Ramírez está su esposo Migdonio López, pero a la sombra. Llevan juntos 22 años. Se conocieron trabajando, cuando él sacaba cargamento de quiquisque de La Esperancita a La Fonseca, y ella le compraba. “Siempre nos veíamos, él tenía un camión y yo le daba carga, él me hacía los viajes para llevar el producto a las empacadoras de la Guinea”, recuerda doña Chica. Así que todo comenzó con quiquisque y con un: “Vamos a almorzar”.

Don Migdonio nunca se ha sentido mal porque todo el protagonismo lo tiene su compañera. Al contrario, dice ella, “ha sido un pilar fundamental”. Yo nunca había andado en lucha y me hicieron llorar cuando comenzaron a decir que me daban dinero. Lloré de cólera. Migdonio me dijo que llorara y después me dijo: ‘Eso es lo que quieren, que te retirés. No, tenemos que seguir la lucha’”.

Por otro lado, don Migdonio se metió a la contrarrevolución a los 12 años de edad y sabe de luchas. Cuando, al inicio de las protestas campesinas, doña Chica se quejaba diciendo: “Andamos cien luchando, desvelados y hay mil que están durmiendo en su casa tranquilos. Me da coraje porque esa gente que queda es la que tiene dinero y esta lucha somos los más pobres los que la hacemos”. Él le respondía: “Fran… ¿sabés cuántos andábamos en la guerra? Andábamos diez mil hombres luchando por Nicaragua, y había otros millones, unos fuera de Nicaragua y otros escondidos. Así son las luchas, no es todo el pueblo, es parte del pueblo, pero peor que no ande nadie”.

No se han casado. “A veces le digo ‘vamos a casarnos’ —dice doña Chica—, pero nunca tenemos tiempo”.

Los abuelos de Francisca

La familia de Francisca Ramírez llegó a La Fonseca, entonces Colonia Somoza, poco después de la erupción del Cerro Negro, en 1971, y del terremoto de 1972. Sus bisabuelos, quienes se encargaron de la crianza de su madre, doña Alejandra Gutiérrez, se montaron en un camión, junto con los desplazados de León y de Managua, para ir en busca de tierras.

La sangre de doña Chica viene de Matagalpa. Su madre y sus bisabuelos vivían “posando”, trabajando tierra ajena y recibiendo en pago maíz y millón, en algún punto entre Calabaza y Puertas Viejas, por eso vieron la nueva tierra como una gran oportunidad.

Cuando llegaron a La Fonseca estaba casi despoblada, solo había “mucha hormiga negra, de esas que cuando pican se siente como un balazo”, recuerda doña Alejandra, quien en ese tiempo era una adolescente. “Los varones llegaron a La Fonseca a hacer champitas, enramadas, y se fueron a traer a las familias”, que esperaban en Nueva Guinea.

Su abuelo recibió tierra, 50 manzanas entregadas por el gobierno de los Somoza, pero se las quitaron con la promesa de reubicarlo en otro lado, cosa que nunca sucedió. También en La Fonseca vivieron “posando” y así creció Francisca Ramírez, por eso decidió trabajar duro a fin de conseguir su propia tierra y que sus hijos no pasaran por lo mismo.

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Reportaje