La leyenda de Sucre Frech

Perfil, Reportaje - 09.10.2017
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El mejor locutor deportivo que Nicaragua ha visto era hijo de árabes palestinos, refinado y con fama de pinche. Así recuerdan al legendario “turquito”

Por Amalia del Cid

El 25 de enero de 1975 fue sábado. El clima estaba fresco en la ciudad de Estelí, perfecto para inaugurar un campeonato nacional de beisbol, y tras la mesa de los locutores temblaba el novato Carlos Reyes. Abrió la boca para empezar a describir el ambiente y los dientes le rechinaron. Dijo que había frío, pero no era cierto. Tiritaba de nervios porque a su derecha, a dos lugares de distancia, estaba sentado su ídolo; un hombre flaco y desgarbado que lo miró como se mira a una araña o a un ornitorrinco.

“Como animal raro”, dice Reyes, recordando el día que conoció a Sucre Frech, hasta hoy el mejor locutor deportivo que Nicaragua ha producido. Un título que nadie discute.

Sucre era el “turquito” para los amigos y el “turco bruto” cuando se equivocaba adrede para provocar los reclamos del público en los estadios, narrando un bola más o un strike menos y corrigiéndose enseguida con un: “¡Ahhh, yo pensaba que no me estaban oyendo!” Tenía una conexión única con la gente y su voz clara reinaba en el espectro radial, de donde no pudieron destronarla las voces de locutores importados para competir por audiencia.

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Llevaba invariablemente camisa de mangas largas, pantalón “de vestir” y sobre la nariz ganchuda unos gruesos lentes. Tenía los ojos vivaces de las personas inteligentes y con ellos estudió al novato ese 25 de enero.

Junto a Sucre se encontraba Armando Proveedor, pues ambos narraban para la Estación X, y también dirigió la mirada hacia el muchacho tembloroso, pero eso a Carlos no le importó. “Que Proveedor me quedara viendo, estaba bien —recuerda—. Pero me estaba viendo también Sucre, a quien yo idolatraba”.

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Sucre Frech se ganó al público tanto en la radio como en el teatro, porque además era actor. Sin embargo, pasaba una cosa extraña: a él en realidad no le gustaba estar entre la gente. Sentía verdadero pavor por las multitudes y después de cada partido procuraba ser el primero en salir del estadio, cuenta el cronista Edgar Tijerino, quien fue su amigo.

Pero sí le gustaban los juegos de niños, como bailar trompos y elevar lechuzas; los caballos, el negocio, los libros y las apuestas. Odiaba el ajo y la cebolla y tenía fama de pinche. Así era el legendario hombre de “la pelotita, la pelotita, la pelotita…”.

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