Las hordas de la Nicolasa Sevilla

Reportaje - 19.04.2018
Nicolasa (1)

“La Colacha” Sevilla defendió garrote en mano a la dictadura somocista. Con su séquito de matones era un torbellino que arrasaba a su paso cualquier signo de oposición a los tres Somozas y sólo dejó de apalear cuando las fuerzas le faltaron. El método “nicolasiano” ha sido imitado por otros personajes, en otros gobiernos

Por Luis E. Duarte

Buenas noches pueblo de Nicaragua —pronunció Joaquín Absalón Pastora a las 8 de la noche del 5 de noviembre de 1958—. Iniciaba puntual la transmisión en vivo para Radio Mundial con un grupo de mujeres que clamaban por los prisioneros políticos.

“¡Buenas noches hijuepuetas!”, respondió con un grito una voz ronca al final de las butacas donde espectadores esperaban los testimonios de persecución del gobierno de Luis Somoza.

Desde la perspectiva del escenario, Pastora pudo ver la silueta del capitán Eugenio Solórzano, quien con su grito desató la jauría. Había llegado con varias decenas de hombres y mujeres armados, con palos y disparando al aire. Junto a él las mujeres protagonistas del mitin salieron despavoridas a esconderse.

Las mujeres del escenario lograron esconderse en la cabina de grabación, desde donde el único espectáculo que vieron fue un zarandeo de maderos con carne y sangre, donde lo importante era humillar con el sufrimiento del puño y el garrote a aquéllos que protestaban por el rumbo del régimen.

La mayoría de presos políticos eran miembros del Partido Liberal Independiente (PLI) y Aquiles Centeno, un conocido agitador político contrató a Pastora para pre-sentar el programa con las madres, esposas, hijos e hijas de prisioneros políticos.

Mario Arana Valle era el director de Radio Mundial. Esa noche como de costumbre hacía una ronda por la radio, casi nunca entraba al estudio y se quedaba en su oficina, que era la primera puerta en la entrada en el edificio que quedaba entonces en el barrio San Sebastián.

Esa noche lo acompañaba su hija Dolores. Una niña de once años que al saber que la turba estaba en las instalaciones de la radio se acomodó instintivamente con su padre esperando una protección que ante la masa irritada parecía el consuelo de un venado en una estampida de búfalos.

Un golpe de garrote le rompió el brazo y a pesar que mordió a uno de los atacantes no pudo evitar que la llevaran a otra oficina y arrastraran a su padre hasta la sala de controles donde lo dejaron inconsciente, aparentemente muerto.

Pastora no logró escapar de la turba. Impávido en el escenario recibió a la jauría con un deseo lujurioso de golpiza.

En el suelo, desde el escenario vio a su jefe siendo arrastrado por la turba. Arana Valle casi muere. “No me explico cómo soportó esa golpiza, a mí me defendió mi juventud, era más gordo que ahora y pude soportar la paliza, pero estuve un mes en el hospital, me raparon todo porque me hirieron la cabeza y estuve casi inmóvil un mes en el Hospital del Seguro Social”, dice Pastora.

Casi inconsciente, Pastora distinguió a una mujer que daba órdenes. “Dale a este hijuep.. en la cabeza… que es comunista, este otro es fulano de tal, matalo”, recuerda. Era una mujer de mediana contextura que vestía a la usanza de la época. Ordinaria, tal vez. Ni distinguida, ni bonita, y sólo sobresalía por su carácter indudablemente fuerte entre las mujeres. Era la Nicolasa Sevilla. A pesar de su apellido, no tenía ninguna consanguinidad con la familia Somoza.

Ella era la jefa que daba instrucciones como un general que en el campo de batalla ordena a sus soldados atacar a un enemigo cuya única defensa eran las manos sobre la cabeza. Demostraba su lealtad a los Somoza con gritos y palos contra sus adversarios, con quienes se ensañaba diciendo toda clase de improperios y vulgaridades. Así era “La Colacha” Sevilla, la mujer del capitán retirado Eugenio Solórzano. El cuerpo y alma de las turbas, las hordas nicolasianas.

Entre la turba que ese día llegó a Radio Mundial estaba un guardia llamado Adolfo Baca, quien al salir por la puerta amenazó a Pastora con cortarle la lengua con un cuchillo y al atacarlo le cortó el rostro, cerca de un ojo, donde brotó una cantidad considerable de sangre.

Un par de horas después del incidente, llegó la Policía. Hicieron la mueca y revisaron los daños en la cabina de transmisión, el escenario y la consola. El circo continuaba con la impunidad riéndose a carcajadas.

Luis Somoza condenó el acto y responsabilizó directamente a la Nicolasa Sevilla por el acto criminal contra la popular radio, que era en esos momentos el centro de la vida cultural de la vieja Managua. Radio Mundial interpuso una demanda contra Sevilla y el Estado prometió indemnizar a Mario Arana Valle por un millón de córdobas, pero como suele ocurrir, la mujer contrademandó a la emisora y la justicia parecía estar además de ciega, muda.

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EI ataque en Radio Mundial fue uno de los actos más conocidos de las turbas de esta mujer de condición humilde y casi analfabeta, casada con un ex militar. De Nicolasa Sevilla se han tejido muchos mitos, se dice que fue amante de Anastasio Somoza García y de Guillermo Sevilla Sacasa, decano del Cuerpo Diplomático, también se afirmó que era prostituta.

El apellido Sevilla hace sospechar que se trata de una pariente cercana a la familia del dictador y ella misma da rienda a especulaciones cuando al ser liberada en 1980, después de 18 meses en las
cárceles sandinistas, afirmó tener un hijo del dirigente conservador Enoc Aguado.

El historiador Bayardo Cuadra recuerda a la Nicolasa Sevilla de la vieja Managua y los chismes que se tejían alrededor de ella. Sostiene que era una mujer de mucha energía, con un carácter fuerte y se apo-yaba en la amistad con los Somoza para cometer sus fechorías.

De su reputación, la historiadora Victoria González describe en un ensayo sobre política y sexualidad femenina, que desde 1944 cuando el viejo Somoza contrató a prostitutas para que atacaran a esposas y madres de presos políticos, siempre las mujeres de las turbas de la dictadura fueron identificadas con este estereotipo.

Cuadra no cree en las leyendas de amoríos que existen de Nicolasa Sevilla. Managua era una ciudad muy pequeña, donde andaba Somoza siempre iba un aparato militar de custodia, las aventuras que pudieran ser sostenidas no iban a pasar inadvertidas.

A Somoza García lo mataron de 61 años, se había casado muy joven y la relación con doña Salvadora fue muy estrecha, siempre vivieron juntos. No se le conocen aventuras extramaritales, como a sus hijos Luis y Tacho.

Por otro lado —explica el historiador— su esposa Salvadora era una mujer muy celosa, tenía muy mal carácter, por lo que era notable la influencia dentro de la familia y con el patriarca de la dictadura. “No parecía, pero lo era”, sostiene Cuadra.

Doña Salvadora tenía también su grupo de mujeres y puede ser que haya garantizado la lealtad de Nicolasa Sevilla a la familia. “Estoy seguro que si no hubiera tenido el OK de ella, Somoza no hubiera tenido alguna relación”, afirma el historiador.

Joaquín Absalón Pastora, mientras tanto, se resiste a creer que Enoc Aguado haya tenido algo con la jefa de las turbas. “Era un conservador puritano”, dice.

El domicilio de “La Colacha” en el barrio Santo Domingo era una referencia en la capital preterremoto, incluso, lo sigue siendo en la zona devorada por el Mercado Oriental, las direcciones se dan a veces, de donde fue la casa de Nicolasa Sevilla, tantas cuadras al norte o al lago.

Cuadra recuerda que los padres de un amigo suyo le alquilaron una casa y en algún momento quisieron venderla para pagar los estudios en el extranjero de otro de sus hijos por lo que pidieron a Sevilla que entregara las llaves. La mujer se negó y sólo pudieron recuperar la propiedad por intercesión directa de Somoza.

Hoy en esa casa vive Róger Arias, el joven del Movimiento Renovador Sandinista que acompañó en junio a Dora María Téllez en su huelga de hambre. La casa esquinera es compartida por dos familias y fue expropiada en 1979. Posteriormente fue cedida a sus residentes con las famosas leyes 85 y 86 de la piñata sandinista.

Esta casa, antes del terremoto y antes que la abarcara el Mercado Oriental, fue lugar de mítines somocistas, un lugar dado al régimen en donde llegaron incluso a distinguir con su comitiva militar los pasos de Anastasio Somoza Debayle, un dictador de estilo populachero, en todo caso, un político astuto, ase-gura Cuadra. Mantenía a sus seguidores con un sistema de premios, pues los favores recibidos otorgan lealtades.

Por eso, Eugenio Solórzano no fue menos famoso. El capitán retirado de la Guardia Nacional era líder de una organización paramilitar conocida como Asociación de Militares Retirados y Oficiales de Combate (AMROC) a quienes invitaba a participar de las turbas en todo evento de la oposición, incluso en las sesiones mismas del parlamento bicameral en el Salón Azul del Palacio Nacional.

Era también jefe de las cuadrillas de limpieza del Distrito Nacional y después de algunos años fue premiado como director del Rastro Nacional, el único matadero que existió durante décadas, pero que a pesar del beneficio económico que representaba tener el control de toda la carne del país, nunca se notó una mejoría para la familia Solórzano Sevilla.

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Pastora vio por primera vez a la Nicolasa Sevilla actuar contra la Federación de Maestros de Nicaragua. Los maestros querían un aumento salarial, se trataba de un problema sindical a finales de los cincuenta. “Yo como periodista en el Radioperiódico La Verdad cubría las actividades de los maestros por lo general nocturnas, entre los organizadores estaban José María Zelaya que era primero antisomocista y luego pasó a ser secretario de Somoza”, recuerda.

Las turbas nicolasianas no dejaron hablar a los maestros, boicotearon el acto y garrotearon a los docentes, dice Pastora. Sevilla había organizado los Frentes Populares Somocistas, una organización paramilitar que actuaba junto a la AMROC y se nutría con los matarifes del Rastro Público.

Carlos García, entonces capitán de investigación policial en Managua, recuerda que en una ocasión recibió a Sevilla, quien le ofreció dinero para llevarse a algunos presos que pagarían por su libertad atacando el blanco que Sevilla les señalara. A pesar de la negativa inicial, la mujer parecía tener influencias directas con la gente de arriba y logró llevarse a los delincuentes, dice García.

Las hordas de la Nicolasa Sevilla estaban integradas por gente gritona que insultaba a los mismos diputados y senadores opositores de hijos de puta, bandidos, enemigos de Nicaragua y sobre todo el peor improperio del régimen en esa época: “comunistas”.

Por lo general andaban en grupos de 10 a 25, dependiendo del acto, pero donde hubo una turba masiva con casi un centenar de personas fue durante el ataque a Radio Mundial.

El guerrillero Federico López sonríe para la posteridad, con “La Colacha” Sevilla tras las rejas por sus servicios a la dictadura somocista.

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Sevilla no era una mujer bonita. “Para mí no tenía ningún atractivo, pero éstos son gustos personales”, dice Pastora. Tenía un rostro duro, mientras su marido o compañero de vida era el “típico cara de piedra y asesino”.

Cuadra en cambio considera que “era una mujer de facciones finas dentro de nuestro tipo de mujeres. No era una mujer corriente, no tenía rasgos indígenas, ni de clase baja, ella andaba bien vestida, presentable. Siempre la vi en un tono desafiante” Tampoco andaba oculta, a menudo la miraban en los mercados haciendo gala de su impunidad y la gente si podía la esquivaba porque sabían quién era.

No se sabe que haya matado a alguien. Era “bullanguera”, reconoce Cuadra. Llamaba a Tacho “mi pichón” y sirvió a los tres Somozas, hecho del cual se jactaba, incluso decía que llegaría también a servirle al “Chigüín”.

Aunque encabezó los piquetes antihuelga de 1948 a 958 y el Gobierno la mantenía, no era una mujer de la calle como muchos creían y su perfil bajó probablemente porque le llegaron los años y la oposición fue aumentando.

Igualmente, cuando mataron al viejo Somoza en 1956, todos los cuadros leales entraron en un plano secundario, porque los hijos del general buscaron gente más joven y de su propio círculo de confianza, explica Cuadra.

“La Colacha” vivió siempre en Managua. Se sabe que tuvo domicilio en la calle El Triunfo antes de quedarse en la 15 de Septiembre, del cerro Chico Pelón tres cuadras y media hacia occidente. Cuando las columnas guerrilleras penetraron en Managua, no fue dificil encontrarla, su dirección era de sobra conocida y cayó presa el mismo 19 de julio de 1979. Entonces editaba un semanario prosomocista y tenía una finca en Malpaisillo donde criaba chompipes.

Marta García, fundadora del Ala Femenina del Partido Liberal, citada por la historiadora Victoria González en su ensayo, explicaba que “Nicolasa ejercía su trabajo sinceramente, lo hacía creyendo que hacía una gran labor” y su legado fue “haber entusiasmado a la gente (aunque) causó conflictos al Gobierno. Nos dio guerra al comienzo porque le daba celos. Ella no nos quería, nos atacó bastante. Nosotros le teníamos un miedecito”

A Sevilla se le atribuye con justa razón una frase que fue con ironía muy famosa durante la dictadura. “No come de los Somozas, pero los quiere” Recibió libertad el 13 de octubre de 1980, porque Tomás Borge en consulta con la Dirección Nacional quería mostrar con el perdón algún gesto de magnanimidad, revela Edén Pastora, quien conoció a este personaje en Ciudad Darío, en una ocasión que bajaba de la montaña.

Durante el acto de amnistía en la Loma de Tiscapa, Sevilla tenía 77 años, su rostro estaba pintado con modestos coloretes rojos, su cabello lucía bastante canoso con hebras doradas que llevaba amarradas con una moña. Gafas oscuras y blusa floreada. El juez José María Alvarado leyó la orden de libertad y ella se puso de pie para responder con un débil “aquí”. Enjuta y vieja dijo a los periodistas que tenía dos hijos, uno de ellos estaba en Venezuela y era de Enoc Aguado, se llamaba supuestamente Denis Aguado Sevilla.

Nicolasa Sevilla ya como inofensiva viejita recibiendo el perdón del director del Sistema Penitenciario, José María Alvarado, al igual que otras internas.

Como en los viejos tiempos pronunció un discurso, pero ahora sin gritos y alabando a la revolución: “Que Dios los bendiga, que les ayude para hacer progresar a este pueblo, a mi patria. Que Dios bendiga a los verdaderos revolucionarios que se enfrentaron cara a cara…”, la frase quedó inconclusa, pero comentó que fue engañada por el “opio liberal”

“Oigan la voz de una vieja, sufrida, que fue belicosa, que la revolución siempre trató bien”

Su hija Ivonne Auxiliadora Solórzano había regresado de Venezuela para llevársela al exilio. Sevilla decía tener entonces doce nietos y pidió un último deseo por el cual se perdió para siempre de Nicaragua: “Quería acariciar a sus hijos y que sus hijos acariciaran a su madre”

Política de turbas

Víctor Cienfuegos en una manifestación por el Día Internacional de los Trabajadores.

Uno de los primeros en enviar turbas a sus contrincantes políticos fue el conservador Gabry Rivas, en apoyo a Emiliano Chamorro en 1925. La fuerza de choque sirvió para presionar al gobierno liberal de Carlos Solórzano y Juan Bautista Sacasa.

Según el periodista de Bolsa de Noticias, Ignacio Briones, una de las primeras acciones de las turbas de Rivas fue asaltar a mano armada una recepción del cuerpo diplomático.

Las primeras turbas conocidas de Anastasio Somoza García vieron luz pública en 1944. Se trataba de un grupo de prostitutas que Somoza contrató, escribió alguna vez Pedro Joaquín Chamorro.

Entre 1948 y 1958 las “hordas nicolasianas” tuvieron su mayor apogeo y eran vistas en la mayoría de actos políticos y huelgas de la oposición. Nicolasa Sevilla es apresada en julio de 1979 y liberada en octubre de 1980. Por esas ironías del destino en una foto de archivo de La Prensa aparece su carcelero Federico López frente a la famosa dirigente de las turbas. Ocho años después el mismo personaje era uno de los dirigentes de las “turbas divinas” contra trabajadores en huelga, marchas y actividades de la oposición.

Tomás Borge bautizó como “divinas” a los grupos de choque sandinistas, aunque no se conoce el lado cristiano que tenían. Con la pérdida del poder continúan usando estas fuerzas durante los gobiernos de Violeta Barrios y Arnoldo Alemán. El “Nicolasa Sevilla” de los sandinistas es para este tiempo Víctor Manuel Cienfuegos, un grandote y conocido agitador de garrote, con un currículo de tomas de instituciones públicas y privadas en nombre del partido.

El año pasado con el asalto del Instituto Miguel de Cervantes, las turbas reaparecen dirigidas por Cienfuegos para apagar una huelga estudiantil en apoyo a un director destituido por el nuevo gobierno sandinista, se tomó el edificio en la madrugada y espantó a su manera a los adolescentes, como en los viejos tiempos.

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