La Novia de Tola

Reportaje - 27.06.2010
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A finales del siglo XIX, una jovencita quedó vestida y alborotada frente al altar en la iglesia de Belén, Rivas. Su historia se convirtió en leyenda. Los descendientes de esta mujer aún cargan con aquella burla y quisieran olvidar lo ocurrido, pero el destino se ha encargado de recordárselos

Dora Luz Romero

Una jovencita morena, de cabello rizado y originaria de Tola, Rivas, camina por el parque central de la ciudad. Viste de azul y blanco, el uniforme del colegio y va acompañada por una amiga. Avanzan a paso lento. Ríen. Conversan.

Alrededor se divisan varios kioscos donde las comerciantes ofrecen comida para los transeúntes y casi en el centro del parque, al ritmo del viento, ondea una bandera niste y deshilachada. Una bandera roja y negra.

Esta muchachita de 14 años pasa todos los días, de lunes a viernes, por el parque central de Tola. Ése es el camino que la lleva de su casa al colegio y de regreso. Ha recorrido este sitio tantas veces que la mujer bajita, inmóvil, vestida de blanco y que da la impresión que llora ni siquiera llama su atención. La ignora.

“Dicen que es la Novia de Tola”, comenta mientras se retuerce como ropa recién lavada y esconde una risa penosa detrás de su mano derecha. “Parece que se iba a casar con un hombre y la dejó plantada en la iglesia”, continúa. Sobre los nombres de los protagonistas de esa historia, la fecha en que ocurrió y cualquier otro detalle confiesa total desconocimiento.

Ella no sabe que detrás de esa estatua con forma de mujer, vestida de novia que esconde un ramo de flores palidecidas por la lluvia y el sol, está la historia de una muchacha llamada Hilaria Ruiz, originaria de Tola, a quien su prometido Salvador Cruz, la dejó vestida y alborotada hace unos 140 años en la iglesia de Belén, un municipio vecino a Tola.

No sabe que una mujer llamada Juana Gazo fue la que impidió que Salvador Cruz llegara a la iglesia de Belén a cumplir con su novia. Tampoco sabe que en Tola existen descendientes de Hilaria Ruiz, Salvador Cruz y Juana Gazo y que, sobre sus espaldas aún cargan esa historia de amor y desamor. Una historia que para los familiares de Hilaria Ruiz, mejor conocida como “La Novia de Tola” tiene sabor a burla y que prefieren olvidar.

FOTOS DE GUILLERMO FLORES Y ARCHIVO
Los familiares de Hilaria Ruiz dicen no saber dónde descansan sus restos. En la fotografía la familia Jaenz Ruiz que vive en la ciudad de Tola.

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Aquella mañana aproximadamente del año 1870 había ocurrido algo inusual en la iglesia de Belén. El novio no era quien esperaba a la novia, sino que pasaba todo lo contrario. Justo ahí, arribita de las gradas de la iglesia de Belén, Hilaria Ruiz, vestida de blanco esperaba a su prometido Salvador Cruz. A su lado, con la misma ansiedad que sentía la propia novia, estaba su padre. Ese día, le acompañaban sus familiares y amigos más cercanos.

Aunque los novios eran originarios de Tola, la boda se realizaría en Belén, un pueblo vecino, porque para ese entonces en Tola no había Iglesia. De hecho, ni siquiera había un sacerdote que los casase. No era para asombrarse. Tola, por muchos años dependió política y administrativamente de Belén. “A Belén lo llamaban el pueblo del obraje, era una zona muy próspera. Se sabe que ahí construían albardas, había fundición de hierro… Era un pueblo muy productivo y había mucha manufactura”, dice César Lumby, un hombre que se ha dedicado a recopilar la historia de la Novia de Tola.

Para esa época, los habitantes de Tola enterraban a sus muertos en Belén porque tampoco tenían un cementerio. Las inscripciones de nacimiento, las defunciones, así como los casamientos también se hacían en el pueblo aledaño.

Hilaria, era una jovencita salida de una familia pudiente de la época, cuenta Lumby. “Su papá era el alcalde de Tola”, dice. Su prometido Salvador Cruz, al igual que ella, provenía de una familia próspera.
En el pueblecito no era ningún secreto que Salvador Cruz tenía amoríos con la joven Juana Gazo, esa chiquilla que vivía al otro lado del puente en Tola. “Ella no era de familia tan pudiente, pero sí muy reconocida”, afirma Lumby. El historiador Jaime Marenco Monterrey asegura en su libro Relatos, Cuentos y Leyendas de Rivas que Salvador era un muchacho mujeriego y que los familiares de Hilaria en más de una ocasión le habían dicho que él no era el mejor partido.

Sin importar lo que dijeran sus padres y quizás el pueblo entero, Hilaria dio rienda suelta a la idea del casamiento.

Esa mañana salió de su casa junto al cortejo rumbo a Belén. Al arribar, la sorpresa fue que su novio no había llegado. Hasta ahí no pasaba nada. Quizás había tenido un retraso y ella lo esperaría.

Sucedía que Salvador Cruz, antes de ir a la iglesia, decidió pasar por donde su otro amor, Juana Gazo. Esa mañana, relata César Lumby, Gazo había preparado comida y cususa para Salvador. “Él había acordado con la Juana que se iban a despedir entonces ella tenía preparada las condiciones. Él comenzó a tomarse sus tragos y ella con sus encantos de mujer lo emborrachó y él ya no se movió de su casa”, cuenta. Hay otra versión que dice que cuando Salvador pasó por donde Juana Gazo, ésta le dijo: “Vos no te vas a casar con otra, conmigo te vas a casar” y no lo dejó salir de su casa.

Lo cierto es que Salvador nunca llegó a la iglesia de Belén donde la novia le esperaba ansiosamente.

Desde ese día, la joven y toda su familia fueron la comidilla del pueblo. Y de esa historia de burla fue que nació el famoso dicho “te dejaron como la novia de Tola”.

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Tola, ese sitio donde ahora habitan poco más de 20 mil personas y cuyas playas atraen a cientos de turistas, no deja de ser un pueblo. Así lo consideran quienes viven ahí. Tranquilo, silencioso y quizás hasta un poco aburrido para algunos. Aún se pueden observar casitas de madera con techos de teja.

El centro de todo este municipio gira alrededor de su parque, donde a sus costados están la iglesia, la Alcaldía y la Policía. Ahí, en el centro, viven los nietos de Hilaria Ruiz, pero en este lugar esa historia se vive en silencio.

—¡No! Está dormida. A ella no le gusta hablar de eso –se escucha tras una puerta de madera que cierra con fuerza.

En la casa de Petrona Jaenz Ruiz aquéllos que quieren conocer sobre la historia de su abuela no son bien recibidos. Tampoco en la casa de su hermana Viviana, quien tiene más de 90 años. “Es que a ella no le gusta hablar del tema. Además está dormida”, dice como entrenada una mujer morena de unos 60 años que mira de reojo y no deja de mover dentro de una pana plástica un puño de arroz crudo.

El único que ha optado por hablar es don Pedro David Jaenz, de 80 años, uno de los nietos más jóvenes de Hilaria Ruiz. Tiene el cabello blanco grisáceo, la piel morena-–como la de su abuela dice– y las palabras que salen de su boca son escasas. “La verdad es que no nos gusta hablar del tema, además yo no había nacido”, justifica y esboza una sonrisa obligada.

—Pero ¿qué es lo que usted sabe o ha escuchado sobre su abuela?

—Pues lo que a mí me han contado es que él (Salvador Cruz) tenía otra mujer y que antes de ir a casarse con mi abuela, la otra mujer lo emborrachó y no llegó a la iglesia.

—¿Qué más?

—Dicen que después tuvo hijos con él, pero no se casaron.

Su hija mayor, Aracelly Jaenz, quien le observa hablar, interrumpe y agrega: “¡Ah! y también sabemos que el sacerdote que iba a oficiar la misa del matrimonio maldijo a la familia de la Juana Gazo hasta su quinta generación porque por su culpa no hubo boda”.

Pero remover la historia de Hilaria Ruiz, para don Pedro David, es como poner el dedo sobre la llaga.

“Un alcalde que estuvo aquí fue el que removió esa historia construyendo una estatua en el parque. Para mí es mejor no hablar de esa historia. Ésa fue una burla”, dice molesto. Para él, la estatua erguida en honor a su abuela en lugar de ser un homenaje fue una ofensa. “Mi abuela no era así. Ella era alta, delgada, morena, pelo crespo suelto, negro. Ahí la pusieron bajita”, reclama. “Además –agrega su hija Aracelly– eso de que la pusieron llorando no es verdad. Ella no lloró. Ella esperó en la iglesia de Belén, pero cuando vio que no iba a llegar el novio entonces se regresó y su vida siguió. Ella no lloró”.

Pedro David Jaenz prefiera recordar a Hilaria Ruiz como lo que fue para él, su abuelita. Una señora amorosa, trabajadora a quien le llamaba cariñosamente “mamita”.

“Ella andaba bastante conmigo. Estaba chiquito, pero me acuerdo que me hacía unos frijolitos fritos con azúcar bieeen sabrosos”, dice como si los estuviera saboreando.

Doña Viviana Jaenz, nieta de Hilaria, dijo a La Prensa hace algunos años que su abuela era una persona “muy calma, muy formal, respetuosa…” En esa ocasión dejó claro que mucha gente le preguntaba sobre la historia, “pero a mí no me gusta hablar de eso pues para mí fue una burla y no me parece gracia estar platicando de esas cosas”.

Hilaria Ruiz murió cuando don Pedro David tenía unos diez años, o sea hace aproximadamente unos 70 años. “Ella se cayó y se quebró la pierna y la cadera, después nunca se recuperó. Ya murió viejitilla”, asegura.

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A Los nietos de Hilaria Ruiz no les gusta hablar sobre la historia de su abuela. Arriba, Pedro David Jaenz, a la derecha su hermana Viviana Jaenz.

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Después de haber sido plantada en el altar, la vida de Hilaria Ruiz siguió su curso, dice don Pedro David Jaenz. Tuvo otras relaciones amorosas. Tuvo hijos, pero un día en el pueblo se supo que Hilaria había regresado con Salvador. Hay quienes dicen que se casaron, otros aseguran que sólo se “juntaron”. Lo cierto es que tuvieron hijos, de los cuales no se sabe nada.

Salvador Cruz también tuvo hijos con Juana Gazo. La prueba de ello vive a una cuadra del parque, en una casita de tablas y piso de tierra. Ahí, habita Claudina Gazo, nieta de Juana y Salvador. Para ella, la historia no es tan trágica como otros la consideran. “Sólo fue que mi abuela lo picó y él no llegó a casarse con la Novia de Tola”, dice tras soltar una carcajada la viejita de cabello blanco como la nieve.

“Ella me contaba la historia. Todo el pueblo la conocía. A mí no me molesta, ni yo era la que me iba a casar y tampoco fui la que piqué al hombre para que se quedara. Ésa es una historia que pasó hace muchos años”, asegura doña Claudina, de 83 años.

Han pasado unos 140 años desde que ocurrió aquella historia. Las familias Gazo y Ruiz en Tola dicen no guardarse ningún resentimiento, pero tampoco cultivan amistades. Aunque el destino pareciera unirlos.

Alma Jaenz, bisnieta de Hilaria Ruiz, fue novia de un joven de la familia Gazo, pero ése ya es caso cerrado. Su hermana, Aracelly también vivió una historia que la vinculó con los Gazo. Ella tuvo un novio, pero éste tuvo amoríos con una muchacha descendiente de Juana Gazo. El pueblo de Tola no tardó en reaccionar. Igual que hacía más de cien años, una Ruiz volvió a ser la comidilla del pueblo. “La gente decía: “Igualito que la novia de Tola”. Decían que la historia se estaba repitiendo, que una del otro lado (Gazo) le había quitado el novio a una Ruiz”, cuenta Aracelly Jaenz. Pero ésa ya es otra historia.

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Doña Claudina Gazo es nieta de Juana Gazo y Salvador Cruz, quien dejó plantada a Hilaria Ruiz.

Un atractivo turístico

Cuenta Freddy José Quijano, encargado de Cultura y Deportes de la Alcaldía de Tola, que la historia de la Novia de Tola ha sido un atractivo para turistas nacionales e internacionales. “Muchas personas creen que esto es una leyenda y cuando se dan cuenta que ocurrió vienen aquí algunos por curiosidad otros para conocer la historia”, asegura Quijano. Asimismo dice que la estatua ubicada en el parque central y que no tiene información alguna es motivo para que los visitantes pregunten. “Como Alcaldía queremos rescatar la historia. Por ahora no tenemos ningún documento oficial sobre la historia, simplemente es información que viene de generación en generación, pero estamos trabajando en eso”, afirmó.

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La estatua en honor a Hilaria Ruiz, ubicada en el Parque Central de Tola, fue puesta durante la administración del ex alcalde Alfonso Falcón (2001-2004), quien decía ser descendiente. El monumento provocó molestias entre los familiares de la Novia de Tola.
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