Y se hizo el futbol

Reportaje - 11.10.2015
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El futbol nicaragüense vive el mejor momento de su historia y va acabando con su fama de Cenicienta. Pero detrás de los números y los resultados de la Selección Nacional hay historias de superación, disciplina, amor y tragedia. Son las historias de los muchachos de la Azul y Blanco

Por Amalia del Cid

El pequeño “Chava”

Es el más joven de los jugadores de la Selección. Fregador en los camerinos, pero tímido en las entrevistas. Suele responder con frases cortas, apegándose estrictamente a la pregunta, y luego quedarse en silencio, esperando la siguiente. Tiene 21 años, es delantero, y en el mundo deportivo le deparan un gran futuro.

Carlos Chavarría, “Chava”, es originario de Estelí. Su mamá trabaja en recaudación de impuestos y su papá es guarda de seguridad en un casino. Él es el segundo de cuatro hermanos, tres varones y una bebé. En su familia, dice, están contentos por todo lo que ha logrado.

Sus colores preferidos son el rojo, por llamativo; el azul, porque es bonito, y el negro porque “no se ensucia y sale con todo”. Su cantante favorito es el bachatero Romeo Santos y escucha sus canciones en las bocinas del carro que lleva a todos lados, hasta al estadio de Estelí, que queda a dos cuadras de su casa.

Pronto será padre. Su novia de toda la vida está esperando un bebé. Se conocieron en el último año de secundaria. “Es un amor de colegio”, sonríe.

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Carlos Chavarría, delantero de 21 años, es el jugador más joven de la Selección. Anotó el segundo gol de Nicaragua contra Jamaica, a los 8:20 minutos del partido.

 

Capitán Barrera

Eran cerca de las 3:00 de la mañana cuando Juan Barrera dejó de llorar. Su llanto había empezado seis horas antes, en el campo del Estadio Nacional de Futbol, donde Nicaragua perdió ante Jamaica la posibilidad de seguir compitiendo por un pase al Mundial. El capitán de la Azul y Blanco recuerda que se sentía “triste y decepcionado, ahuevado pues”. Su hermana gemela, Suleyka Barrera, lo miró en el video de una entrevista que le hicieron al siguiente día y notó que llevaba gafas oscuras. “La gente malintencionada dijo que andaba de goma, pero yo apenas lo vi supe que estaba de llorón”, ríe. “Él es bien sentimental”.

Ahora Juan sonríe. Está convencido de que grandes cosas esperan a la que, según él, es la mejor Selección en la historia futbolera del país. Sin embargo, no le agrada que se hable de él como el mejor futbolista de Nicaragua, aunque es el primer nica que juega en Europa y hasta fue incluido en el FIFA 16, la última versión de uno de los más populares videojuegos de futbol. “¿El mejor jugador del país? Me lo han dicho, pero no me lo tomo con grandeza. La verdad no me gusta. El futbol no es boxeo, no es tenis, no dependés de vos mismo, dependés de diez compañeros más. Todos son fundamentales. Es lo bonito del futbol”, comenta.

Juan nació en Ocotal, Nueva Segovia, hace 26 años, en una familia que Suleyka describe como “muy pobre”. De la existencia de ella se supo hasta el momento del parto, porque su hermano la tenía abrazada y la ocultaba a los aparatos de ultrasonido. Desde siempre ha tratado de protegerla, afirma Suleyka. Así es Juan, aunque dé bromas pesadas y trate a “todas las chavalas de la familia como si fueran varoncitos”.

“Él era el único varoncito de la familia, por eso era el consentido de todo el mundo”, y por ser consentido ahora es muy exigente con la comida, cuenta su hermana. Come de todo, menos cebolla y “ahora que está en Austria (donde juega en primera división para el SC Rheindorf Altach), está sufriendo porque no tiene su quesito nica, pero mi mamá vive en San Sebastián, España, y ahí hay bastantes nicas, hacen queso y le manda de vez en cuando”. Juan, dice Suleyka, es un amante de su patria. Y es celoso y tímido ante las mujeres. No es detallista, pero sí generoso, y de adolescente “le prestaba sus zapatos tacos a todos los chavalos del barrio, por eso no le duraban”.

A los cinco años supo que quería ser futbolista, cuando lo llevaron a jugar por primera vez. Un año después la familia se mudó a Costa Rica y allá su padre lo inscribió en la academia de la Liga Deportiva Alajuelense, porque Juan estaba enamorado del futbol y porque un médico recomendó el deporte para controlar la hiperactividad del niño. Tenía 15 años cuando volvió a su tierra, poco después de que sus papás se separaron.

En Nicaragua estuvo con el Walter Ferretti y el Real Estelí, y también ha jugado en Panamá y Venezuela. Si no le hubiera vendido el alma al futbol, habría sido saxofonista. Le gusta la música, sobre todo salsa, bachata y banda norteña. “No soy muy bueno bailando, pero ahí hago el ridículo”, bromea. Está aprendiendo alemán, elemental para sobrevivir en Austria, y ha ido dejando el “vicio” de los juegos de video para priorizar sus estudios. Pero no abandona el café, que bebe religiosamente desde los cinco años. Sin azúcar.

Su hijo Juan Carlo, de cuatro años, está con él en Austria. Cuando el niño tenía apenas ocho meses de edad fue sometido a una cirugía a corazón abierto en Cuba y esa fue una de las experiencias más duras en la vida de su padre.

Juan Barrera sabe que lo suyo es el futbol y nunca lo ha perdido de vista, ni siquiera cuando a los 18 años fue rechazado por el equipo América. Sigue mejorando como deportista, cada día aprendiendo algo más, asegura el “Iluminado”. Su hermana cree que debería de dejar de dar bromas pesadas. Pero él dice: “Me gusta que me molesten, para poder molestar”.

 

 

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